14
El lunes Tucho pasa por el tendal a las once y no dice nada.
El martes pasa dos veces. La primera a media mañana, con las manos en la espalda, mirando el paño como si entendiera de paños. La segunda a la hora de comer, cuando en el tendal ya no queda nadie más que yo recogiendo las agujas.
—Buenas.
—Buenas, Tucho.
Y se va.
Un hombre que embarcó dieciocho años con mi marido no pasa dos veces por delante de mí en un día para decir buenas. Un hombre que quiere decir algo y no puede pasa tres veces, y a la tercera lo dice.
Así que el miércoles bajo a la lonja media hora antes y me pongo a colocar cajas en la puerta, que es donde él aparca la furgoneta, y espero.
Llega a las nueve y veinte.
—Elena.
—Tucho.
—¿Tienes un minuto?
—Tengo el que quieras.
Nos apartamos hacia el poyete. Él se quita la gorra y se la vuelve a poner.
Tucho Ferro tiene cincuenta y cinco años y embarcó con mi marido dieciocho. Cuando murió Suso, fue el que subió a casa a las seis de la mañana y se sentó en la cocina hasta que llegó mi cuñado, y no dijo cuatro palabras en tres horas, y no hizo falta que dijera más.
—Es una tontería —dice.
—Pues cuéntamela.
—Es que llevo unas noches que no duermo.
—Eso es la edad.
—Eso es que me llamaron del puesto y me preguntaron por el jueves.
Cojo una caja del montón y la pongo derecha. Cojo otra.
—A todo el mundo le preguntaron por el jueves.
—Ya. Pero es que yo... —traga— yo creo que vi al chico.
—¿A cuál chico?
—Al tuyo, Elena.
Pongo la tercera caja encima de las dos primeras.
—¿Dónde?
—Bajando. Por el paso de la cofradía, hacia el muelle viejo. Con la capucha puesta.
—¿Y a qué hora fue eso?
—Tarde. Las doce, o las doce y algo.
—¿Y cómo sabes que era él, con la capucha y de noche?
—Por el andar. —Se encoge de hombros—. Y por la bolsa.
Pongo la cuarta caja.
—¿Qué bolsa?
—Esa azul que lleva. La del asa cosida. —Tucho hace el gesto de colgarse algo del hombro—. La lleva a todos lados desde chaval, si se la conoce el pueblo entero.
—Se la conoce el pueblo entero —repito—. Con eso puede ser él o pueden ser otros cuatro que llevan una bolsa igual.
—Igual no hay ninguna. Esa la cosiste tú.
—Yo he cosido nueve o diez.
Tucho lo piensa. Asiente sin convencerse del todo, que es como asiente la gente cuando lo que quiere es que la convenzan.
—¿Y tú qué hacías en el muelle a las doce y algo?
Se para.
Es una pregunta razonable. Es la primera pregunta que le haría cualquiera, y es la que le van a hacer a él si esto va a un papel, y por la cara que pone se ve que hasta ahora no se la había hecho nadie, ni él mismo.
—Yo iba a mirar las amarras del Rula —dice—. Con aquel viento.
—¿El jueves?
—El jueves.
—Tucho.
—Qué.
—El jueves tú cerraste el bar.
Levanta la cabeza.
—¿Yo?
—Tú. El jueves fue el día que Manolo cerró tarde por el partido y salisteis los últimos tú y el Rubio. Eso lo sabe todo el pueblo, hombre, si Manolo lo contó al día siguiente en la lonja: que estuvo hasta la una y pico con vosotros dos.
Tucho me mira. Tiene los ojos pequeños y la piel de las manos partida por el frío.
—Eso fue el jueves —digo—. Lo de las amarras del Rula fue la otra noche. La del miércoles, que también hacía viento y que además llovía, ¿te acuerdas?, que llegaste al bar mojado y Manolo te sacó el paño.
—Es que...
—Y el chico ese día sí bajó al muelle, que bajó a echarle una mano a Amancio con lo del bote. Eso fue el miércoles.
Lo digo despacio. Sin levantar la voz. Poniendo cajas.
Tucho no se mueve un rato largo. Después mira al suelo y hace un ruido con el aire.
—El miércoles —dice.
—El miércoles.
