Lo que Elena calló 11
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Lo sé porque cuando entré miré el reloj de la nave por el cristal, que marcaba las siete y diez, y porque cuando salí al pasillo volví a mirarlo. Las siete y veintisiete.

La puerta era de madera clara, con un pomo redondo. Se abría hacia dentro.

Dentro estaba lo que ya he dicho que había. Y en el techo, encima del armario, una mancha de humedad con la forma que tienen las manchas de humedad.

Eso es lo que hay.

Eso es todo lo que voy a contar de eso, aquí ni en ninguna parte, ni a mi madre, ni al cura, ni a la mujer que me lo preguntó una vez en un ambulatorio de Vigo con muy buena intención.

Salí al pasillo. Bajé por la escalera de hierro.

Abajo, en la nave, ya no había nadie. Estaban las luces de arriba apagadas y las de mantenimiento encendidas, que son las verdes, y la cinta parada con las latas puestas.

Fui a la pila de la entrada.

Es una pila de acero, larga, de las de fregar cajas, con dos grifos grandes que salen del muro y una manguera enrollada al lado. Ahí se lavan las mujeres al salir. Abrí el grifo de la izquierda.

Me lavé las manos.

El agua sale muy fría en abril. Me lavé las manos con el jabón amarillo que había en el bote, el de la fábrica, que raspa. Me lavé los brazos hasta el codo. Me lavé otra vez las manos.

En la fábrica hay un tanque donde se prepara la salmuera. Aquella tarde debían de haberlo cargado, porque el aire estaba espeso. Cuando el aire está así, se mete dentro de la nariz y no se va hasta el día siguiente.

Cerré el grifo. No había con qué secarse. Me sequé en el pantalón.

Salí al aire de fuera y bajé la cuesta hasta el pueblo.

Tardé diez minutos, que son los que se tarda. Me crucé con el hijo de los Rilo, que subía en bicicleta, y le dije adiós con la mano y él me dijo adiós.

Entré en casa a las ocho menos cuarto.

Mi madre estaba haciendo la cena. Tenía la radio puesta.

—¿Cerraron tarde?

—Estuve acabando el listado.

—Lávate, que ya está.

Me lavé las manos en el fregadero de la cocina, con el jabón de casa, que huele a limón. Puse la mesa. Cenamos tortilla de patata y una lata de las de aceite. Mi madre habló de la vecina de arriba, que quería vender la parcela de detrás y no se aclaraba con el catastro.

Después fregué yo y ella secó.

Aquella noche no pasó nada más.

Y el jueves siguiente volví a la fábrica.

Eso es lo que la gente no entiende, cuando lo entiende, que no lo entiende nadie porque no lo sabe nadie.

Volví al día siguiente y al otro y al otro.

Subí la cuesta a las ocho y media de la mañana, entré por la puerta de la nave, saludé a la encargada, subí la escalera de hierro y me senté en mi mesa delante del cristal.

Y facturé. Y llamé al de los envases de Betanzos porque no había mandado el pedido completo. Y a las diez me trajeron el café de la máquina.

Yo tenía veinte años. Tenía ciento cuarenta mil pesetas en la caja de ahorros y un cuaderno con lo que me faltaba. Mi madre había bajado a pedir aquel trabajo con la nota de mi padre en el bolso, y lo había contado en el pueblo, y en el pueblo estaba dicho que Souto se había portado.

Si yo me iba de la fábrica, había que decir por qué.

Y si yo decía por qué, había que decirlo delante de mi madre, delante de la encargada, delante de las cuarenta mujeres de la línea que le daban las gracias a ese hombre por dos semanas en el empaquetado.

Aquí las cosas no funcionan como en las películas.

Aquí una chica de veinte años suma. Suma lo que tiene, lo que le deben, lo que le van a decir y lo que le van a hacer decir. Yo hice la suma esa misma noche, en la cama, con los ojos abiertos, y me salió lo que le sale a cualquiera que haga bien esa suma.

Me salió: callar.

Lo raro no es que callara. Lo raro sería lo otro.

Lo que sí hice fue dejar de subir la escalera cuando él estaba en la nave.

Aprendí sus horas. Los martes venía por la tarde; los martes yo bajaba a las siete en punto con las mujeres de la línea, en el grupo, hablando de cualquier cosa.

Cuando subía a la oficina me quedaba de pie, con la carpeta en la mano, y contestaba con la carpeta puesta contra el pecho, y a los dos minutos me acordaba de que tenía que llamar a Betanzos.

Una vez estuve a punto.

Fue en septiembre, un jueves, a las siete menos veinte. Yo estaba arriba cerrando el fax y oí sus pasos en la escalera de hierro, que se oyen desde el segundo escalón porque el hierro suena.

Cogí la carpeta de los albaranes y bajé.

Nos cruzamos en el rellano, en el descansillo de en medio, donde no caben dos personas sin rozarse.

—¿Ya te vas?

—Voy a llevarle esto a la encargada.

—Anda.

Y se apartó, y yo bajé, y le llevé a la encargada una carpeta que no hacía ninguna falta.

Después estuve abajo, en la nave, veinte minutos, con las mujeres de la línea, hablando de nada, hasta que oí el Mercedes salir del aparcamiento.

Eso lo hice cuatro o cinco veces aquel otoño.

Nunca volví a estar sola con él en aquella planta.

Y cambié la vuelta a casa. Antes salía por atrás, cruzando el patio de los bidones, que ahorra la cuesta; a partir de mayo salía por el portón grande, con las mujeres, y daba la vuelta larga por la carretera. Ocho minutos más. Los hice todos los días.

En junio ya no dormía.

No es que estuviera despierta pensando. Es que me despertaba a las cuatro y ya no había manera, y me quedaba boca arriba mirando el techo de mi cuarto, que tenía una gotera vieja del año de la nieve y una mancha encima del armario.

Adelgacé. Mi madre me lo dijo un domingo poniendo la mesa:

—Estás en los huesos.

—Es el trabajo.

—El trabajo no quita el hambre. El trabajo la da.

Y me puso más caldo.

Él siguió trayéndome el café. Siguió preguntando por mi madre. Siguió mandándole el cajón de las de aceite en Navidad. Y mi madre siguió repartiéndolo por el barrio con el nombre de él por delante, que era la mitad del regalo.

En casa aquel verano no pasó nada.

Eso es lo que más me cuesta explicar cuando lo pienso: que en mi casa, de mayo a junio de 2001, no pasó nada de nada.

Yo llegaba a las siete y media. Mi madre tenía la cena hecha. Cenábamos, fregaba una y secaba la otra, y a las once estábamos las dos en la cama.

Los sábados bajaba con ella al tendal.

Los domingos íbamos a misa de una y después ella se sentaba en la plaza con las de siempre y yo subía a casa a hacer la comida.

Y yo hablaba. Contestaba. Me reía cuando había que reírse.

Hay una fotografía de aquel verano, de la fiesta de San Pedro, que le hicieron a mi madre con dos vecinas y en la que yo salgo detrás, medio tapada, con un vaso en la mano.

Esa foto la tuve años. Salgo bien. Salgo con la cara de una chica de veinte años en una fiesta.

Y en junio yo empecé a vomitar por las mañanas.