12
El sábado a las once entierran a la chica de Ramón y el pueblo cierra.
Cierra la tienda, cierra el bar, cierra la oficina de la lonja y no sale nadie a la mar, que eso solo pasa dos veces al año y las dos son por muertos.
A mi madre la visto yo. Le pongo la falda gris, la blusa buena, el abrigo de paño y el broche. Le doy la vuelta al broche dos veces porque se pone de lado.
—¿A dónde vamos?
—A la iglesia.
—¿Se casa alguien?
—No, mamá.
—Ah.
Podría dejarla en casa. Podría llamar a la sobrina de Milucha, que sigue con ella algunas tardes por veinte euros, y decir en el pueblo que mi madre está mala y que no puedo bajar.
Nadie me preguntaría. Todo el mundo lo entendería.
La visto y la bajo.
Mateo sale del cuarto con la camisa azul y el pantalón oscuro y las manos que no sabe dónde meter. Se ha afeitado. Se ha cortado en la barbilla y lleva un trocito de papel higiénico pegado, y se lo quito yo en el descansillo, y él espera con la cara levantada como cuando tenía nueve años.
—Ponte derecho.
—Estoy derecho.
—Y no te quedes atrás. Atrás se quedan los que tienen algo que esconder.
Lo digo sin pensarlo y ya está dicho.
La iglesia está llena a las once menos veinte. Llena de verdad: la gente de pie en las naves laterales, y en el atrio otros treinta que no han entrado, y los coches aparcados hasta la curva.
Está el ataúd delante, en dos caballetes, cubierto de flores.
En la primera fila está Ramón, con un traje que le queda grande porque es de hace veinte años y porque ha perdido peso en ocho días. A su lado, Alba. Detrás, las mujeres de la lonja, todas juntas, con el pelo recogido igual, como si se hubieran puesto de acuerdo y no se han puesto de acuerdo.
Nosotros nos ponemos a la mitad, a la derecha, donde hay sitio para tres y donde mi madre tiene el banco cerca para agarrarse.
Yo no miro el ataúd.
Miro el suelo de la iglesia, que es de losas grandes, y las losas tienen números y letras de cuando ahí abajo enterraban. Cuento losas. Cuento hasta once y vuelvo a empezar.
El cura habla del mar. Habla del mar, y de que este pueblo lleva mil años despidiendo a los suyos así, y de que hay dolores que no admiten explicación y que no hay que pedírsela. Es de Vimianzo y viene un domingo de cada dos, y hoy lo hace bien.
Alba lee algo. Se le rompe en la mitad, coge aire, lo acaba.
Mi madre me da con el codo.
—¿Quién se murió?
—La hija de Ramón el de la carpintería. Chsss.
—Ay.
Y se pone a llorar.
Se pone a llorar de una manera limpia y sin ruido, con la barbilla temblando y las lágrimas cayéndole por los surcos de la cara hasta el cuello del abrigo, y no para en veinte minutos.
Yo le doy un pañuelo. Ella lo coge y no lo usa.
A mi izquierda, Mateo tiene las dos manos agarradas al respaldo del banco de delante. Está mirando el ataúd. No ha dejado de mirarlo desde que entramos.
Le pongo la mano en la espalda, entre los omóplatos, y la dejo ahí.
Al fondo, de pie, al lado de la pila del agua bendita, está Basilio Souto.
No lo veo yo. Lo dice Fita, que llega tarde y se pone a mi lado y me lo dice al oído como se dicen las cosas en misa: mira quién ha venido.
Se me para algo en el pecho y se me pasa. Sigo contando losas. Once.
Cuando el cura empieza el responso, Basilio Souto sale.
Sale despacio, sin agacharse, sin santiguarse, poniéndose el abrigo ya en el atrio, y el ruido que hace la puerta de la iglesia lo oye toda la nave y nadie se vuelve porque en un funeral no te vuelves.
—Ese tenía prisa —dice Fita.
—Ese siempre la tiene.
Después es la cola.
La cola del pésame es lo peor de esto y es lo que nadie cuenta. Se hace fila por el pasillo central, se pasa por delante del ataúd, se le da la mano a la familia y se sale por la puerta lateral. Doscientas personas. Tarda cuarenta minutos.
Vamos los tres. Mateo delante, mi madre en el medio agarrada a mi brazo, yo detrás.
