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La sirena entra por la ventana del baño mientras le lavo la cabeza a mi madre.
No es la de la ambulancia. Es la otra, la de Salvamento, que aquí suena tres o cuatro veces al año y todo el mundo sabe distinguir sin que nadie se lo haya explicado nunca.
—Agua —dice mi madre.
—Ya está. Cierra los ojos.
Le aclaro con la jarra, dos veces, hasta que el agua sale limpia. Le seco con la toalla grande. Le paso el peine con cuidado en la coronilla, que ahí tiene el pelo fino y tira. Le pongo la rebeca azul y las zapatillas de casa.
Mientras tanto la sirena se para y empieza el otro ruido, que es el del pueblo: portalones, motores, pasos de gente que va deprisa a lo mismo.
Suena el fijo. Milucha.
—Elena, en Os Afogados. Sacaron a alguien.
—¿Quién?
—No se sabe.
Sí se sabe. En este pueblo se sabe todo doce minutos antes de que sea verdad.
Siento a mi madre delante de la tele, le pongo el mando y el timbre a mano y le digo que no se levante, que ahora vengo. Ella dice que si voy a la tienda le traiga cerillas.
Subo por el camino de arriba, que es más largo y llega igual. A mitad de cuesta ya voy detrás de tres o cuatro que andan deprisa sin correr, porque correr sería reconocer algo. Nadie se saluda. Se saluda con la cabeza.
En el alto hay doce o catorce coches mal aparcados y una furgoneta verde con las puertas abiertas. Han puesto cinta de un poste al espino, y en el hueco por donde el camino baja a las rocas hay un guardia joven que no es de aquí, con las orejas coloradas, diciendo que no se pasa y que no se pasa.
Abajo, en la lancha, se mueven cuatro hombres de naranja. En las rocas hay dos con mono blanco. Ha salido el sol pequeño y limpio de después del nordeste y desde aquí arriba el agua está sin una arruga, como si el jueves no hubiera existido.
La gente está toda en un grupo, del mismo lado de la cinta, mirando abajo. Nadie habla alto. Alguien dice el nombre de la chica y ya no hace falta que lo repita nadie más.
Me quedo detrás, a la izquierda, al lado de Fita.
Cuento coches. Doce. Cuento los de naranja: cuatro y el patrón. En las rocas hay una camilla y una manta térmica que da chasquidos con el aire y que cuesta de sujetar; tienen que ponerle piedras en las esquinas.
Fita me agarra del brazo.
—Ay, mi madre. Ay, mi madre.
Le sujeto la mano encima de mi brazo. Tengo la boca seca desde la cuesta y no traigo agua.
—El jueves —dice una mujer detrás—. Tuvo que ser el jueves.
—Con aquello no se tenía uno de pie.
—Y a esas horas por ahí, sola.
—Iría a mirar el mar. Mucha gente va a mirar el mar.
—¿Y al padre? —dice alguien—. ¿Quién le avisó al padre?
—Fueron ellos. Subieron al taller.
—Madre mía, subir al taller a decirle eso.
—Alguien se lo tiene que decir.
—Yo no sería capaz.
—Nadie es capaz. Por eso lo hacen ellos.
Una mujer reza por lo bajo, deprisa, como se reza cuando se tiene prisa por acabar. Otra le dice que se calle y después le dice que siga.
A las once y media llegan dos coches más y una furgoneta blanca.
—Esos son el juez —dice un hombre detrás de mí.
—El juez no. Esos son los del juzgado.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo, hombre. El juez viene con la secretaria y con el forense, y hasta que no llegan no se puede tocar nada.
—¿Y qué llevan ahí desde las nueve?
—Esperando.
Y es verdad. Llevan desde las nueve esperando.
Los de naranja están en la lancha, quietos, con el motor al ralentí. Los dos de blanco están sentados en una piedra plana, uno de ellos fumando. Y arriba, en el camino, el guardia joven se cambia de pie cada dos minutos.
Todo el mundo espera a que lleguen tres personas de Corcubión para que se pueda mover algo que lleva dos días en el agua.
Eso también es una cosa que aprendí aquel sábado y que no sabía: que los muertos, hasta que no viene alguien de fuera con un papel, se quedan donde están.
