Lo que Elena calló 1
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Lo que Elena calló

Lo que Elena calló

Por Leire Aldana

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La aguja entra por la malla de abajo, sale por la de arriba y aprieta. Otra vez. Cuarenta y dos mallas hasta el desgarrón y después media hora de paciencia para dejarlo como si allí no hubiera pasado nada.

—A las cinco lo quieren —dice Milucha.

—A las cinco lo tienen.

El paño es de los Rilo. Lo trajeron el martes con un roto de dos palmos y con las prisas de siempre, y encima mal doblado, que eso da más trabajo que el roto.

Hace un frío que se mete por debajo de las uñas. Trabajamos en el tendal, al abrigo del muro, con el paño extendido en el suelo y las rodillas encima de un trozo de neopreno viejo. Fita se ha traído el termo. Es enero y todavía queda mucho enero por delante.

Yo coso deprisa. No es virtud, es costumbre: llevo veintitantos años en esto y las manos ya no me consultan.

Cuando termino un paño lo firmo: un cabito de hilo rojo en la relinga, dos vueltas y un nudo que no se corre.

Así sé cuál es mío. Así, si un paño vuelve roto por donde lo cosí yo, viene a mí y no hay que discutirlo.

—Este año no sales del taller, Elena —dice Fita.

—Mejor.

—Mejor, dice.

—Yo con estos dedos ya no doy hecho —dice Milucha—. En marzo pido la baja y que me la den o que no me la den.

—Te la dan.

—Me la dan cuando no me haga falta.

De la lonja sale ruido de cajas y de radio. Están descargando el fresco de la mañana. Huele a hielo, a gasoil, a lo de siempre. Dos furgonetas esperan con el motor en marcha y el de la báscula grita un número dos veces.

La chica de Ramón cruza el muelle con dos vasos de la máquina. Uno se lo deja al de la báscula en la ventanilla. Con el otro se acerca al tendal.

—Buenos días. —Lo pone en el poyete, a mi lado—. Que hoy pela.

—Guarda eso para ti.

—Yo tengo la oficina con estufa. Ustedes no.

Milucha se ríe y dice que a ver si aprenden todos. La chica sigue de pie, con las manos metidas en las mangas del anorak, mirando el paño extendido, las agujas, el montón de guita cortada.

—¿Cuánto se tarda en aprender eso?

—Un invierno —dice Milucha—. Uno malo.

—¿Y en hacerlo bien?

—En hacerlo bien, treinta años, y pregúntale a esta.

Yo sigo con mi malla. Treinta y una, treinta y dos.

—Oigan, que les quería preguntar. —La chica cambia el peso de pie—. Estoy juntando fotos viejas del pueblo, para ponerlas en el tablón de la lonja. De romerías, de la fábrica, de lo que sea. ¿Ustedes tienen?

—Yo tengo un álbum que da pena verlo —dice Fita.

—Ese me vale.

—Del año de la nieve tengo una de mi madre con las vacas.

—Esa la quiero.

Milucha dice que ella tiene las de la boda de su hermana y ninguna más, que en su casa nunca hubo máquina. Fita empieza a acordarse de una de la procesión con la Virgen encima del carro de los Barreiro. La chica escucha con la cabeza un poco ladeada, y cuando terminan las dos se vuelve hacia mí.

—Elena, ¿usted tendrá?

—No guardo fotos.

—¿Ninguna?

—Se mojaron en la casa vieja.

—Vaya. —Se le queda el vaso a medio camino de la boca—. Qué pena, ¿no?

—Cosas del agua.

Ella asiente. Se agacha, coge del suelo un trozo de guita cortada y lo enrolla en el dedo, y yo sigo cosiendo, y ella sigue ahí.

—Elena.

—Dime.

Tarda. Del muelle llega el chirrido del portalón de la cámara.

—Nada. Que si me guarda un cabo de ese hilo rojo. Para el móvil, para no perderlo en el bolso.

Corto un palmo largo y se lo doy sin levantar la cabeza. Lo coge con dos dedos, como si pesara.

—Gracias.

—El café se te enfría.

—Si me lo bebo me tengo que ir. —Se lo bebe de pie, en tres tragos, sin apartarse. Después dice—: ¿Y Mateo? ¿Sigue embarcado en el Marín?

—Anda con el papeleo del despacho.

—Claro.

Se guarda el vaso vacío en el bolsillo, porque aquí no hay papeleras y porque es de las que no tiran nada al suelo, y se va hacia la oficina con el hilo rojo colgándole de la mano. Antes de entrar se vuelve. Levanta un poco la mano, como se levanta una copa.