Avanzamos un paso cada quince segundos.
Y a tres metros del ataúd, mi madre se suelta.
Se suelta de mi brazo con esa fuerza que le queda de cuando cargaba cajas, da dos pasos cortos ella sola, y pone la mano encima de la madera.
La pone entera, la palma abierta, como se apoya uno en una mesa.
—Mamá.
Ella no me oye. Está mirando la tapa del ataúd con la cabeza un poco de lado.
—Esta ya la lloré yo una vez —dice.
Lo dice en voz de misa. En voz baja, la que ella cree que es baja, que es la de una mujer de setenta y nueve años que oye regular.
Yo la cojo del brazo y tiro.
—Vamos, mamá.
—Espera.
—Que hay gente detrás.
—Espera, mujer.
Le retiro la mano de la madera con las dos mías y me la pongo en el brazo, y la llevo, y ella se deja llevar dando pasitos y mirando hacia atrás.
Delante, Mateo le da la mano a Ramón. Ramón se la sujeta con las dos suyas y le dice algo que dura tres segundos, y mi hijo asiente dos veces y se va deprisa hacia la puerta lateral.
Cuando llego yo, Ramón me abraza.
Me abraza delante de todo el pueblo, con la cara en mi hombro, y me dice al oído:
—Gracias por lo del jueves. Por lo de los papeles.
—Eso no es nada.
—Es todo, Elena.
Le aprieto el brazo. Sigo andando. Le doy la mano a Alba, que tiene la mano fría y los ojos deshechos, y le digo lo que se dice.
Al final, cuando el cura termina, se levantan seis hombres de las primeras filas.
Son de la peña de remo, con el polo del club debajo de la chaqueta, cinco de ellos de la edad de ella. Se colocan tres a cada lado.
Ramón se pone delante, solo.
Levantan el ataúd a la vez, con un ruido de bancos y de gente que se pone de pie, y lo sacan por el pasillo central despacio, y la iglesia entera se vuelve para verlo pasar.
Cuando llega a nuestra altura, mi madre le pone la mano encima.
Se la pone otra vez. Con la palma abierta, dos segundos, mientras pasa por delante.
Y esta vez no dice nada.
Yo le bajo el brazo. Ella se deja.
Fuera hace sol.
Contra la pared del atrio han apoyado las coronas, siete u ocho, con las cintas hacia fuera para que se lean. La de la cofradía. La de la peña de remo. Una que pone «de parte de todos», que es la nuestra, la de la lonja, y que costó doce euros por cabeza y una discusión de tres llamadas.
Y aparte, en el suelo, contra la piedra, hay un ramo grande sin corona y sin cinta. Rosas blancas y algo verde. De los de encargar, de los caros, de los que aquí no hace nadie.
Fita se agacha a buscarle la tarjeta.
—Este no trae nada.
—Déjalo, mujer.
—Es que si no trae tarjeta, ¿cómo le dan las gracias?
—Pues no se las dan.
Se endereza con las manos en los riñones y se queda mirándolo con la boca torcida, porque en este pueblo un regalo que no se puede agradecer es casi una falta de educación.
En el atrio la gente sigue en corros y baja la voz un tono y empieza a hablar de otras cosas, que es lo que hay que hacer, porque si no, no se sale de aquí.
Mi madre se ha quedado callada. Va agarrada a mi brazo y mira las flores del atrio.
—Elena.
—Dime.
—¿Dije algo ahí dentro?
Le meto el pañuelo en el bolsillo del abrigo.
—Dijiste que había mucha gente.
—Ah. —Asiente—. Es que había mucha gente.
Milucha se nos pone al lado con el bolso agarrado por delante.
—El chico está muy desmejorado —dice.
—Está como todos.
—No, mujer, si lo digo por bien. Es que se le ve. —Baja la voz—. Y la gente mira, Elena. Ya sabes cómo es esto. Que estuvieron juntos y la gente mira.
—Que miren.
—Eso digo yo. Que miren y se cansen.
Bajamos hacia el coche de Fita. Mateo ya está esperando fuera, apoyado en la puerta, mirando el suelo.
Y en el atrio, tres pasos a la derecha de donde estábamos en la cola, con el uniforme y las manos por delante, está la sargento Castro despidiendo con la cabeza a la gente que sale.