2
Pongo la mesa para tres. El caldo lleva desde ayer, que siempre está mejor. A mi madre le corto el pan en trozos pequeños antes de sentarla, porque si no lo moja entero, se le deshace y se atraganta, y luego hay que levantarse.
—Come, mamá.
—¿Y esto qué es?
—Caldo.
—Está bueno.
Está bueno porque lleva la punta del lacón que compré el sábado y porque el grelo de la huerta de Fita es mejor que el mío.
En mi huerta no agarra casi nada. Está a treinta metros del muro y con el temporal salta el agua por encima, y donde da la sal no crece; lo sabe todo el mundo menos yo, que sigo plantando.
Mateo llega tarde. Antes de que llegue, corto un grelo de los que se salvaron, el de la esquina de la higuera, que es donde menos salta el agua. Los otros están del color del papel de estraza. Cada año planto igual y cada año recojo lo mismo: la esquina de la higuera.
Cuando entra trae el pelo mojado de la ducha y se sienta con el móvil boca abajo al lado del plato. Desde noviembre lo pone así, con la pantalla contra el hule.
—¿Ha llamado alguien?
—A casa no.
—Sí.
Le da la vuelta al móvil, mira la pantalla y lo pone otra vez boca abajo.
—Hay caldo.
—Ya.
Le sirvo. Come deprisa, sin levantar la vista, y cuando se cansa de comer deprisa empuja el plato dos dedos y sigue mirando el hule. Mi madre lo mira a él. Lleva tres días buena, dentro de lo que cabe: sabe quién es cada uno y se acuerda de que el jueves viene el médico.
—Tú tenías que comer más —le dice.
—Como.
—Comes de pie. Tu padre también comía de pie y mira.
Eso lo dice una vez por semana. Mateo hace un ruido con la nariz que hace tiempo era una risa.
Fuera empieza a cantar el cable de la luz. Aquí abajo, cuando entra el nordeste, el cable canta; en la casa de arriba, la de mi madre, que lleva cuatro años cerrada, no se oía.
—Mañana subo a la farmacia —digo—. ¿Necesitas algo del pueblo?
—No.
—Mateo.
—Que no, mamá.
Recojo el plato de mi madre y le pongo la manzana rallada, con azúcar por encima, poca. Le limpio la barbilla con el paño de tela, que si le pongo servilleta de papel se enfada y tiene razón.
Y entonces se para con la cuchara a medio camino y mira la mesa. La mesa entera, de un lado a otro, como quien busca las llaves.
—¿Y la otra?
Mateo levanta la cabeza.
—¿La otra qué, mamá?
—La otra. —Espera. Mueve la mano igual que si el aire tuviera que traérsela—. La otra.
—Somos tres. Aquí no falta nadie.
Sigue mirando la silla del lado de la ventana, la que fue de Suso y que nadie quita, porque quitarla sería hacer algo. Después baja la cuchara al plato y sigue con la manzana.
Mateo mira su plato. Yo lleno el vaso de mi madre hasta la raya de siempre.
—¿Está buena?
—Está.
Se le acaba la manzana y se le pasa. Se le pasan las cosas así ahora, sin puerta de salida: de repente está en otro sitio y en otro año, y le da por hablarle a Mateo con el tono con que se le habla a un niño que ha crecido de más.
—Tú naciste con la marea negra —le dice—. Todo el mundo de blanco por la playa, con las palas y los sacos. Tu madre con esa tripa y sin poder respirar.
—Ya, abuela.
—Que no se podía respirar, digo. Se metía por la ventana cerrada.
—Bien.
—Y en marzo salió un sol que daba rabia.
Mateo aparta el móvil dos centímetros con un dedo. Vuelve a acercarlo.
—Y tú comías bien —le dice a Mateo—. De pequeño comías bien. La que no comía era tu madre.
—Mamá, come la manzana.
—No comía nada. Cuando estaba arriba en la fábrica venía y no cenaba.
Mateo levanta la cabeza.
—¿Tú estuviste en la fábrica?
—Un año.
—¿En Souto?
—En la oficina de arriba. Antes de que tú nacieras.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes.
