Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Faltaban veintiséis días para la gala cuando sucedió, un martes por la tarde, sin ningún plan detrás, de la manera en que suceden las cosas verdaderamente importantes: sin anuncio previo, sin ceremonia, simplemente como la conclusión natural de semanas enteras de cercanía acumulada gota a gota.

La jornada había sido larga y, en general, satisfactoria: el comité había aprobado finalmente el diseño completo de las guirnaldas, Andrés había confirmado que la reparación del techo estaba adelantada respecto al cronograma original, y el equipo entero había compartido una sensación de logro colectivo poco común en un proyecto de restauración tan complejo.

Para las cinco de la tarde, sin embargo, el resto del equipo ya se había marchado, dejando a Delaney y Silas solos en el vestíbulo principal, terminando los últimos ajustes antes de cerrar el edificio por el día.

Habían pasado la última hora trabajando en un silencio cómodo, cada uno absorto en su propia tarea pero conscientes en todo momento de la presencia del otro, intercambiando comentarios ocasionales sobre el progreso del día.

Delaney había notado, sin poder evitarlo, la manera en que Silas se había quitado la chaqueta al calor del esfuerzo físico, las mangas de su camisa remangadas hasta los codos, y se había sorprendido a sí misma robando miradas más largas de las estrictamente necesarias.

—¿Todo bien ahí arriba? —preguntó Silas, notando que ella se había quedado quieta un momento, absorta en sus propios pensamientos en lo alto de la escalera.

—Todo bien. Solo pensando en el ángulo correcto para esta guirnalda.

—¿Necesitas otro par de manos?

—Podría venirme bien, en realidad. Sostenme esto un segundo.

Delaney estaba subida a una escalera plegable, ajustando la última guirnalda de prueba cerca del proscenio, cuando sintió que la escalera se tambaleaba ligeramente bajo su peso.

Antes de que pudiera reaccionar, sintió las manos de Silas sujetándola por la cintura, estabilizándola con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre sus reflejos.

—Con cuidado —dijo él, sin soltarla todavía, aunque la escalera ya se había estabilizado por completo—. Andrés me mataría si te pasa algo bajo mi supervisión.

—Estoy bien. La escalera solo se movió un poco.

—Aun así.

Delaney notó, con una claridad que la sorprendió, la manera en que las manos de Silas seguían firmes en su cintura mucho después de que cualquier peligro real hubiera pasado, y sintió que su propio pulso se aceleraba de una manera que no tenía nada que ver con el susto de la escalera tambaleante.

Llevaban semanas en esta danza cuidadosa: acercarse, retroceder, encontrar excusas profesionales para tocarse brevemente —una mano guiando la otra sobre un plano, un hombro rozando otro al inclinarse sobre la misma mesa— sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrar en voz alta lo que ambos sentían con una claridad cada vez más innegable.

Delaney bajó los últimos escalones con las manos de Silas todavía guiándola, y cuando finalmente tocó el suelo, se encontró a apenas unos centímetros de él, mucho más cerca de lo que la situación estrictamente requería. Ninguno de los dos se apartó de inmediato.

—Gracias —dijo ella, en voz baja, consciente del latido acelerado de su propio corazón.

—De nada.

El vestíbulo estaba vacío a esa hora, el resto del equipo ya se había ido, y la luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas altas, bañando todo en un tono dorado que parecía diseñado específicamente para ese momento.

Silas la miró con una intensidad que ella reconoció de hacía diez años, la misma mirada que una vez le había dedicado en un escenario vacío con una linterna prestada, y Delaney sintió que algo en su interior, alguna última barrera de precaución, se rendía finalmente.

—Delaney...

—Lo sé —dijo ella, antes de que él pudiera terminar la frase, fuera cual fuera esa frase.

—¿Puedo?

La pregunta quedó suspendida entre ambos, simple y enorme al mismo tiempo, y Delaney respondió no con palabras sino acortando ella misma la distancia que quedaba entre ellos.

El beso, cuando llegó, no fue como ella lo había imaginado en los momentos de debilidad que se había permitido esas últimas semanas: no fue desesperado, ni cargado de todo el peso de diez años de ausencia.

Fue lento, casi tímido al principio, como si ambos estuvieran reaprendiendo un idioma que alguna vez habían hablado con fluidez y que ahora requería una atención cuidadosa a cada palabra.

La mano de Silas se posó en su mejilla con una delicadeza que contrastaba con la firmeza con la que la había sostenido apenas un minuto antes, y Delaney sintió que diez años de distancia se disolvían en cuestión de segundos, dejando espacio para algo nuevo que todavía no tenía nombre pero que se sentía, sin lugar a dudas, como un comienzo.

El beso se profundizó gradualmente, ninguno de los dos apresurando el momento, ambos descubriendo con una especie de asombro reverente que el cuerpo recuerda cosas que la mente cree haber olvidado: la manera exacta en que sus labios encajaban, el ritmo compartido que alguna vez habían perfeccionado juntos y que ahora resurgía con una facilidad que ninguno esperaba.

Delaney sintió las manos de Silas deslizarse con cuidado hacia su espalda baja, atrayéndola apenas más cerca, y ella respondió apoyando las manos contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la palma, un eco perfecto del suyo propio.

Se separaron despacio, ninguno de los dos apresurado por romper el momento, y se quedaron mirándose con una mezcla de asombro y algo parecido al alivio.

—Llevaba semanas queriendo hacer eso —admitió Silas, con la voz ligeramente ronca.

—Yo también —confesó Delaney, sorprendida por la facilidad con la que la verdad le salió—. Y me aterraba admitirlo, incluso a mí misma.

—¿Todavía te aterra?