Hay un momento en que los de blanco se agachan a la vez y no se ve nada, y otro momento en que se levantan y ya está hecho. Suben con la camilla por las rocas de una manera muy lenta, poniendo los pies uno a uno, turnándose para no resbalar en el verdín. Tardan mucho. Es lo que más tarda de todo.
Por el camino llega el coche de Ramón con las dos ruedas de fuera en la cuneta.
Se baja sin cerrar la puerta. Viene con el mono del taller y las manos con serrín. Hasta que no llega a la cinta no le ve nadie la cara, y cuando se la ven, dos hombres del grupo se apartan para hacerle sitio y otros dos se le ponen delante.
El guardia joven le dice algo. Ramón le dice algo. El guardia le pone la mano en el pecho, sin fuerza, más para tener dónde apoyarse él que para pararlo a él.
—Ramón —dice Tucho—. Ramón, hombre.
Ramón mira abajo, a la camilla que sube, y hace un ruido que no tiene letra.
Estoy a cuatro metros. Podría dar cuatro pasos.
Doy cuatro pasos. Le cojo del brazo por debajo del codo, por donde hay que coger a los hombres grandes cuando se les van las piernas, y le aguanto el peso contra la cadera, y Tucho lo coge por el otro lado.
—Aquí estamos —le digo—. Ramón, aquí estamos.
No me oye. Tiene el brazo duro como una amarra cobrada.
Suben la camilla al camino y la meten en la furgoneta verde. Todo el grupo da un paso atrás a la vez, igual que si les hubieran dado la orden. Cierran las puertas con las dos, despacio, para que no suenen, y suenan igual.
Ramón se dobla un poco. Aguanto.
Después le levantan la cinta y le dejan pasar, y una mujer de uniforme lo lleva hacia el coche de la Guardia Civil con la mano en la espalda, sin empujarlo, y él va mirando al suelo con las manos abiertas y separadas del cuerpo, como si las llevara sucias y no quisiera manchar nada.
A mí se me queda el brazo caliente donde estuvo el suyo.
La mujer de uniforme vuelve del coche y se para al lado del guardia joven a decirle algo. Es de mi edad para abajo, delgada, con el pelo recogido tirante. Fita me da con el codo.
—Esa es la hija de Marina.
—Ya sé quién es.
—Se fue a estudiar y mira dónde acabó. Su madre no lo cuenta, pero se le nota que lo cuenta.
La sargento levanta la vista y nos mira. Nos mira al grupo entero, despacio, de la manera en que se mira lo que hay que recordar después.
Yo le sostengo la mirada el tiempo justo. Ni más ni menos que Fita. Ni más ni menos que las otras.
La gente empieza a bajar. Bajan en grupos de tres y de cuatro, hablando ya un poco más alto, y por el camino se va armando lo que se dirá esta noche en todas las cocinas: que si el temporal, que si las rocas están imposibles con el verdín, que si iba sola, que si a los veinticuatro años.
Fita se sujeta a mi brazo en la cuesta.
—Con lo que ha pasado esa casa —dice—. Primero la madre y ahora esto.
—Sí.
—El mar devuelve lo que se le da, pero es que a esa casa le devuelve todo del revés.
En el cruce nos encontramos con Milucha, que sube de la lonja y ya lo sabe todo: que la encontró un percebeiro de Ponteceso con la bajante, que llamó desde la roca, que estuvieron media hora hasta que llegó la lancha.
—¿Y el padre? —dice.
—Se lo acaban de llevar.
—Madre de Dios.
Me quedo. Digo lo que hay que decir. Digo pobre chica, digo pobre Ramón, digo que no se lo puede una ni imaginar. Digo lo justo y no digo nada de más, y las dos asienten con la cabeza en cada cosa que digo.
Irse sería irse. Así que me quedo hasta que se van ellas.
—Y el tuyo —dice Milucha ya de espaldas, volviéndose—, que anduvo con ella. Vaya papelón para el chico.
—Eso fue en otoño.
—Ya, mujer. Digo por decir.
Cuando llego a casa mi madre tiene el concurso puesto sin volumen.
—¿Quién era? —dice.
—Nadie que tú conozcas.
—¿Y las cerillas?
—Mañana.
Le pongo el volumen. Voy a la cocina. Saco las patatas de la despensa, las pelo todas, incluso las que no hacían falta, las meto en agua y sigo con las manos dentro del agua hasta que ya no me caben más patatas peladas en la cabeza.