—Un año entero —dice mi madre—. Y salía de allí a las siete y llegaba blanca.
—Era el olor —digo—. Ese sitio olía mucho.
—Ah, sí. Olía. —Y sigue con la cuchara parada—. Olía a...
Y no se acuerda de a qué olía, y se le pasa, y busca el vaso con la mano.
Le acerco el vaso.
—Voy a fregar —digo.
Friego yo, porque si friega él deja los vasos con cerco y luego hay que hacerlos otra vez. Mi madre sigue con el concurso puesto. Mateo se levanta, coge el móvil y se planta en medio de la cocina con las manos en los bolsillos.
—Mamá.
—Dime.
—Nada. Que si sabes dónde está el cargador del bueno.
—En el cajón de las bolsas.
—Vale.
No va al cajón de las bolsas.
Aclaro los platos. El agua sale fría un rato largo antes de salir caliente; hay que dejarla correr, y mientras corre se oye el cable de fuera. Cuando me vuelvo con las manos mojadas, él está en la puerta con la chaqueta puesta.
—Salgo un rato.
—¿A dónde?
—A dar una vuelta.
—Está entrando nordeste.
—Ya.
—Llévate el gorro.
Coge el gorro del perchero, se lo mete en el bolsillo y no se lo pone. Le doy un beso en la sien, que es donde llego sin ponerme de puntillas. Huele a champú y al frío que ha traído de la ducha.
—Come algo si vuelves tarde. Hay tortilla en la nevera, tapada.
—Que sí.
—¿Llevas dinero?
—Llevo.
—Mateo.
Se para con la mano en el pestillo. Espera. Y yo tengo la pregunta puesta en la boca y la cambio por otra, como se cambia una moneda por otra más pequeña.
—¿Cierras tú abajo?
—Cierro yo.
La puerta hace el ruido de siempre, el del pestillo que hay que levantar tirando, y después el portalón de la calle, y después nada.
Desde la ventana de la galería se ve el trozo de calle que baja al cruce. Si va al bar, tuerce a la izquierda; si va a casa de Suso el pequeño, sigue de frente.
Tuerce a la derecha, hacia el puerto.
Termino los platos y los pongo boca abajo en el escurridor, los hondos con los hondos. Le doy a mi madre las gotas en el vaso pequeño, veinte, contadas de una en una porque a las diecisiete siempre me distraigo. Le pongo la manta en las rodillas.
En el concurso hay un señor de Albacete que se sabe todas las capitales y no sabe la de Australia.
—Camberra —dice mi madre.
—Camberra —digo yo.
El señor dice Sídney y se va a su casa.
—Ay —dice mi madre—. Con lo bien que iba.
A las once y veinte apago la tele y la llevo al cuarto. Andamos las dos juntas por el pasillo, ella con la mano en mi antebrazo y yo con el paso corto para que le sirva.
La siento en la cama. Le quito las zapatillas y le miro los pies, que hay que mirárselos, y le doy crema en los talones y entre los dedos, uno por uno. Tiene los pies fríos y pequeños, de mujer que anduvo mucho.
—Qué manos tienes —dice.
—Las tuyas.
—Las mías eran peores.
Le paso el camisón por la cabeza y le saco los brazos como se le sacan a un niño. Le doy la vuelta a la almohada, que le gusta el lado frío. Le dejo la ventana con la hoja de dentro entornada, porque si la cierro del todo dice que se ahoga, y la puerta entreabierta para oírla.
—Elena.
—¿Qué?
—Que no te quedes ahí de pie.
—Ya me voy.
Bajo. Saco la costura y me pongo con el dobladillo de los pantalones de Mateo, que los compró largos porque no había de su talla. Doy la vuelta, hilvano, plancho el pliegue con la uña. Se cose mejor de noche que de día: no hay que contestar a nadie.
A las doce y media pasa un coche por la calle de arriba y no para.
La silla de la ventana está en su sitio. En el perchero no está la chaqueta de Mateo, ni el gorro, ni el móvil.
Me siento a esperarlo, como todas las noches. Y como todas las noches me duermo antes.