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El domingo hago la colada.
La bolsa de deporte de Mateo lleva desde el jueves en el suelo del baño, contra la lavadora, y ya he pasado por encima ocho o diez veces. Es azul, con el asa cosida por mí hace tres años, de nailon del que no se seca nunca.
Le abro la cremallera. Se atasca a la mitad, como siempre; hay que tirar hacia abajo mientras se empuja hacia delante.
Saco un pantalón de trabajo. Una sudadera gris. Una camiseta. Los calcetines hechos una bola, que se los quita así y así los tira. Todo apelmazado, con el peso que coge la ropa cuando lleva días metida en una bolsa cerrada.
Separo en el suelo: blanco a un lado, color al otro, el pantalón aparte porque destiñe.
Meto el color. Detergente hasta la primera raya, que con esta lavadora lo demás es tirarlo, y programa corto.
Mientras da vueltas limpio el sumidero de la ducha con el gancho de alambre que hizo Suso, que para eso no se ha inventado nada mejor. Limpio el espejo. Repongo el papel. Bajo la tapa.
Cuando termina el ciclo tiendo en la galería. El pantalón por la cintura, con dos pinzas. La sudadera del revés, que si no se pone áspera. Los calcetines de dos en dos.
Queda sitio en la cuerda y aprovecho para los trapos de cocina, que ya tocaba.
La bolsa vacía la sacudo boca abajo encima del cubo. Cae arena, un envoltorio de chicle y una anilla de lata. Le paso un paño por dentro y la dejo abierta encima del calentador, para que respire.
Mateo aparece en la puerta del baño cuando estoy pasando la fregona.
Se ha levantado hace un rato. Trae la taza del desayuno en la mano y no ha desayunado.
Mira la lavadora, que ya está parada y abierta. Mira la fregona. Mira el sitio del suelo, junto al calentador, donde estaba la bolsa desde el jueves.
—¿Has lavado?
—Estaba todo ahí tirado.
—Bueno.
Sigue en el marco de la puerta con la taza en la mano.
—Hay café hecho —le digo.
—Ya me lo he puesto.
—Pues bébetelo, que se enfría.
Meto la fregona en el cubo, la escurro, y sigo desde la bañera hacia la puerta, que es como se friega un baño para no quedarse encerrada dentro. Cuando levanto la cabeza, él ya no está.
En toda la mañana suena el teléfono cuatro veces.
Fita, para contarme lo que ya sé. Milucha, para contarme lo que ya me ha contado Fita y para decirme que todavía no lo han entregado, que hasta que no acaben con él en Santiago no hay nada, y que cuando lo den será en el tanatorio de Vimianzo, que aquí no hay.
La mujer del de la báscula, que quiere saber si vamos a poner algo entre las de la lonja, una corona o unas flores, que ella se encarga si le decimos.
—Lo que digáis vosotras —le digo.
—Es que si ponemos «las compañeras» se ofende la de administración, que ella no es de la lonja.
—Pon «de parte de todos».
—Eso. Eso está bien.
La cuarta es de un número que no conozco y cuelgan antes de que yo diga nada.
Fita vuelve a llamar a la hora de comer, que ya son cinco.
—Elena, que en cuanto se sepa el día salen coches de la plaza. Yo voy con Milucha y con la de Ramiro, y vamos apretadas pero cabemos.
—Yo subo con vosotras.
—Bien. —Se calla dos segundos, que en Fita es mucho—. Oye. ¿Y el chico?
—¿Qué pasa con el chico?
—Nada, mujer. Que si va.
—Va todo el pueblo, Fita.
—Claro. Claro que sí. Si yo lo digo por él, que se le haga violento.
—Se le hará violento igual en casa.
—Eso también es verdad. —Y ya, con otra voz, la de siempre—: Pues tú lleva algo de abrigo, que en esos sitios hace un frío que no es normal.
A las doce bajo a la tienda a por las cerillas.
Está Rosa detrás del mostrador y hay cuatro mujeres delante de la nevera de los yogures sin comprar yogures.
—Elena.
—Rosa. Ponme cerillas y un kilo de azúcar.
Me despacha despacio, porque despachar deprisa hoy sería de mala educación. Las cuatro siguen hablando como si yo no acabara de entrar, que es su manera de decirme que puedo quedarme.