—Un poco. Pero menos que antes.

Se quedaron así un momento más, sus frentes casi tocándose, disfrutando de la cercanía recién descubierta sin ninguna prisa por definir exactamente qué significaba para el futuro inmediato de ambos.

El vestíbulo, con sus andamios y lonas cubiertas de polvo de restauración, se sintió por un instante como el lugar más íntimo del mundo, testigo silencioso de un segundo comienzo que ninguno de los dos había anticipado del todo, a pesar de las semanas de anticipación acumulada.

Silas sonrió, una sonrisa completa y genuina que Delaney no le había visto desde su regreso, y le tomó la mano con una naturalidad que sorprendió a ambos por igual.

—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?

—dijo Delaney, mirando sus manos entrelazadas—.

Que se siente exactamente igual que hace diez años, y al mismo tiempo completamente distinto.

Como si fuéramos las mismas dos personas, pero con toda la sabiduría dolorosa que solo el tiempo y el error pueden enseñar.

—Explícame eso mejor.

—Hace diez años, tomaba tu mano sin pensarlo dos veces, dando por sentado que siempre estaría ahí.

Ahora, cada vez que tomo tu mano, soy consciente de la fragilidad de este momento, de lo fácil que sería perderlo si cualquiera de los dos toma la decisión equivocada.

Eso lo hace más precioso, de cierta manera extraña.

—Entiendo exactamente lo que quieres decir. Yo siento lo mismo.

Andrés los encontró así, todavía tomados de la mano, cuando regresó al vestíbulo a recoger unas herramientas que había olvidado, y se detuvo en seco al verlos, con una sonrisa que se extendió lentamente por todo su rostro.

—Bueno, ya era hora —comentó, sin ninguna sorpresa real en el tono—. Llevo semanas viéndolos bailar alrededor del tema como dos adolescentes torpes. Me alegra que finalmente alguien haya tenido el valor de dar el paso.

—Andrés —dijo Delaney, sonrojándose—, no es lo que...

—Es exactamente lo que parece, y está perfectamente bien que lo sea. —Andrés recogió sus herramientas con una sonrisa cómplice—. Este edificio se merece un poco de amor real rondando sus pasillos, después de tantos años de abandono. Consideren que tienen mi bendición, aunque no la hayan pedido.

Se fue silbando una melodía alegre, dejándolos nuevamente solos en el vestíbulo, y Delaney y Silas se rieron juntos de la naturalidad con la que Andrés había aceptado, sin ninguna sorpresa, lo que para ellos representaba un cambio monumental.

—¿Puedo invitarte a cenar? No como parte del proyecto, ni como una conversación pendiente sobre el pasado. Solo una cena, como dos personas que quieren conocerse otra vez.

—Me gustaría eso.

—¿El viernes? Conozco un lugar en LoDo que creo que te va a gustar.

—El viernes suena perfecto.

Se despidieron esa tarde con otro beso breve, esta vez sin ninguna de la timidez inicial, ambos sonriendo como dos adolescentes que acababan de descubrir algo maravilloso y todavía no sabían bien cómo contenerlo.

* * *

Silas se quedó en el vestíbulo mucho después de que Delaney se marchara, incapaz de moverse de ese mismo lugar donde acababa de suceder algo que llevaba semanas anhelando sin atreverse a admitirlo del todo.

Llamó a Holt de camino a su apartamento, la voz todavía cargada de una emoción que no lograba contener.

—La besé —dijo, sin ningún preámbulo, en cuanto Holt contestó—. O ella me besó a mí. Ya ni siquiera sé quién dio el primer paso, pasó tan rápido.

—¡Ya era hora! —La voz de Holt sonó genuinamente eufórica al otro lado de la línea—. Marlow lleva semanas prediciendo esto. Le debo veinte dólares, para que sepas, por una apuesta absurda sobre cuándo pasaría.

—¿Ustedes apostaron sobre esto?

—Por supuesto que apostamos sobre esto, Silas. Somos sus mejores amigos, es nuestro deber sagrado interesarnos morbosamente en su vida amorosa. —Holt se rio—. ¿Cómo te sientes?

—Aterrado y feliz al mismo tiempo, de una manera que no sabía que era posible sentir simultáneamente.

—Bienvenido de vuelta a estar vivo, amigo. Disfrútalo.

Silas colgó la llamada con una sonrisa que no había sentido en su rostro desde hacía años, y se quedó un rato más mirando por la ventana de su apartamento temporal, las luces de Denver extendiéndose hacia las montañas en la distancia, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que quizás, después de todo, merecía esta segunda oportunidad que la vida le estaba ofreciendo.

Pensó en llamar a su padre también, para compartir la noticia, pero decidió esperar hasta la próxima visita, prefiriendo darle esa noticia en persona, viendo la reacción de Robert al saber que su hijo estaba, poco a poco, encontrando su camino de regreso a la felicidad que una vez había perdido por sus propios errores familiares.

Se preparó una taza de té antes de dormir, un hábito que había adoptado en Chicago y que nunca había abandonado, y se sentó un rato en su pequeño balcón, repasando mentalmente cada segundo del beso compartido esa tarde, cada palabra intercambiada después.

Se preguntó si Delaney estaría haciendo lo mismo, en algún lugar de esa misma ciudad, revisando también ella los detalles de un momento que ambos habían esperado, sin admitirlo del todo, durante semanas enteras.

Miró las estrellas, apenas visibles entre las luces de la ciudad, y sintió una gratitud profunda que no había experimentado en años, la sensación extraña y maravillosa de que quizás, después de todo el dolor causado y sufrido, la vida todavía guardaba espacio para segundas oportunidades genuinas.