Lo que Elena calló 9
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El martes hago cocido y hago de más.

De más es lo que hago siempre desde que Suso murió, porque la olla es la que es y porque en esta casa las cantidades se aprendieron para cuatro. La diferencia es que hoy, mientras lo hago, ya sé a dónde va.

Lleno la fiambrera azul, la de tapa que cierra bien, y la meto en una bolsa con un tarro de los pimientos que asé en noviembre. Un pan.

—¿A dónde vas? —dice mi madre.

—A llevarle algo a Ramón.

—¿Ramón el de la carpintería?

—Ese.

—Ese es buena persona.

—Sí.

—A ese le pasó algo.

—Sí, mamá. Le pasó algo.

Bajo por la ribera con la bolsa en la mano. A media cuesta me cruzo con la de Ramiro, que sube con el carro de la compra y que mira la bolsa antes de mirarme a mí.

—Ay, Elena. ¿Vas para allá?

—Le llevo un plato.

—Haces bien. Yo le llevé el jueves una empanada y no sé ni si la abrió. —Se acerca medio paso—. ¿Y tu chico, qué tal lo lleva?

—Como todos.

—Claro, claro. Es que al final los jóvenes son los que peor lo pasan, que no saben.

—Se me enfría, Herminia.

—Anda, anda, ve.

El taller está en la parte de atrás del pueblo, en la ribera, con el portón de madera y el cartel que pintó él mismo hace treinta años y que ya no se lee. La puerta pequeña está abierta.

Dentro hay más luz de la que parece desde fuera, porque tiene las claraboyas del techo, y hay serrín en el aire, y en el aire se ve la línea del sol entrando en diagonal.

Y está la dorna.

Está en el centro, sobre los caballetes, con las cuadernas puestas y la mitad del forro. Lleva año y medio ahí. Cuando la empezó, subía gente a verla; ahora ya no sube nadie porque ya no es una novedad, y él sigue.

Está boca abajo, con la quilla arriba, y por debajo se ve todo lo que en una barca terminada no se ve nunca: las cuadernas puestas de dos en dos, los refuerzos, las marcas a lápiz con los números, el hilo de bramante tirante de proa a popa para tomar la línea.

La madera es clara y huele.

En el banco, alineadas contra la pared, hay catorce herramientas de mano con el mango gastado y brillante por el uso, y encima de cada una, en el corcho, hay una silueta dibujada a rotulador para saber cuál falta.

No falta ninguna.

Ramón está sentado en un cajón, al lado, con las manos entre las rodillas. No está haciendo nada. No sé cuánto tiempo lleva sin hacer nada.

—Ramón.

Tarda en levantar la cabeza.

—Elena.

—Te traigo cocido.

—No hacía falta.

—Ya sé que no hacía falta.

Se levanta despacio, con las dos manos en las rodillas, y busca dónde poner la bolsa y no encuentra dónde, porque el banco está lleno y la mesa está llena y el suelo está lleno. Al final la deja en el asiento de la banqueta.

—Siéntate —dice.

—Un momento nada más.

Me siento en el cajón de al lado. Huele a cola caliente y a madera mojada, que es un olor que no se parece a ningún otro y que a mí siempre me gustó.

Él mira la dorna.

—Vino gente ayer —dice—. Mucha gente. Me trajeron... —se para a contar y no cuenta— me trajeron de todo. Está la cocina llena. Y yo no sé qué hacer con eso.

—Se come.

—Claro.

—Aunque no tengas ganas. Un plato al mediodía.

—Ya.

Estamos ahí. Por la claraboya se cruza la sombra de un pájaro.

—La amiga está en casa —dice—. La de A Coruña. Fregando. Le he dicho que no friegue y friega.

—Déjala.

—Es que no hay nada sucio, Elena. Es que ella lo tenía todo hecho, si eso lo llevaba ella. —Se pasa la mano por la boca—. Yo no sé ni dónde está el recibo de la luz.

—Eso se busca. Eso lo buscamos.

—Vale.

—¿Tienes una carpeta? ¿Un cajón donde ella lo metiera todo?

—Tiene una caja en el aparador. Azul.

—Pues el jueves subo yo y lo miramos juntos. Domiciliaciones, el seguro, lo que haya. Media hora.

—No, mujer.

—Media hora, Ramón. Y si no quieres abrirlo, lo dejamos y ya está.

