Lo que Elena calló 4
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El aviso le llega a la sargento Castro a las diez y cuarenta, y a las once y diez ya está en el alto de Os Afogados mirando lo que queda: la cinta, el guardia de Vimianzo con las orejas rojas y las rodadas de catorce coches en el barro.

—Nadie bajó a las rocas más que Salvamento y la comisión judicial —dice Ferreiro.

—¿Y esas pisadas?

—Esas son de la comisión.

—¿Y esas?

El cabo se agacha. Se levanta.

—Esas también, mi sargento. Somos muy pisadores.

Castro baja con el forense. El sitio donde apareció el cuerpo es una lancha de piedra plana entre dos canales, con verdín en el borde y percebe debajo. La marea está a media bajante y se ve la línea negra de hasta dónde cubre.

—Golpe occipital —dice el forense—. Una zona hundida, de canto, no de superficie plana. Y agua.

—¿Respirada?

—Espuma en la vía aérea. Se lo digo con papel el lunes.

—¿Se lo hizo aquí?

El forense mira las piedras. Las mira mucho.

—Aquí hay ciento veinte cantos donde hacerse eso. También los hay en el resto de la costa. Con lo del jueves, esa chica pudo entrar al agua en un sitio y salir a diez kilómetros.

—¿Tan grande fue?

—Coeficiente noventa y tres y nordeste toda la noche. Yo le digo lo que tiene el cuerpo. Lo de por dónde vino se lo tendrá que preguntar a otros.

Castro sube y se queda un momento de espaldas al mar, mirando hacia el pueblo: los tejados de detrás de la lonja, el muelle viejo, la carretera. Después le pide a Ferreiro que llame a Portos y que consiga las corrientes del jueves por la noche.

Al percebeiro lo tiene esperando en el coche desde las nueve y media y lo interroga allí mismo, en el alto, con la puerta abierta y él sentado de lado con las botas fuera.

Se llama Xosé Manuel Rega, tiene cuarenta y un años, es de Ponteceso y lleva veintidós años bajando a estas rocas.

—Bajé a las ocho menos veinte. Con la bajante.

—¿Solo?

—Solo. Los otros dos hoy fueron para Traba.

—¿Y qué vio?

—Primero pensé que era un traje.

—¿Un traje?

—Un neopreno. De los de bucear. Aquí aparece de todo, señora: bidones, redes, una vez apareció un frigorífico. Y desde arriba, con el agua, se ve una cosa oscura y uno piensa lo que quiere pensar.

Se mira las manos.

—Y bajé dos peldaños más y ya lo vi.

—¿Se acercó?

—No.

—¿Nada?

—Yo no toqué nada. —Levanta la cabeza—. Se lo dije al del teléfono y se lo digo a usted: yo no toqué nada. Subí a la carretera porque abajo no hay cobertura y llamé desde arriba.

—Nadie le está diciendo lo contrario.

—Es que llevo dos horas aquí sentado.

—Ya lo sé, y le agradezco la paciencia. ¿Vio a alguien más? ¿Un coche, una luz, alguien bajando?

—A esta hora y con este mes, aquí no baja nadie más que nosotros.

Castro le pide el teléfono y le dice que se puede ir.

Él se queda un momento con las manos en las rodillas.

—Oiga.

—Dígame.

—¿Es la chica de Pedramoura?

—Todavía no le puedo decir nada.

—Ya. —Se levanta—. Es que mi mujer es de allí.

En el puesto extiende sobre la mesa una carta náutica que huele a cajón. Marca el punto del hallazgo con un aspa y traza a lápiz un arco hacia el sur. Dentro del arco caben tres playas, cuatro puntas, el puerto entero y catorce kilómetros de costa a la que no se puede llegar en coche.

Escribe en el folio: hallazgo, hora, testigo. El testigo es un percebeiro de Ponteceso que salió con la bajante, que llamó al 112 desde la roca y que en la declaración repite cinco veces que él no tocó nada.

—Última señal del teléfono —dice Ferreiro desde la puerta—. Jueves, veintitrés y once. Después, nada. Y el aparato no aparece.

—¿Cobertura en las rocas?

—Regular.

—¿En el puerto?

—En el puerto, toda.

Castro escribe eso también, y lo subraya, y después se para a mirar el subrayado.

A Ramón Canosa lo tiene esperando desde la una en la sala pequeña, con un vaso de agua que no ha tocado. El reconocimiento fue en el instituto anatómico y se lo hicieron corto. Cuando Castro entra, el hombre se levanta.

—Siéntese, por favor.

—Estoy bien de pie.

—Yo no. Llevo desde las diez.

Se sienta. Tiene las manos encima de la mesa, quietas, con serrín en las uñas.

Castro pregunta por el jueves. Canosa contesta que él estuvo en el taller hasta las nueve y media, que cenaron juntos, que ella se metió en el cuarto con el ordenador y que él se durmió en el sillón, que se duerme siempre.

