8
El martes por la mañana Castro tarda veinte minutos en recorrer trescientos metros de pueblo, y no es por el barro.
Es por la gente. La saludan. La paran. Le cuentan cosas que no ha preguntado y que en el atestado no caben: que la chica dibujaba muy bien, que una vez le arregló el móvil a la de la farmacia, que el año pasado organizó lo del calendario para los del club de remo.
Le hablan de ella en pasado y con orgullo, como se habla de los que se van a estudiar fuera.
Y después, cuando ella deja de preguntar, todos hacen lo mismo. Todos bajan medio tono y dicen: y el pobre padre.
Ferreiro lo dice de otra manera dentro del coche.
—Vivía sola con él.
—Vivía con él. Sola no es lo mismo.
—Digo que en casa eran dos, mi sargento. Y uno de los dos no la echó en falta hasta el sábado.
—Hasta el sábado por la mañana.
—Eso digo.
—Ferreiro, ¿usted a qué hora llamó ayer a su hija?
—Yo a mi hija no la llamo, que tiene veintiséis años y me manda ella fotos del perro.
—Pues eso.
El cabo conduce un rato callado.
—Yo solo digo lo que van a decir en la compañía cuando lean el informe.
Y tiene razón, y ella lo sabe, y eso es lo que le fastidia: que la aritmética es perezosa y casi siempre acierta, y que cuando acierta nadie se acuerda de las veces que no.
En el bar de abajo, a la una, Castro pide un café y se sienta al fondo con la carta náutica doblada en el bolsillo.
Ramón Canosa entra a las dos menos cuarto.
Viene a comprar tabaco, que no fuma; lo pide, lo paga y se lo guarda en el bolsillo del mono. En los tres metros que hay de la puerta a la barra pasan tres cosas, y Castro las cuenta.
La primera: las dos mesas de la ventana bajan la voz. No se callan del todo, que eso sería peor y aquí lo saben; bajan la voz y siguen hablando de otra cosa, y una de las mesas cambia de tema con tan poca gracia que se les nota el salto.
La segunda: el del mostrador no le cobra a la primera. Le dice deja, hombre. Y Ramón deja el dinero encima de la barra igual, y el del mostrador lo coge.
La tercera: nadie le pregunta nada. Ni cómo está, ni si necesita algo, ni cuándo lo entregan. Tres hombres que llevan cincuenta años tomando el vino con él lo saludan con la cabeza y siguen mirando la tele, que tiene puesto un programa de compraventa de coches.
Ramón sale. Por la ventana, Castro lo ve pararse en la acera, sacar el tabaco del bolsillo, mirarlo como si no supiera de dónde ha salido y volver a guardarlo.
—Pobre hombre —dice la del bar, recogiendo la taza.
—¿Ustedes qué creen que pasó?
La mujer pasa el paño por la barra.
—Yo qué voy a creer.
—Lo que crea.
—Yo creo que a esa niña se la llevó el mar, como a mi cuñado, y que después la gente habla porque en enero no hay otra cosa que hacer. —Se para—. Y también creo que usted no me lo pregunta por curiosidad.
Castro paga y deja propina, y la mujer la mira mientras se va.
A las tres y veinte la llama el forense desde Santiago.
—Le adelanto dos cosas, que el papel tarda.
—Dígame.
—Una: no hay lesiones de defensa. Ninguna. Ni en manos ni en antebrazos.
—De acuerdo.
—Dos: no hay nada de tipo sexual. Nada. Se lo digo porque en estos casos es lo primero que pregunta todo el mundo y luego se queda a medias.
—Se lo agradezco.
—Y una tercera que no es una cosa, es una impresión.
—Adelante.
—Esa chica estaba sana y estaba bien alimentada y tenía las uñas hechas. —Se oye un papel—. Llevaba ropa de abrigo buena y botas de agua. No es una persona que llevara meses dejándose.
—¿Y eso qué le dice a usted?
—A mí no me dice nada, sargento, yo describo. Le digo lo que no es: no es una chica que llevara tiempo mal.
Castro cuelga y sigue con el móvil en la mano encima de la mesa del bar.
Lo que acaba de descartar el forense en un minuto y medio es la mitad de lo que se está diciendo hoy en este pueblo.
A las cuatro sube a la casa de los Canosa a llevar el resguardo del ordenador. Hay dos coches delante y la puerta abierta.
Dentro huele a lejía. Han fregado. En la cocina hay una mujer mayor lavando vasos y en el pasillo una chica de veintitantos, en calcetines, con una caja de cartón entre los pies y una bayeta en la mano, mirando la caja sin tocarla.