—Coño, Elena. —Se quita la gorra otra vez—. Es que se me juntan los días. Desde el invierno pasado se me juntan que da miedo. Mi mujer me lo dice.
—A todos se nos juntan.
—A ti no.
—A mí también.
—Ya, pero tú...
No acaba la frase. Nadie acaba nunca esa frase conmigo.
—Tucho, escúchame una cosa. —Le pongo la mano en el antebrazo, un segundo—. Si tú vas y les dices que viste a alguien y te equivocas de noche, ¿qué pasa?
—Que la lío.
—Que le haces daño a un chico de veintidós años que perdió a su padre a los quince. Eso pasa. Y después se arregla, claro que se arregla, pero mientras tanto en este pueblo ya está dicho.
—Ya.
—Y si estás seguro, tú vas y lo dices, y yo soy la primera que te digo que lo digas. Pero seguro, Tucho. Seguro de verdad.
Sigue mirando el agua entre el muelle y el pantalán.
—Es que ahora ya no sé.
—Pues eso.
—Es que a mí me preguntaron y yo dije que estuve en el bar, y ahora si voy y les digo otra cosa...
—Tú les dijiste la verdad. Estuviste en el bar.
—Estuve en el bar —repite.
—Anda. Vete para casa, que llevas dos noches sin dormir y eso a nuestra edad se paga.
Asiente. Se pone bien la gorra. Da dos pasos y se vuelve.
—Elena.
—Qué.
—El chico está bien, ¿no?
—Está como todos.
—Es que se parece mucho a su padre andando. Por eso lo conocí de lejos.
—Eso ya lo sé.
—Bueno. —Se queda un momento más—. Cualquier cosa, me dices.
—Te digo.
Se va por el muelle mirando los amarres uno por uno.
Vuelvo al tendal. Milucha me pregunta qué quería y le digo que nada, que las amarras.
—Ese hombre está muy raro —dice Fita.
—¿Tucho?
—Tucho. Ayer en el bar se levantó a media caña y se fue sin pagar, y volvió a los diez minutos a pagar.
—Eso lo hace desde el invierno pasado.
—Eso lo hace desde que murió su hermano —dice Milucha—. Que fue en abril.
—Pues eso.
—Yo lo que digo es que a ese hombre le está dando vueltas algo.
—A ese hombre le dan vueltas los días —dice Fita—. Que no sabe si es martes o jueves.
Y se ríen las dos.
Y yo meto la aguja por la malla y la saco y aprieto, y digo:
—Pues alguien tendría que decirle que se lo mire.
—¿El qué?
—Lo de los días. Que a esa edad eso se mira.
—Ay, mujer, no digas eso.
—Lo digo por bien.
—Ya, pero no lo digas.
Y no se habla más de Tucho Ferro en todo el día.
A las once y media pasa por el muelle el coche verde y para delante de la lonja.
Bajan los dos. Entran en la oficina. Están dentro veinte minutos y salen con una carpeta.
Nosotras cosemos.
Nadie levanta la cabeza más de lo que se levanta para estirar la espalda, y nadie dice nada mientras están a la vista, y en cuanto el coche sube la cuesta y desaparece en la curva, Milucha dice:
—Van a por los papeles de la chica.
—Eso será cosa del trabajo —dice Fita—. Las nóminas y eso.
—O el ordenador.
—El ordenador se lo llevaron en enero.
—¿Tú cómo sabes eso?
—Porque me lo dijo Marisa.
Y siguen hablando de Marisa un rato.
Termino la tarde. Coso ochenta mallas de un paño de rasco que no corría prisa. Cuando acabo tengo la marca de la guita en el dedo índice, la raya blanca esa que sale cuando aprietas más de lo que hace falta.
Al llegar a casa, Mateo está en la cocina comiendo cereales de pie, con el bol en una mano.
—Hoy hablé con Tucho —le digo.
Deja la cuchara dentro del bol.
—¿Y?
—Nada. Cosas de las amarras.
Me mira. Yo abro el armario y saco la olla y la pongo en el fuego.
—Mamá.
—Come sentado, que así no baja.
Se sienta. Come tres cucharadas y deja el bol a medias en la mesa, y sube.
Pongo agua a hervir. Cuando rompe, echo la pasta, la remuevo con el tenedor grande y bajo el fuego a la mitad.