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El miércoles bajo al pantalán a devolverle a Amancio la llave del cobertizo.
Es un recado de dos minutos. La llave la tengo desde noviembre, desde que guardó ahí unos hierros míos, y llevo dos meses sin acordarme.
Bajo a las once y media, con el frío de después del temporal y el agua del puerto planchada, que es como se pone después de tres días de nordeste.
Y desde la escalerilla del pantalán, antes de llegar, los veo.
· · ·
Están en el bote de Amancio, el Carmiña , amarrado en el tercer sitio.
Amancio está dentro, agachado en el motor, con la tapa levantada. Y mi hijo está en el muelle, de rodillas en el borde, pasándole cosas.
Yo me paro en el segundo escalón.
No me paro a propósito. Me paro porque hay un cabo cruzado y hay que esperar a que se aparte alguien, y desde ahí no se me ve, porque desde ahí a uno lo tapa el amontonamiento de nasas de los Rilo.
Y me quedo ahí once o doce minutos.
· · ·
Trabajan bien.
Eso es lo primero que se ve. Que trabajan bien y que llevan mucho tiempo trabajando juntos, aunque sean cincuenta y ocho años y veintidós.
Amancio no pide las cosas por su nombre. Dice: dame eso. Y mi hijo sabe qué es eso. Se lo pasa antes de que acabe la frase, con el mango hacia delante, que es como se pasa una herramienta, y luego se limpia la mano en el pantalón y espera.
Cuando Amancio dice: no, la otra, mi hijo no se pone nervioso. Se ríe.
Le pasa la otra.
· · ·
En un momento el viejo se incorpora, se sujeta los riñones y dice algo que no oigo.
Y mi hijo se ríe.
Se ríe fuerte, con la boca abierta y la cabeza hacia atrás, y le contesta algo, y Amancio le tira un trapo a la cara y él lo coge en el aire.
Eso dura cuatro segundos.
Yo llevo desde noviembre viendo a mi hijo comer de pie, mirar el móvil boca abajo, contestar «ya» y subir las escaleras. Llevo desde noviembre teniendo en casa a un chico de veintidós años con la cara apagada.
Y ese chico, a doce metros de mí, en un pantalán, un miércoles de enero, se ríe con la boca abierta.
· · ·
Después Amancio se sienta en la bañera a liar un cigarro y mi hijo se pone con la bomba de achique.
Achica el bote entero él solo. Tarda un cuarto de hora.
Lo hace de una manera que a mí me llama la atención y que tardo un rato en entender: lo hace despacio.
No lo hace deprisa para acabar. Va sacando el agua por tandas, y cuando el bote está casi seco, se mete con un trapo debajo de la bancada, en el hueco de proa, donde no llega la bomba, y saca lo que queda a mano.
Nadie le ha dicho que haga eso.
Suso hacía eso mismo. Suso hacía eso mismo en esa misma postura y con el mismo trapo y con la misma cara de estar en otro sitio, y yo no se lo he contado nunca a mi hijo, porque para cuando Mateo tuvo edad de aprenderlo, su padre ya no estaba.
Lo ha aprendido solo. O lo ha aprendido de Amancio. O lo trae puesto de fábrica, que es lo que yo pienso aunque no se pueda pensar.
· · ·
Cuando terminan, Amancio le da algo.
No veo qué es. Un billete, supongo. Mi hijo lo coge, se lo mete en el bolsillo del pantalón sin mirarlo y le dice algo, y el viejo le dice otra cosa, y mi hijo levanta la mano.
Y después sube por la escalerilla del otro lado, la del norte, y se va por el muelle hacia la carretera con las manos en los bolsillos.
Anda como su padre.
Yo eso lo digo mucho y en este pueblo lo dice todo el mundo, y es lo que se dice de los hijos. Pero es que anda como su padre: con los brazos quietos, sin balancearlos, como si llevara algo en cada mano.
· · ·
En esos once minutos pasan por el muelle cuatro personas y ninguna se para.
Pasa el de la báscula con un rollo de etiquetas. Pasa un chico de la Rula Segunda con dos cajas. Pasa Tucho Ferro, que le dice algo a Amancio desde arriba y sigue. Y pasa la mujer del cura con el carro.
Y todos, al pasar, miran el bote y ven lo mismo: un viejo con el motor abierto y un rapaz ayudándole.
Eso es lo que ve este pueblo cuando mira a mi hijo el veintiuno de enero de este año.
Un rapaz ayudando a un viejo.
Y a los quince días este mismo pueblo va a mirar hacia esa misma escalerilla y va a ver otra cosa, y va a ser el mismo pueblo y el mismo chico y el mismo pantalán.
Bajo al pantalán cuando ya no se le ve.
—Amancio.
—¡Elena! ¿Qué haces tú aquí?
—Traerte la llave del cobertizo, que la tengo desde noviembre.
—Ay, mujer, si no corría prisa.
—Tres meses no corre prisa, ya.
Se ríe. Se limpia las manos en un trapo y coge la llave y se la mete en el bolsillo del mono.
—¿Estabas con el motor?
—Con la junta esa, que llevo desde el verano.
—¿Y se arregló?
—Se arregló hoy. —Levanta la barbilla hacia el muelle, hacia donde se ha ido mi hijo—. Con las manos de tu chico, que yo ya no me meto ahí.
—Ya.
—Elena, ese rapaz tiene manos.
Yo tengo la mano en el candelero del pantalán.
—Bueno.
—No, bueno no. —Se pone serio, que en Amancio dura poco pero pasa—. Te lo digo en serio. Tiene manos y tiene cabeza para esto. Y tiene paciencia, que es lo que no tiene ninguno de los de su edad.
—Es que tu bote es muy viejo.
—Mi bote es muy viejo y él viene igual. Y no me cobra si yo no le digo nada.
—¿Cómo que no te cobra?
—Que le tengo que decir yo: rapaz, coge esto. Que si no, se va.
· · ·
Subo la cuesta a las doce y veinte.
Y por el camino voy pensando en una cosa que no me había puesto a pensar nunca, porque en veintitrés años no se me había ocurrido que hiciera falta.
Que a mi hijo yo lo veo poco.
Lo tengo delante todos los días, tres veces al día, en una mesa de cocina de metro veinte por ochenta. Le lavo la ropa, le pongo la comida y le sé la talla de los pantalones.
Y no lo veo.
No lo veo trabajar. No lo veo con otra gente. No lo he visto reírse con la boca abierta desde el verano pasado, y hoy lo he visto once minutos desde detrás de un montón de nasas.
Aquella noche, en la cena, le pregunté por el bote.
—¿Qué tal la junta esa de Amancio?
Él levantó la cabeza del plato.
—¿Y tú cómo sabes lo de la junta?
—Me lo dijo él.
—Ah. —Y se encogió de hombros—. Bien. Ya está.
—Dice que tienes manos.
—Dice tonterías.
Y siguió comiendo. Pero comió más deprisa, y se le puso otra cara, y cuando terminó llevó el plato al fregadero y lo dejó dentro del agua, que no lo hace nunca.