En la cocina, encima del calendario de la ferretería, hay un dibujo a lápiz sujeto con dos chinchetas: el interior de un taller, con las claraboyas, el banco lleno y una barca a medio hacer sobre los caballetes. Está firmado abajo a la derecha con una letra pequeña y una fecha de hace dos años.
Castro se para delante tres segundos. Ha visto muchas casas de duelo y ha aprendido a leerlas: lo que cuelga en una cocina lo cuelga alguien que va a mirarlo todos los días.
—¿Alba Portela?
—Sí.
—Sargento Castro.
—Ya. —Se limpia las manos en el pantalón—. Ya sé quién es. Me dijeron que la llamara.
—Cuando pueda venir por el puesto.
—¿Ahora vale?
—Ahora está usted limpiando la casa de su amiga.
Alba mira la bayeta. La deja encima de la caja.
—Es que si me paro, no.
—Ya.
—Yo trabajo en el hospital, ¿sabe? Yo estoy acostumbrada a esto. A avisar a la gente, a lo de después, a todo. —Habla deprisa, con la voz alta y quebrada por arriba—. Y llevo dos días sin poder entrar en su cuarto.
Castro no dice nada. Ha aprendido que en estos casos lo que hay que hacer es no llenar el hueco.
—Ella me lo contaba todo —dice Alba—. Todo. Nos mandábamos audios, ¿sabe? Audios largos. De diez minutos. Yo se los escuchaba en el coche, de camino al turno, y le contestaba con otro.
—¿Cuándo fue el último?
—El miércoles.
—¿El miércoles?
—El miércoles por la noche. Yo entraba a las diez y no lo escuché hasta la mañana siguiente. —Traga—. Y le contesté una tontería. Le contesté: mañana me cuentas.
Se le va la cara. Se sujeta con la mano en la jamba y la mujer de la cocina asoma y la vuelve a dejar en paz.
—¿Los guarda? —dice Castro.
—¿Los audios?
—Todos. Los del miércoles y los de antes.
—Están en el móvil.
—No borre nada. Ni conversaciones, ni fotos, ni nada. ¿Me entiende?
Alba asiente con la cabeza tres o cuatro veces, deprisa, como se asiente cuando no se está entendiendo del todo.
—¿Qué había en el del miércoles? —dice Castro.
—Cosas suyas.
—¿Qué cosas?
Alba mira hacia el fondo del pasillo, a una puerta cerrada.
—Es que si se lo cuento mal se lo cuento mal. Yo se lo pongo. Se lo pongo entero y lo oye usted. Pero hoy no puedo, hoy no. Deme dos días.
—Una cosa —dice Castro—. ¿Ella tenía problemas con alguien?
—No.
—¿Con el chico ese con el que estuvo?
Alba se para. Se le nota que lo piensa de verdad, que no contesta por contestar, y eso Castro lo apunta también aunque no lo escriba.
—Lo dejó ella —dice—. Y lo pasó mal, ¿eh?, no crea que siguió tan ancha. Pero problemas, no. Ella decía que era buen chico y que la culpa no era de él.
—¿La culpa de qué?
—De nada. Es una manera de hablar.
—¿Le tenía miedo?
—No. —Y otra vez se para—. No.
Castro le apunta su móvil directo en el reverso de una tarjeta y le dice que la espera el jueves a las diez.
Ya en el coche, antes de arrancar, escribe en la libreta pequeña: audios. Y debajo: miércoles noche, no escuchado hasta jueves mañana. Y debajo, subrayado dos veces: el jueves ella ya sabía algo.
Después tacha la última línea, porque no sabe nada y porque le ha salido sola, y vuelve a escribirla al lado, más pequeña, sin subrayar.
En el puesto, a las siete, hace la otra lista. La que no va al atestado.
Una: el teléfono. Una chica de veinticuatro años sale de casa con el teléfono y el teléfono no aparece.
Puede caerse al agua, claro que puede. Se cae del bolsillo, se hunde, se acabó.
Pero entonces se hunde donde se hunde ella, y donde se hunde ella hay veinte metros de canal que ya han mirado dos veces.
Dos: la hora. Última señal a las veintitrés y once, y a esa hora, con aquel viento, en este pueblo la calle está vacía. Salir a las once de la noche a mirar el mar es una cosa que se dice de los muertos y que no hace nadie.
Tres: nadie la vio. En un sitio de seiscientos habitantes donde todo el mundo la conocía, nadie volvió a verla desde que cerró la lonja aquella tarde.
Escribe debajo, sin subrayar nada esta vez: si salió a las once, salió a ver a alguien.
Y después escribe: o alguien la fue a ver a ella.