Que se despertó a la una y vio la luz de la cocina encendida y la apagó. Que no miró si ella estaba.

—No miré si estaba —repite—. Tiene veinticuatro años. No se mira.

—Claro que no.

—El viernes pensé que se había ido a A Coruña. Va mucho, con una amiga de allí.

—¿La llamó?

—Por la tarde. Y el sábado por la mañana otra vez. —Se mira las manos—. Le dejé dicho que me llamara cuando pudiese, sin agobiar. Para no agobiar.

—¿Discutieron ustedes esa semana?

—No.

—¿Estaba preocupada por algo?

Canosa tarda.

—Andaba con cosas suyas del ordenador. Cosas de historia del pueblo, fotos viejas, eso. —Levanta la vista—. ¿Ustedes creen que se cayó?

—Todavía no creemos nada.

Vuelve a bajar la vista.

—Es que si se cayó, es una cosa. Y si no se cayó, es otra.

Castro le apunta el teléfono del puesto en un papel, le dice que la llame a cualquier hora, y le hace acompañar hasta el coche.

Después escribe: el padre no da la impresión de tener miedo a nada. Lo tacha, porque eso no se pone en un atestado, y lo apunta en la libreta pequeña, que es donde pone las cosas que le sirven a ella.

A las cuatro empieza con los vecinos. A las siete lleva cinco declaraciones y una idea bastante exacta de lo que va a ser este caso.

Nadie miente. Ese es el problema.

La de la tienda la vio el jueves a las ocho comprando pan y no la vio más.

El de la báscula la vio salir de la oficina a las siete y media, con el anorak abierto, y le pareció que iba con prisa, aunque también le parece ahora que a lo mejor no.

Una vecina de la calle de arriba la oyó pasar «a una hora ya de noche», sin poder precisar.

Tucho Ferro, marinero, cincuenta y cinco años, declara que el jueves estuvo en el bar hasta el cierre, o el miércoles, que los días se le juntan, y que por el muelle de noche con nordeste no anda nadie.

Todos contestan a lo que se les pregunta con algo bastante parecido a lo que se les pregunta. Todos añaden que era una buena chica. Todos, antes de irse, preguntan por Ramón.

Y todos, al entrar, tardan un segundo en dejar de mirarle la cara.

Castro sabe lo que están viendo: a la hija de Marina la redera con el uniforme puesto.

Lo saben ellos, lo sabe ella, y no lo dice ninguno.

Después declaran mejor de lo que declararían ante un guardia de fuera y peor de lo que hablarían con una vecina, que es exactamente el sitio donde la tienen colocada desde que volvió.

Antes de las ocho pasa por la oficina de la lonja, que le abre el de la báscula con la llave y sigue en la puerta sin entrar.

Son doce metros cuadrados con dos mesas. La de la derecha es la suya: un monitor, una taza con bolígrafos, una planta que alguien ha regado esta semana y un taco de albaranes rosas pinchados en un alambre.

Castro pasa los albaranes con el bolígrafo, sin tocarlos con los dedos. En los márgenes de casi todos hay dibujos. Un perro. Una mano. La misma gaviota mal hecha repetida en cuatro hojas seguidas, cada vez con menos ganas. Un señor con boina que se parece muchísimo a alguien y ella no sabe a quién.

—Eso lo hacía mientras hablaba por teléfono —dice el de la báscula desde la puerta—. Yo le decía que no me estropeara los albaranes.

—¿Y ella qué decía?

—Que era el mismo papel con más cosas.

Castro pide que no se toque la mesa y que le pasen el ordenador al juzgado con el resto. Al salir mira el tablón de corcho de la pared: un calendario de mareas, un cartel de la ITV de embarcaciones y cuatro chinchetas vacías en fila, esperando algo que no llegó a colgarse.

A las ocho y media pide las cámaras.

—Hay tres en el pueblo —dice Ferreiro—. La del banco, que graba la puerta del banco. La de la gasolinera, estropeada desde el verano. Y la de la lonja nueva.

—Esa apunta al muelle.

—Esa apunta al parking, mi sargento. La pusieron por los robos de gasoil y lleva tres años grabando el mejor documental de Europa sobre un aparcamiento.

Pide igualmente las imágenes del jueves. Las ve en su despacho con un café de máquina que se le queda a la mitad: doce horas de coches parados, una gaviota que entra en cuadro a las cuatro de la mañana y, arriba a la izquierda, una franja de muelle de metro y medio por la que no pasa nadie.

En el atestado escribe: se solicita ampliación de ángulo. Sabe que no hay ángulo que ampliar.

A las once cierra el puesto y se cambia en el coche. Sale a correr por el paseo del puerto, que es a donde va cuando no puede pensar sentada: hasta la punta del espigón, vuelta, y otra vez, con las farolas contadas.

Antes de meterse en casa rebobina el vídeo en el móvil hasta las veintitrés y once y deja correr cinco minutos completos mirando esa franja de metro y medio en la que no pasa nada.