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La carta no era una carta. Era una nota que había escrito Basilio Souto de su puño y letra a la semana del entierro, dos líneas, diciendo que si algún día la familia de Manuel Lema necesitaba algo, allí estaba él, y mi madre la guardó tres años en la lata de las escrituras como quien guarda un billete que todavía no sabe en qué se va a gastar.
Yo quería irme a Vigo. Eso también hay que decirlo, porque después se cuentan las cosas como si una no hubiera querido nunca nada.
Quería sacarme el ciclo de administrativo, que ya había empezado por libre, y trabajar en una gestoría con aire acondicionado y volver los veranos con un coche pequeño.
Tenía la cuenta de la caja de ahorros con ciento cuarenta mil pesetas y un cuaderno en el que apuntaba lo que me faltaba.
Me faltaba mucho. Cada mes que pasaba me faltaba un poco menos y también un poco más, porque las cosas subían más deprisa de lo que yo ahorraba, y eso, a los veinte años, se descubre una sola vez y no se olvida.
Mi madre bajó a la fábrica sin decírmelo. Volvió a las dos horas y me lo dijo mientras ponía la mesa:
—El lunes empiezas en la oficina.
—Yo en la fábrica no entro.
—En la oficina, digo. Con papeles. Con una mesa.
—Mamá.
—Con una mesa y una silla, Elena. Y tu padre allí dentro estuvo veintidós años de pie.
Eso era todo lo que había que decir y ya estaba dicho.
Entré en enero y en enero la fábrica todavía se aguantaba. Después llegó la costera de primavera, y quien no haya estado dentro de una conservera con la costera empezada no sabe de qué habla.
El olor no era uno. Eran tres, y llegaban por turnos.
El primero era la salmuera, que entraba por la puerta de la nave con el aire y se te metía en el pelo y ya no salía; te lavabas por la noche y a la mañana siguiente la almohada olía a eso.
El segundo era el aceite caliente de la línea de fritura.
Y el tercero, el que a mí me daba la vuelta al estómago, era el azúcar quemado del tomate, que hervía en unas ollas grandes al fondo, y ese azúcar atraía moscas, y las moscas se pegaban a la cinta de papel que colgaba del techo, y cada viernes venía un chico a cambiar las cintas y las tiraba en un cubo.
Yo estaba en la oficina de arriba, en un altillo con ventana de cristal que daba a la nave, con la mesa pegada al cristal.
Facturas, albaranes, el fax. Una estufa eléctrica que se fundió en febrero y un ventilador de aspas que a partir de abril movía los papeles y había que sujetarlos con lo que hubiera.
Desde el cristal se veía la línea entera.
Veintitantas mujeres con delantal blanco y gorro, de pie, con el cuchillo pequeño en la mano derecha, colocando el lomo en la lata.
Milucha estuvo tres años en esa línea. La madre de Fita también.
La mitad de las mujeres que hoy cosen conmigo en el tendal pasaron por ahí abajo, y todas dicen lo mismo: que del frío de la nave, en marzo, no se sale nunca del todo.
Ellas me llamaban «a rapaza de arriba».
No lo decían con mala idea. Lo decían como se dicen las cosas ciertas.
Y a él lo llamaban «el que da trabajo».
Eso también sin mala idea, y eso es lo que a mí me costó veinte años entender.
Basilio Souto llegaba a las nueve y media en el Mercedes granate y aparcaba delante de la puerta, donde no se puede aparcar, que es donde sigue aparcando.
Entraba por la nave y no por la oficina, siempre por la nave, y hacía el pasillo entero saludando a las mujeres por el nombre.
A todas. A las cuarenta. Sabía el nombre de las cuarenta y sabía cuál tenía al chico en la mili y cuál tenía a la madre mala.
—Carmiña, ¿qué tal esa cadera?
—Tirando, don Basilio.
—Tirando no vale. Tirando no me vale a mí.
Y le decía a la encargada que a Carmiña la pusiera dos semanas en el empaquetado, que ahí se está sentada, y la encargada lo apuntaba, y Carmiña le daba las gracias, y al día siguiente Carmiña le contaba a su vecina que don Basilio le había puesto en el empaquetado.
Del trabajo de abajo yo lo sabía todo porque hacía las nóminas.