—Yo lo que digo es que a esas horas y con aquello.
—Iría a mirar el mar.
—Que sí, Loli, que hay gente que va a mirar el mar, pero es que el jueves no se veía el mar. No se veía nada.
—Pues por eso.
—Ay, no digas eso.
—Yo no digo nada. Digo que la chica estaba muy sola.
—Sola con el padre.
—Eso digo.
Rosa me pone el azúcar en la bolsa y me da las cerillas.
—Y la Guardia Civil, ayer, casa por casa —dice una—. A mi cuñado le tuvieron veinte minutos.
—A todo el mundo le preguntan. Es lo que hacen.
—Preguntan por el jueves. ¿Qué hizo usted el jueves? Y el jueves, hija, ¿qué va a hacer una el jueves?
—Ya.
—Y una que era de aquí, encima. La sargenta.
—La de Marina la redera.
—Por eso lo digo. Que sabe de quién es cada casa.
Pago. Rosa me da la vuelta y me sujeta la mano un momento encima del mostrador.
—Qué cosa, Elena. Qué cosa más grande.
—Sí.
—Con lo maja que era.
—Sí.
Salgo con la bolsa y subo por donde no hay portales, y no me cruzo con nadie, que es lo único que le pido hoy a este pueblo.
Por la mañana, desde la galería, se ve subir a la gente.
Suben en coche y aparcan en la cuneta de la ribera, y suben andando desde la plaza, de dos en dos y de tres en tres, con bolsas.
Las mujeres llevan comida. Los hombres no llevan nada y se quedan fuera, en el camino, hablando en corro con las manos en los bolsillos, y entran de uno en uno a dar la mano y salen a los cinco minutos.
Cuento once coches en dos horas.
Yo no bajo.
Bajar hoy sería lo normal. Cualquier mujer de este pueblo baja hoy con un plato, y si no baja hoy baja mañana, y si no baja nunca se comenta.
Pero hoy está la casa llena y hay cola, y una no va a ponerse en una cola.
Iré el martes, cuando ya no vaya nadie, que es cuando hace falta.
A la una subo a hacer las camas. La de mi madre primero, con la sábana bien remetida en el lado de la pared, que si no se le arruga debajo y luego se queja. Después la mía.
La puerta de Mateo está cerrada.
Llamo con dos golpes.
—¿Te hago la cama?
—No hace falta.
—Abre la ventana un rato, aunque sea diez minutos.
—Luego.
No la abre. Se oye la silla, y después nada.
Bajo, y en el descansillo me paro a recoger la ropa de la galería, que con este sol de mediodía ya está casi seca y coge un olor que me gusta.
Doblo. Aparto lo de Mateo en un montón y lo dejo a los pies de su puerta, encima del taburete, porque si entro a dejárselo dentro se levanta y no quiero que se levante.
Por la tarde saco la camisa azul del armario de Mateo y la pongo encima de la mesa de la cocina.
Le falta el segundo botón desde el verano.
Busco en la caja de la costura, en la lata de los botones, y no hay ninguno igual; hay uno parecido, de otra camisa que ya no existe, medio milímetro más pequeño.
Le quito el último de abajo, el que no se ve porque va por dentro del pantalón, lo coso donde falta el segundo y pongo el desparejado abajo.
Así, de frente, no se le nota nada.
Me siento con la caja de la costura hasta que se va la luz de la ventana.
Mi madre me pregunta dos veces por qué está la casa tan callada y las dos veces le digo que es domingo.
—Los domingos no eran así.
—Ya no hay barco los lunes, mamá.
—Ah.
A las siete y media baja Mateo, coge agua de la nevera y se queda de pie contra la jamba, de espaldas a la luz.
—Mamá.
—Dime.
—¿Tú vas a ir? Cuando sea.
—Va a ir todo el pueblo.
—Si ya lo sé.
—Tienes la camisa azul lista.
Sigue ahí un rato con el vaso en la mano, sin beber, mirando la mesa. Después sube y cierra.
Yo termino el dobladillo del segundo pantalón, remato, corto el hilo con los dientes y guardo la caja.
Antes de acostarme subo la bolsa azul al altillo, vacía y seca, con las otras.