Lo que Elena calló 60
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El veintiocho de enero subo al cementerio a las siete y media de la mañana.

Es sábado. Hace un día de esos que salen aquí después de tres semanas de nordeste, con el cielo limpio hasta el fondo y sin una nube, un día que no tiene ningún derecho a hacer en esta costa a finales de enero.

Llevo una bolsa de tela.

Dentro llevo tres cosas: un ramo, un tarro de cristal de los de conservas con la tapa de rosca, y la paleta pequeña de la huerta, la de mango de madera.

· · ·

Mi madre ya no habla.

Desde octubre no dice más que sí y no. A veces mi nombre. A veces el de su hermana.

Come lo que se le da. Duerme mucho. Hay que darle la vuelta en la cama a las tres y a las siete.

Viene una chica tres horas por las mañanas, que la paga la Xunta y el resto lo pongo yo, y así puedo bajar al tendal.

Ya no pregunta por nadie.

Ni por el chico, ni por su marido, ni por la otra.

Un sábado de junio de 2001, en una cocina, aquella mujer decretó que esto se llora una vez y no se vuelve a llorar.

Se ha quedado sin la lengua con la que lo dijo. Yo la lavo, la peino y le doy la crema en los talones, y de todas las cosas que me han pasado esa es la única de la que no sé qué pensar.

A Mateo le quedan seis años y medio. Puede que menos.

Está en el taller de mantenimiento, ha sacado el graduado y en la última comunicación me dijo que a lo mejor se saca un curso de refrigeración.

Voy una vez al mes. Le llevo tabaco para cambiar, que él no fuma. Volvemos a hablar de las mismas cosas: la abuela, la huerta, el motor de la lancha, el precio del hilo.

No ha vuelto a preguntarme nada.

· · ·

A Sagrario la ingresaron en agosto.

Se cayó en su casa, de noche, yendo al baño, y estuvo en el suelo hasta que subió Merchi al día siguiente. Le pusieron una prótesis en Coruña y de allí la llevaron a la residencia de Vimianzo, donde sigue.

Ya no conoce a nadie.

La ventana del segundo de enfrente lleva desde el verano con el visillo bajado y sin la pinza, y Merchi sube una vez al mes a airear la casa.

Yo, desde febrero, tengo la ventana del cuarto de mi madre abierta todas las mañanas.

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Ramón botó la barca en septiembre.

La bajaron entre siete hombres por la rampa vieja. Hubo cuarenta personas mirando y una botella de albariño estrellada contra la proa.

La tiró la sobrina de Sagrario, porque él no quiso.

La tiene amarrada en el pantalán, la tercera desde la escalerilla. No la ha sacado ni una vez.

Todos los domingos, después de subir al cementerio, baja al pantalán, achica lo que haya entrado y tarda un rato sentado dentro.

Eso lo sabe todo el pueblo y nadie lo comenta.

En noviembre llevó a la lonja una caja de zapatos con doscientas y pico fotografías antiguas de Pedramoura, escaneadas y ordenadas por décadas, con los nombres puestos a mano.

Las pusieron en el tablón de corcho de la entrada, todas, con chinchetas.

Yo paso por delante dos veces al día.

· · ·

Se sube por la pista de siempre.

A esta hora no hay nadie. La puerta de hierro está abierta y hay escarcha en la parte de sombra, en el trozo que queda debajo del muro, donde el sol no da hasta las once.

Voy primero donde Suso.

Le quito dos hojas. Le paso el paño. Le cambio el agua y le digo lo que le digo.

Y después cruzo al bloque de la derecha.

· · ·

Las otras flores ya están.

Rosas blancas con eucalipto, doce o catorce, puestas ayer viernes, todavía cerradas.

Sé de quién son.

Lo sé desde el primer mes.

En la floristería de Vimianzo no hay más que un cuaderno de anillas y una mujer que habla, y yo voy allí el primer viernes de cada mes con un sobre y tengo oídos.

Ese hombre lleva un año pagando por adelantado unas flores que no puede firmar.

Y yo también.

Los dos, cada semana, en el mismo hierro, sin cruzarnos nunca, y él con dinero y yo con lo que me cuesta.

Están torcidas.

El ramo se ha vencido hacia la izquierda con el aire de estos días y tiene tres tallos fuera del portaflores.

Y yo lo enderezo.

Meto los tres tallos, aprieto el ramo por la base sujetándola con las manos, lo centro y lo dejo recto.

No lo hago por él. Que quede dicho, porque estoy escribiendo esto para nadie y a nadie hay que mentirle en esta última página: no lo hago por él, ni le perdono nada, ni pienso perdonárselo el día que lo entierren, que será pronto porque tiene setenta y cuatro años y la espalda hecha polvo.

Lo hago porque están torcidas.

Y porque lo que está torcido en el sitio de mi hija, lo enderezo yo.

· · ·

Después saco lo mío.

Es un ramo pequeño: calas y hoja verde, cinco euros en la gasolinera grande de Cee, comprado ayer y dormido en agua en un cubo en la galería.

Le corto los tallos en diagonal con las tijeras de la costura.

Y lo ato.