Sabía lo que cobraba cada una y sabía lo que trabajaba. Sabía que la jornada era de siete a tres y que casi nunca era de siete a tres, porque cuando entraba pescado había que sacarlo y punto, y las horas de más se apuntaban en una libreta y se pagaban en junio, o no.
Sabía que en la nave, en enero, hacía nueve grados.
Sabía que a Carmiña la cadera se la hizo el suelo, de estar de pie once horas encima del cemento mojado, y que en las bajas de la fábrica no pone nunca «el suelo».
Y sabía cuánto cobraban.
Yo, arriba, con mi mesa y mi silla y mi calculadora, cobraba un doce por ciento más que una mujer que llevaba dieciocho años metiendo lomos en latas.
Un doce por ciento.
Eso lo tecleaba yo todos los meses, y lo imprimía, y bajaba con los sobres y los repartía en la línea de uno en uno, y ellas me daban las gracias.
Cuando alguna tenía un problema de los que no se hablan en la línea, subía.
Yo las veía cruzar la nave y meterse por el pasillo de la oficina, y a los diez minutos las veía salir, y por la tarde el problema estaba resuelto.
A la de Buño le adelantó el finiquito entero para la operación del marido.
A una que se llamaba Charo le buscó plaza en la residencia de Vimianzo para el padre, y en aquellos años había lista de dos años.
A la hija de la encargada, que se había quedado sin sitio para septiembre, le hizo una llamada y tuvo sitio.
En el pueblo eso se contaba de una manera concreta. No se decía que Souto había ayudado. Se decía: eso lo arregló él.
Y había otra cosa que se decía sin decirse, y que yo entonces oía sin oírla, que es como se oyen a los veinte años las cosas que van a ser tuyas.
Cuando una chica de aquí desaparecía un tiempo, nadie preguntaba. Se decía que estaba un año fuera. Con una tía, con una prima, en Vigo o en Bilbao. Volvía delgada y no se le preguntaba, y a los dos meses ya nadie se acordaba de que se había ido, porque acordarse habría sido de mala educación.
Un año fuera. Existía la frase. Existía antes que yo.
Yo lo veía todo eso desde arriba, desde el cristal, con la calculadora en la mano.
Y no pensaba nada. Eso es lo peor de contarlo: que no pensaba nada. Pensaba que era un hombre mayor que se sabía los nombres.
Subía a la oficina a las diez con dos cafés de la máquina y me dejaba uno en la mesa.
—El de la niña, sin azúcar, que las jóvenes ahora no toman azúcar.
—Gracias.
—¿Y tu madre?
—Bien.
—Dile que el jueves le mando un cajón de las de aceite, de las que le gustan a ella. Y que no me lo discuta.
Le mandaba el cajón. Se lo mandaba, y mi madre lo agradecía, y ponía dos latas en la despensa y las otras las repartía entre las vecinas diciendo de dónde venían, porque un regalo que no se enseña no cuenta.
En marzo empezó a subir más a menudo.
Subía con papeles que no hacían falta y se quedaba de pie al lado de la mesa, mirando la nave por el cristal, hablando.
Hablaba de mi padre. Me contaba cosas que yo no sabía: que había sido el más rápido descargando, que una vez se tiró al agua en enero por un cabo, que le llamaban de un modo que en casa nadie usaba.
Y yo escuchaba, porque a los veinte años una tiene hambre de que le cuenten a su padre.
—Tú vas a llegar lejos —me decía—. Tú de aquí te vas.
—Eso quiero.
—Pues eso hay que hablarlo. Que igual yo puedo hacer una llamada a Vigo.
Al fondo del pasillo de la oficina había una puerta.
Era el despacho de él, el de verdad, el que no usaba nunca, porque a él le gustaba estar abajo. Tenía una mesa grande, un armario con las cuentas viejas y una ventana que daba al patio de los bidones, y estaba siempre cerrada porque allí no entraba nadie.
El veinticuatro de abril, un martes, a las siete y diez de la tarde, cuando en la nave ya no quedaba nadie más que el de mantenimiento en la caldera, Basilio Souto abrió esa puerta y me dijo que pasara un momento, que quería enseñarme una cosa de la llamada a Vigo.