Yo le hago un gesto con la aguja. Vuelvo a la malla.

Un hilo rojo en la esquina de algo que ya no está.

—Buena rapaza —dice Fita.

—Muy trabajadora —dice Milucha—. Y sola con el padre, la pobre.

—Sola no está.

—Sola está, Fita. Un hombre no es compañía, es un plato más.

Se ríen las dos con la risa de trabajar, que dura poco y no interrumpe.

Hablan de la de Corme que se ha ido a Suiza. Del precio del percebe, que este año no hay quien lo entienda. De que a Ramón le encargaron una dorna de las de antes, de las de verdad, y lleva año y medio con ella y todavía no la ha botado.

—Porque no quiere —dice Fita—. Mientras la tenga en el taller, tiene qué hacer.

—Eso le pasa a todo el mundo.

De la conservera baja el camión de las cajas y tenemos que apartar el paño medio metro, porque el camión pasa por donde le da la gana desde hace cuarenta años.

—Y en Souto, ¿qué? —dice Fita.

—Nada. Cuatro mujeres y media jornada.

—Mi cuñada estuvo doce años ahí dentro.

—Y yo tres —dice Milucha—. Y me fui.

—Tú te fuiste porque te casaste.

—Yo me fui porque me fui.

A las once para el coche de Basilio Souto delante de la lonja, en el sitio de siempre, que no es sitio de aparcar y es su sitio.

Se baja despacio. Saluda al de la báscula por el nombre, y al de la furgoneta de Cee por el nombre, y a un chico que descarga y que no puede tener más de veinte años también por el nombre. Habla dos minutos. Se ríe alguien.

Milucha se endereza y se pasa el dorso de la mano por la frente.

—Mira quién madruga.

—Ese madrugó siempre —dice Fita—. Lo que no hizo nunca fue mojarse.

Yo cuento mallas. Treinta y siete, treinta y ocho. Tengo la aguja parada encima del paño y no me acuerdo de por dónde iba, así que la meto por donde estaba y la vuelvo a sacar.

Él sube al coche y se va por la carretera de la fábrica. No mira al tendal. Nunca mira al tendal.

—Cuarenta años dando de comer al pueblo —dice Fita—. Eso también hay que decirlo.

—Eso lo dice él —dice Milucha.

Hacia las once y media pasa Mateo por el muelle de abajo, con la bolsa azul al hombro, hacia el pantalán. No mira para arriba. Anda como su padre, con los brazos quietos.

—Ahí va el tuyo —dice Milucha.

—Ahí va.

Fita sirve café del termo en el tapón y me lo pasa a mí primero, que es lo que hace siempre y no hay manera de que deje de hacerlo.

A las once y media empieza la subasta y se para el tendal, porque se para todo.

En la lonja se ponen las cajas en fila sobre el suelo de cemento mojado, con el hielo encima, y los compradores se colocan alrededor con el mando en la mano. Son siempre los mismos seis o siete. En la pantalla de arriba el precio empieza alto y va bajando, y el primero que aprieta se lleva la caja.

Dura veinte minutos y no habla nadie.

Nosotras lo miramos desde la puerta, con las manos en los bolsillos.

—Cuarenta y dos el rodaballo —dice Milucha—. Ayer estaba a cuarenta y ocho.

—Es que entró mucho.

—Es que entró mucho y ellos lo saben.

Cuando se acaba, los compradores cargan las furgonetas y se van, y los hombres empiezan a baldear el suelo con la manguera, y el agua sale por la puerta y baja por la rampa hasta el muelle.

Nosotras volvemos al paño.

Por un paño de miño como este cobro cuarenta euros y me lleva día y medio.

Por un rasco grande, ochenta, y me lleva tres.

Eso no ha subido en once años.

A las doce sube el de la báscula al tendal con el parte abierto en el móvil.

—Viene marea viva. La del jueves, la grande. Y con nordeste toda la noche.

—Pues los del cerco que se den prisa —dice Milucha.

—Los del cerco ya están dentro.

—¿Y el bote de Amancio? —dice Fita—. ¿Apareció?

—Apareció el motor. En Traba, hecho una pena.

—El mar devuelve lo que se le da.

Lo dice sin darle importancia, igual que diría que va a llover, y las dos asienten, y a mí se me mete una malla mal y tengo que deshacer cuatro para volver atrás.

Termino el paño de los Rilo a las cuatro y veinte. Le hago la marca en la relinga, dos vueltas y el nudo, y lo dejo doblado a la entrada de la lonja con el hilo rojo a la vista, para que sepan de quién es.