Cojo un palmo de hilo rojo del carrete que llevo en el bolsillo del anorak desde hace once meses, le doy dos vueltas a la base del ramo y le hago el nudo.

El de siempre. El que si tiras, aprieta más.

Y esta vez no lo meto hacia dentro.

Esta vez lo dejo fuera, con el cabo colgando a un palmo, rojo contra el verde, y lo pongo en el portaflores en el lado derecho, donde va el mío.

Se ve desde la puerta de hierro.

· · ·

Al pie del bloque, contra el muro, hay una franja de tierra de dos palmos con grava por encima. Ahí no crece nada porque nadie planta y porque el agua de la lluvia baja del bloque y lo lava todo.

Aparto la grava con la mano.

Cavo con la paleta. Es tierra dura y con piedra, y tardo más de lo que pensaba, y se me meten dos uñas de barro.

Hago un hoyo de un palmo.

Después saco el tarro de la bolsa.

Es un tarro de los de medio kilo, de conserva, con la tapa de rosca y la goma buena. Dentro está el papel, doblado en cuatro, y he cerrado la tapa con toda la fuerza que tengo, que es bastante.

La carta la escribí en octubre.

Tardé cuatro noches. Rompí seis. La séptima me salió corta y es esta.

Y no voy a poner aquí lo que dice, porque ya no es mía.

Solo voy a poner que no explica nada, porque explicarse es pedir algo y yo sigo sin poder pedir nada.

Que ocupa media hoja. Que dice el día y la hora en que nació y lo que pesó, que es lo único que yo tenía y que nadie más en este mundo sabía.

Que dice que la toquilla la hice yo con las manos en una galería de Vigo, y que el nudo se hace así.

Y que hay un dibujo del nudo hecho a bolígrafo. Mal, porque no sé dibujar.

Y que al final hay una línea que no estaba en la de 2002 y que es la única cosa nueva que he aprendido en veinticuatro años.

Meto el tarro en el hoyo, con la tapa hacia arriba.

Echo la tierra. La aprieto con el canto de la mano. Vuelvo a poner la grava por encima, y la extiendo, y la igualo con los dedos.

Cuando termino no se nota nada.

Y eso también lo sé hacer.

· · ·

Me limpio las manos en el pantalón. Guardo la paleta en la bolsa.

Y me quedo de pie delante del bloque de la derecha, tercera altura, con el nombre y las dos fechas y las letras doradas y el Tus padres de Ramón, y con dos ramos que se cambian los viernes.

Son las ocho menos veinte.

Empiezan las gaviotas.

Aquí arriba, en enero, con el día limpio, empiezan sobre esta hora: suben desde el puerto en dos o tres grupos, pasan por encima del cementerio y siguen hacia la punta.

Se oyen por encima de todo lo demás.

Yo he oído ese ruido dos veces en mi vida de una manera que no se me va a olvidar.

Una fue el veintiocho de enero de 2002, a las nueve y media de la mañana, sentada en una cama de Vigo con una taza de caldo entre las manos.

Y esta.

· · ·

Me vuelvo hacia el otro lado.

Desde la fila de arriba de este cementerio se ve el puerto entero y, más allá, el agua abierta hasta donde llega la vista, que hoy está lisa y de un color que no tiene nombre.

Este es el sitio con la mejor vista de Pedramoura.

Aquí es donde se está mejor y lo tienen los muertos, que es lo que dice todo el mundo cuando sube, y todo el mundo se ríe, y es verdad.

Yo miro el agua.

Y digo, en voz alta, por primera vez en veinticinco años y con la boca abierta y con el aire de fuera:

—Filla.

Nada más.

Una palabra que no es de mi lengua de todos los días, que no le he dicho nunca a nadie, y que la única persona que la usaba en esta familia se la decía a su hija cuando iba a mandarle algo.

La digo hacia el mar.

Y no dice nada el mar, porque el mar no dice nada nunca, y ese es el trato.

· · ·

Bajo los novecientos metros de pista con la bolsa vacía.

En el cruce me paro a coger aire, como siempre.

Desde ahí se ve la lonja, el muelle y el tendal. A las ocho y media va a haber allí cuatro mujeres de rodillas sobre el neopreno.

En este pueblo lo dicen desde antes de que hubiera pueblo.

Lo dice Fita cuando aparece un motor en Traba, y lo dijo mi madre delante de mí cuando yo tenía nueve años, y lo dijeron el día que sacaron a esa chica de las rocas de Os Afogados, y lo van a decir cuando me saquen a mí, si es que me sacan:

el mar devuelve lo que se le da.

Y es mentira.

El mar devuelve lo que se le tira encima con prisa y sin peso, y por eso la gente cree que devuelve.

Lo que se le entrega bien, con hierro y con nudo, se lo queda para siempre, y no lo enseña, y no lo cuenta, y no se lo pide nadie, y sigue estando ahí abajo todos los días de todos los años mientras arriba la gente cose redes y compra pan y entierra a los suyos y dice que el mar devuelve lo que se le da.

Lo que se le calla, se lo queda.

Yo he callado tres veces.

Y las tres me las llevo puestas, y me las voy a llevar hasta el final, y el día que me toque a mí bajar por esa pista con los pies por delante se acaban conmigo, que para eso las guardé.

FIN