7
El coche verde sube por la calle a las once y cuarto y aparca dos portales más abajo, delante de la casa de los Ramiro, que no tienen a nadie.
Lo veo desde la galería, mientras recojo la ropa de ayer. Bajan dos. Se paran, miran los números, hablan.
Me da tiempo a bajar la ropa, a dejarla doblada en la banqueta, a mirar la cocina desde la puerta como se mira una habitación en la que va a entrar alguien y a cambiar de sitio el cesto del pan.
Me da tiempo a pensar muchas cosas. Ninguna de las que pienso me sirve después.
A las once y veinte llaman a la puerta de abajo, dos golpes con los nudillos y no con la aldaba, que la aldaba la usan los de aquí.
Están el cabo, que es de Ponteceso y me conoce de vista, y la sargento, que no dice de dónde es porque no hace falta.
—Buenos días. ¿Elena Lema?
—Soy yo.
—Estamos hablando con las familias del pueblo. Es un momento.
—Pasen.
Suben los tres por la escalera de fuera, que es como se entra en esta casa, y les digo que tengan cuidado con el escalón de arriba, que está mordido por un lado desde siempre.
Los siento en la cocina. Pongo el hule limpio, el que no tiene la quemadura del cazo.
—¿Café?
—No hace falta.
—Ya está hecho.
Saco tres tazas y las lleno, y a la sargento le pongo la del asa buena. El cabo le echa dos azucarillos y ella no le echa nada.
Se sientan de espaldas a la galería. Yo me siento enfrente, con la puerta del pasillo a la izquierda, porque desde ahí oigo a mi madre.
—Usted trabaja en la lonja —dice la sargento.
—En el tendal. Coso.
—Y su hijo vive aquí.
—Y mi madre. Está echada.
—¿Se encuentra bien?
—Está mayor.
El cabo saca la libreta. Ella no saca nada; tiene las dos manos alrededor de la taza, sin beber, y a ratos mira la galería, donde están las agujas colgadas de la escarpia y el paño de los Rilo doblado en la banqueta, esperando que lo bajen.
—El jueves por la noche —dice—. ¿Se acuerda de qué hicieron?
—Cenamos aquí los tres. Sobre las nueve y media, que mi madre no aguanta más tarde.
—¿Y después?
—Después la acosté a ella y estuve viendo la tele.
—¿Su hijo?
Está en el vano del pasillo, apoyado, con el pelo de haberse levantado hace veinte minutos. Ha bajado sin hacer ruido, que baja siempre sin hacer ruido.
—Salió a dar una vuelta —digo.
—¿A qué hora?
—Sobre las diez y media. Puede que a las once menos algo.
—¿Y volvió?
—Volvió antes de la una. Yo estuve dormida en el sillón y me despertó él para que me fuera a la cama.
El cabo apunta.
Mateo tiene la mano agarrada al canto de la puerta. Tarda dos segundos en soltarla. Después entra en la cocina, coge un vaso, lo llena en el grifo y se lo bebe de espaldas a nosotros.
—Tú eres Mateo —dice la sargento.
—Sí.
—¿Adónde fuiste?
—Por ahí. Bajé al puerto y di una vuelta.
—¿Solo?
—Solo.
—¿Viste a alguien?
—Con aquello no había nadie.
—Ya. —Ella da un sorbo—. ¿Sabes por qué te lo pregunto?
—Sí.
—Dime.
—Porque estuve con ella.
Lo dice de frente, mirándola, y a mí se me queda la taza a medio camino y la vuelvo a dejar en la mesa sin ruido.
—En otoño —dice él—. Estuvimos juntos y lo dejamos en noviembre. Lo sabe todo el pueblo, así que se lo digo yo antes de que se lo diga el pueblo.
—¿Y cómo lo dejasteis?
—Lo dejó ella.
—¿Y tú cómo lo llevaste?
—Mal.
Hay un momento en que nadie dice nada. El cabo escribe. Mi hijo se apoya en la encimera con el vaso vacío en la mano y no se mueve, y yo veo lo que ella está viendo, que es un chico de veintidós años sin afeitar contestando la verdad a todo con la voz plana.
—¿Cuándo la viste por última vez? —dice la sargento.
—En la lonja. El martes o el miércoles. De lejos.
—¿Hablasteis?
—No.
—¿Le escribiste? ¿Un mensaje, una llamada?
