Lo que Elena calló 13
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El informe completo entra en el puesto el lunes por la mañana, doce folios, y Castro lo lee dos veces antes de subrayar nada.

La primera vez lo lee entero, como se lee una carta. La segunda vez con el bolígrafo.

Muerte por sumersión. Hay agua en las vías, hay espuma, hay signos de que la víctima respiró estando dentro. Eso quiere decir que entró viva al agua, y eso, en cualquier otro caso, sería casi todo.

Aquí no lo es, por lo de arriba.

Arriba hay una lesión occipital de siete centímetros, con hundimiento, producida por un impacto contra una superficie de arista. Un golpe. Uno solo.

La lesión es incompatible con una caída sobre roca redondeada. Es compatible con un canto vivo: un escalón de hormigón, un bordillo, una pieza metálica.

Y hay una cosa más, en el anexo, en letra pequeña, que es lo que hace que Castro se levante y cierre la puerta del despacho.

En el fondo de la herida, entre el pelo, el laboratorio ha recogido partículas de óxido de hierro y restos de una pintura de dos capas: minio y esmalte gris.

Minio y esmalte gris.

Castro sale al patio del puesto con el folio en la mano y sigue mirando la valla, que también está pintada de gris.

En este país está pintado de gris todo lo que se moja: las farolas del muelle, las bitas, los guardacalabrotes, los norays, las barandillas del paseo, las argollas, las escaleras de hierro de los pantalanes.

Vuelve dentro y llama a Ferreiro.

—¿Cuántos norays hay en el puerto?

—¿En el puerto entero?

—En el puerto entero.

El cabo lo piensa.

—En el muelle nuevo son once o doce. En el pantalán, las bitas de las pasarelas, ocho. Y en el muelle viejo... —se para— en el muelle viejo hay de todo. Norays viejos, argollas, la escalera, los raíles de la grúa que ya no está. Y todo eso está pintado de esa porquería desde que yo era pequeño.

—¿Y bordillos de hormigón?

—Dos kilómetros.

—Sí.

—Mi sargento, con esa pintura le puedo señalar yo media Galicia.

—Ya lo sé, Ferreiro.

Lo que le da el informe no es un sitio. Es una categoría de sitio. Pero le quita una cosa, y quitar también sirve: la chica no se abrió la cabeza contra las rocas de Os Afogados. En Os Afogados no hay hierro pintado. En Os Afogados hay granito y percebe.

Se golpeó en otra parte y llegó allí por el agua.

De la hora, el informe no da hora.

Un cuerpo que pasa dos días en el agua de enero pierde casi todo lo que sirve para eso: la temperatura no dice nada, la rigidez no dice nada, las livideces las coloca el mar donde quiere. El forense se moja lo justo: más de veinticuatro horas de inmersión, menos de setenta y dos.

Lo único que ata la hora es el estómago. Contenido escaso, en fase avanzada de digestión, compatible con una cena ligera cuatro o cinco horas antes.

La chica cenó con su padre sobre las nueve.

Castro hace la cuenta con el bolígrafo en el margen: entre la una y las dos de la madrugada.

Después se acuerda de la última señal del teléfono, las veintitrés y once, y tacha lo que ha escrito y pone una franja más ancha, porque el estómago tampoco es un reloj y porque las cosas se tuercen cuando uno se enamora de un dato.

Entre las once de la noche y las dos.

Hay algo más en los folios, y no está subrayado porque no hace falta subrayarlo: la víctima no presenta lesiones de defensa.

Ni en las manos, ni en los antebrazos. Nada bajo las uñas. Ni un desgarro en la ropa, salvo los del agua y las piedras, que el forense distingue y anota aparte.

Castro lleva catorce años en esto y sabe leer esa ausencia.

No hubo pelea. No hubo una mujer de veinticuatro años defendiéndose de alguien durante medio minuto, que es lo que dura una eternidad. Hubo un golpe y ya. Un empujón, una caída mala, un canto de hierro.

Eso quiere decir dos cosas a la vez, y las dos apuntan al mismo sitio.

Una: probablemente no lo vio venir.

Dos: probablemente no lo esperaba.

A las once de la noche, en un muelle vacío y con nordeste, no se acerca uno a un desconocido y le da la espalda.

Esa tarde bajan al puerto seis personas: ella, Ferreiro, dos guardias del puesto y dos de criminalística que vienen de Santiago con las maletas.