Él mira la caja que no está aquí, la ve en el aparador de su cocina, y asiente.

—El jueves —dice—. Vale.

Y entonces empieza a hablar.

Empieza sin avisar, como hablan los hombres que llevan cuatro días sin hablar, mirando al suelo, y no para en un buen rato.

Me cuenta que a ella le daban miedo las gaviotas de pequeña, con lo que hay aquí, miedo del que hace gritar, y que había que llevarla en brazos por el muelle hasta los seis años.

Que aprendió a nadar tarde y mal. Que a los quince le dio por teñirse un mechón de azul y que Maruxa, que ya estaba mala, le dijo que le quedaba muy bien, y él, que le dijo que parecía un lorito, tuvo que aguantar dos semanas sin que le hablara.

Que el año pasado se sacó el carné a la primera.

Que se enfadaba porque él trabajaba de pie con la espalda torcida y le compró una silla de esas de oficina, y que él no la usa porque no se puede lijar sentado, pero que la tiene ahí, mira, en la esquina, con una sábana encima para que no coja polvo.

Yo miro la silla.

—Y dibujaba —dice—. Bueno, eso ya lo sabes tú, si le dibujaba a todo el mundo. A mí me hizo uno del taller. Está en la cocina.

—Lo he visto.

—¿Lo has visto?

—El día del... el domingo, cuando subí con las otras.

—Es verdad. Es verdad que subiste.

Calla. Después dice, con otra voz, más baja:

—Elena, tú tienes un hijo.

Me sujeto las manos.

—Tengo.

—Tú imagínate que un día no está.

—No me lo imagino.

—Yo tampoco me lo imaginaba —dice—. Yo esto no me lo imaginaba y llevo cuatro días viviendo dentro.

En la pared, encima del banco, hay un clavo. Del clavo cuelgan tres cabos de driza trenzados, tres, sujetos por arriba con una vuelta de cinta aislante. Están grises de polvo y de años.

Él ve que lo miro.

—Eso es de cuando aprendí a hacerle las trenzas —dice—. Después de lo de Maruxa. Miraba unos vídeos.

—Te salían bien.

—Me salían torcidas. Ella iba al instituto con la trenza torcida y no me decía nada.

Después dice:

—¿Tú sabes lo que llevo pensando desde el sábado?

—No.

—Que nunca me preguntó.

Yo no me muevo.

—De dónde vino —dice—. Nunca. Ni de pequeña ni de mayor. Maruxa le contaba lo del mar, que vino del mar, una cosa que se inventó ella y que a la niña le gustaba, y con eso valió. Y llegó a los veinticuatro años sin preguntarme una sola vez.

Se mira las manos.

—Y yo se lo agradecía, Elena. Te lo digo como lo pienso, aunque quede feo: yo se lo agradecía.

Cada año que pasaba sin que preguntara, yo respiraba.

—Levanta la cabeza—. Y ahora pienso que a lo mejor el que tenía que haber preguntado era yo.

Preguntarle a ella si quería saber. Dárselo hecho, ¿entiendes?

, no esperar a que ella tuviera que venir a pedírmelo como quien pide un favor en su propia casa.

—Ramón.

—Que a lo mejor le hacía falta y no lo dijo por no hacerme daño. Eso es lo que pienso ahora por las noches.

—Ella era feliz aquí.

—¿Tú crees?

—Se le veía.

—Sí. —Asiente despacio, dos veces—. Sí que se le veía.

Miro el reloj de la pared, que no anda. Me levanto.

—Me voy, que dejé a mi madre sola.

—Espera.

Va a la banqueta. Saca la fiambrera de la bolsa, la abre, mira dentro. Vuelve a poner la tapa.

—Esto luego lo paso a un plato y te la devuelvo lavada.

—No corre prisa.

—Corre, corre. —Sigue con la fiambrera azul entre las dos manos, sujetándola por los lados, como se sujeta algo que se va a caer—. Te la devuelvo yo mismo. Esta semana. Que si no, después no bajo nunca.

—Cuando quieras, Ramón.

—Esta semana.

Salgo al camino de la ribera y ando hasta la esquina.

Después subo a casa, le pongo la cena a mi madre, le doy las gotas y me pongo con el paño de los Rilo, que hay que entregarlo el jueves y llevo dos días sin tocarlo.