—En Navidad le puse feliz Navidad y no me contestó. Y ya está.
—¿Y esa noche, en el puerto, no coincidisteis?
—No.
Yo digo:
—Si hubieran coincidido, me lo habría contado.
Y en cuanto lo digo sé que no había que decirlo, porque las dos cabezas se vuelven hacia mí a la vez y porque una madre que contesta por un hijo de veintidós años está diciendo algo aunque no diga nada.
—Seguro que sí —dice la sargento.
—Una cosa de rutina —dice el cabo—. ¿Ustedes hicieron colada esta semana?
—Se hace todas las semanas.
—¿Qué día?
—Los domingos.
—¿Ayer, entonces?
—Ayer.
—¿Y lavó ropa de su hijo?
—Lavo la ropa de esta casa. La mía, la de él y la de mi madre. Todos los domingos desde hace veintitrés años.
El cabo lo apunta.
—¿Le parece raro? —digo.
—A mí no me parece nada, señora. Yo apunto.
La sargento no dice nada. Tiene la taza en la mano y mira la galería, donde está tendida la ropa de ayer, que la bajé a las nueve y cuarto y la dejé doblada en la banqueta.
—Usted la conocía —dice la sargento.
—De verla en la lonja.
—¿Y de tenerla en casa?
—Vino algunas veces, cuando andaban juntos. A merendar. Poco.
—¿Qué tal se llevaban ustedes?
—Bien. —Muevo la taza dos dedos—. Era muy educada. Preguntaba por mi madre.
—¿Y cuando lo dejaron?
—Cuando lo dejaron dejó de venir.
—¿A usted le dio pena?
Y esa pregunta no me la esperaba, y no me la esperaba porque no es una pregunta de guardia civil, es una pregunta de mujer sentada en una cocina.
—Me dio pena por él —digo.
—Claro.
—Y por ella también. Esas cosas duelen a los dos.
—Sí que duelen.
Coge la taza y no bebe. La deja.
Del pasillo llega la voz de mi madre.
—¡Elena!
—Ahora voy, mamá.
—¡Elena, que hay gente!
—Que ahora voy.
Me levanto. Voy al cuarto. Está sentada en el borde de la cama, con las zapatillas puestas del revés, la derecha en el pie izquierdo, y me mira con esa cara de urgencia que le pone la cabeza cuando se le olvida por qué la puso.
—¿Quiénes son?
—Vienen a preguntar por lo de la chica.
—¿De la fábrica?
—No, mamá. De la Guardia Civil.
Ella mira la puerta entornada. Se le queda la boca un poco abierta.
—Aquí no se debe nada —dice.
—Aquí no se debe nada.
Le cambio las zapatillas de pie. Le pongo la rebeca. Cuando salgo al pasillo la sargento está de pie en la puerta de la cocina, no dentro, en la puerta, en el sitio exacto desde el que se ve el pasillo entero.
—Perdone —le digo.
—No, perdone usted.
Vuelve a la mesa. Recoge la taza, la lleva al fregadero ella misma, que eso no lo hace nadie, y se queda un segundo mirando la galería.
—Bonito trabajo —dice—. Mi madre estuvo cuarenta años en eso.
—Ya sé de quién es usted.
—Ya me lo imagino.
El cabo cierra la libreta. En la puerta, con medio pie fuera, ella se vuelve.
—Una cosa más. Su hijo, cuando volvió esa noche. ¿Traía la ropa mojada?
—Con aquel viento vuelves mojado de ir a la esquina.
—Claro que sí.
Bajan la escalera de fuera. El cabo dice cuidado con el escalón y ella dice que ya lo había visto.
Cuando se van, Mateo deja el vaso en el fregadero y sigue ahí, con las dos en el borde de la pila.
—Mamá.
—Dime.
—Yo no volví antes de la una.
Abro el grifo. Dejo correr el agua hasta que sale caliente.
—Volviste.
—Mamá, que yo llegué...
—Volviste antes de la una y me despertaste en el sillón. Eso fue lo que pasó.
Lo digo sin levantar la voz, que es como se dice en esta casa lo que no se discute, y meto las tazas en el agua.
Él tarda un rato de pie detrás de mí. Después sube y cierra la puerta, y no la cierra de golpe, la cierra despacio, que es peor.
Friego las cuatro tazas y las seco a mano, una por una, y a la del asa buena le paso el paño dos veces.