Tardan cuatro horas y no encuentran nada, y era lo que había que esperar.

En once días ha habido dos temporales, cuatro pleamares vivas y dos días de lluvia. El muelle viejo se cubre entero con marea alta hasta el pie de los norays. Lo que hubiera ahí no está.

Los de criminalística lo dicen sin dramatismo, recogiendo las maletas: aquí, con esto, no.

Castro se queda cuando se van todos. Es la hora en que el cielo está gris de una manera que no significa nada, ni bueno ni malo, y el puerto está vacío porque es lunes.

Anda el muelle viejo de punta a punta. Cuenta cuatro norays y una argolla. Se agacha delante del tercero, el que está enfrente del hueco entre la nave de la cofradía y el almacén, y mira la pintura levantada.

Desde ahí, si uno se pone de pie, se ve: el muro del almacén a la izquierda, el agua de frente, y a la derecha, arriba, a doscientos metros, la esquina de la lonja nueva con la cámara apuntando al parking.

Metro y medio.

Vuelve al puesto y escribe la diligencia con el resultado negativo de la inspección, que hay que escribirla igual.

Después coge el teléfono y llama al juzgado de Corcubión, y a la letrada de la administración de justicia le pide dos cosas.

La primera: mandamiento a las operadoras para el listado de tráfico y posicionamiento del teléfono de la víctima en las últimas cuarenta y ocho horas.

La segunda: el mismo mandamiento para el repetidor. Todos los terminales que dieron señal en la celda del puerto entre las veintidós y las veinticuatro del jueves.

—Eso son muchos números, sargento.

—En este pueblo, a esa hora y con lo que caía, no son tantos.

—Van a tardar. Con lo de las operadoras, tres semanas si va bien.

—Ya lo sé.

Cuelga. Escribe la fecha en la esquina del folio y la rodea con un círculo, que es una manía que tiene desde la academia: marcar el día en que empieza la espera.

A las seis le devuelven la llamada de Portos.

El técnico le habla veinte minutos de cosas que Castro apunta a medias: coeficiente, componente de marea, deriva por viento, un modelo que usan para las búsquedas y que da manchas de probabilidad, no puntos.

—Le puedo decir por dónde no vino —dice el hombre.

—Con eso me vale.

—Con nordeste sostenido y esa marea, todo lo que entre al agua al norte de la punta se va para fuera. No vuelve a la costa.

—¿Y al sur?

—Al sur es distinto. Lo que entra dentro de la ría, en la parte del puerto, no sale. Da vueltas dentro y acaba pegándose al norte, en las rocas.

—¿En Os Afogados?

—En Os Afogados o cien metros más allá. Ahí barre todo lo que se suelta ahí dentro. Los del club de remo pierden un remo en el pantalán y aparece ahí a los tres días.

Castro mira la carta náutica extendida encima de la mesa, con su aspa y su arco a lápiz.

Coge el lápiz y borra medio arco con el dedo.

Lo que queda dentro es el puerto.

A las ocho la llama el teniente desde la compañía. Quiere saber por dónde va.

Castro se lo cuenta en cuatro minutos: sumersión, golpe único, hierro pintado, inspección negativa, mandamientos pedidos.

—¿Entorno?

—El padre vive solo con ella. No tiene nada contra él salvo que vive solo con ella.

—Eso en el ochenta por ciento de los casos es bastante.

—Y en el veinte restante es un señor al que le hemos destrozado el pueblo.

Silencio al otro lado. Después:

—¿Alguien más?

—Un exnovio. Veintidós años. Lo dejó ella en noviembre, él lo llevó mal y lo dice él mismo sin que se lo pregunten.

—¿Y qué le parece?

—Me parece que en este pueblo todo el mundo contesta lo que le preguntas y nadie te cuenta nada.

—Eso es Galicia, Castro.

—Eso es un pueblo de seiscientos, mi teniente. En Galicia y en Albacete.

Antes de irse añade una línea a la lista de lo que no cuadra: si se golpeó en hierro pintado y entró al agua viva, alguien lo oyó o alguien estaba.

Después apaga el flexo, mete los dieciséis folios en la carpeta y baja al aparcamiento, donde el coche lleva desde las ocho con el parabrisas helado y hay que esperar cuatro minutos a que el aire lo despeje.