CAPÍTULO 12
Se encontraron el sábado por la mañana en el pequeño despacho temporal que Kane & Asociados había instalado en una esquina del Aurelia, rodeado de planos enrollados y cajas de archivo que Silas había estado revisando durante la semana para documentar la historia original del edificio antes de la restauración.
Delaney llegó con un nudo de expectación en el estómago que no había sentido en años, el tipo de nervios que solía asociar con los primeros días de su relación original, cuando cada encuentro con Silas todavía tenía la textura emocionante de lo desconocido.
Le pareció irónico, y también extrañamente reconfortante, sentir algo parecido diez años después, como si su cuerpo recordara un idioma que su mente había intentado desaprender sin éxito.
Silas la esperaba con dos tazas de té —jazmín para él, manzanilla para ella, recordado con una precisión que la sorprendió gratamente— y una pila cuidadosamente ordenada de fotografías antiguas sobre el escritorio improvisado.
—Encontré más de las que pensé que existían —dijo, señalando la pila—.
Andrés documentó buena parte de la vida nocturna de este edificio antes de la restauración, aparentemente.
Hay fotos de otras parejas también, de trabajadores que solían venir aquí a almorzar, de un gato callejero que vivió en el sótano durante casi dos años.
Pero esta es la que quería mostrarte primero.
—Aquí está —dijo, sacando una fotografía amarillenta de una caja de cartón.
Delaney la tomó con manos que no pudo evitar que temblaran ligeramente. Ahí estaban los dos, mucho más jóvenes, riendo frente al escenario iluminado apenas por una linterna, la noche exacta de la propuesta. No recordaba que alguien les hubiera tomado esa foto.
—¿Quién la tomó?
—Andrés. Nos vio esa noche, cuando todavía trabajaba de vigilante nocturno del edificio abandonado. Nunca nos dijo nada, pero aparentemente guardó la foto todos estos años, esperando el momento adecuado para devolverla.
Delaney sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, mirando la felicidad absoluta y despreocupada de esas dos personas jóvenes que no tenían ni idea de lo que les esperaba.
—Éramos tan felices —dijo, en voz baja.
—Lo éramos. —Silas se acercó, con cuidado, como quien se aproxima a un animal asustado que podría huir ante cualquier movimiento brusco—.
Delaney, sé que no tengo derecho a pedirte nada.
Sé que te hice daño de una manera que quizás nunca termine de repararse del todo.
Pero necesito decirte algo, y necesito que me dejes decirlo completo antes de responder.
Ella asintió, sin poder apartar la vista de la fotografía.
—Nunca dejé de quererte. Ni un solo día, en diez años.
Salí con otras personas, intenté construir una vida en Chicago que no girara en torno a un fantasma, y fallé cada vez, porque el fantasma nunca fue un fantasma real, Delaney, eras tú, viva, en algún lugar de esta ciudad, viviendo una vida que yo había roto y de la que me había excluido a mí mismo por cobardía.
Volver aquí, verte de nuevo, ha sido lo más difícil y lo más honesto que he hecho en una década.
No espero que me perdones. No espero que sientas lo mismo.
Pero necesitaba que supieras la verdad completa, ya que estamos siendo honestos por primera vez en tanto tiempo.
Delaney levantó finalmente la vista de la fotografía, encontrando los ojos de Silas fijos en ella con una vulnerabilidad que nunca le había visto, ni siquiera en los mejores días de su relación original.
—No sé qué hacer con todo esto —admitió—. Una parte de mí quiere seguir enojada, porque sería más simple. Otra parte de mí... —Se detuvo, sin saber cómo terminar la frase.
—¿Otra parte de ti, qué?
—Otra parte de mí nunca dejó de sentir esto tampoco —dijo finalmente, la confesión saliendo de un lugar que llevaba diez años sellado—. Y no sé si eso me convierte en una tonta, o si simplemente significa que algunas cosas no se apagan del todo, por más que uno se esfuerce.
—No te convierte en una tonta, Delaney. Te convierte en alguien capaz de sentir algo real, incluso después de que ese algo casi la destruye. Eso, para mí, es lo más valiente que existe.
Silas dio un paso más cerca, despacio, dándole a ella todo el tiempo del mundo para retroceder si así lo deseaba.
Ella no retrocedió. Se quedaron así, a apenas un paso de distancia, la fotografía todavía entre las manos de Delaney y la luz de la mañana entrando oblicua por las ventanas altas del Aurelia, ambos conscientes de que cualquier movimiento adicional cambiaría irreversiblemente el terreno que pisaban.
—Todavía falta mucho por reparar entre nosotros —dijo Delaney, su voz apenas un susurro—. Hay heridas que ni siquiera hemos empezado a nombrar del todo.
—Lo sé. No espero que esto se resuelva en una mañana, ni en una semana.
—Silas mantuvo la distancia que ella necesitaba, aunque sus ojos no se apartaron de los de ella ni un instante—.
Pero necesitaba que supieras dónde estoy parado, antes de que sigamos fingiendo que esto es solo un proyecto de restauración compartido.
Delaney sintió que algo en su pecho se rendía, aunque todavía no del todo, aunque todavía con demasiadas preguntas sin responder como para llamarlo victoria.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, casi en un susurro—. ¿Qué se supone que hagamos con esto?
—Lo que tú decidas. —Silas sonrió, apenas, una sonrisa cansada pero genuina—.
Podemos seguir siendo profesionales durante el día y dos personas confundidas por las noches, si eso es lo que necesitas.
Podemos ir más despacio de lo que cualquiera de los dos quisiera.
Lo único que te pido es que no me apartes por completo, Delaney.
Eso sí creo que no podría soportarlo dos veces.
—No tengo planeado apartarte —dijo ella, sorprendida de la certeza con la que las palabras le salieron—. Todavía no sé exactamente qué es esto. Pero no quiero que termine todavía.
—Eso es suficiente para mí, por ahora.
Se quedaron unos minutos más en el pequeño despacho, hablando de nada en particular —el cronograma de la semana siguiente, un detalle sobre las cortinas que todavía necesitaba aprobación del comité, una broma compartida sobre el gato callejero que Andrés había mencionado en las fotografías—, disfrutando de la facilidad recién recuperada de estar simplemente juntos sin el peso constante de las conversaciones difíciles pendientes.
Cuando finalmente Delaney se levantó para irse, Silas la acompañó hasta la puerta del despacho, y por un momento, en el umbral, ambos se quedaron mirándose sin decir nada, conscientes de que algo había cambiado de manera irreversible esa mañana, aunque ninguno supiera todavía nombrar exactamente qué forma tomaría ese cambio en las semanas siguientes.
Silas dio un paso más cerca, y por un momento, con la fotografía todavía entre las manos de Delaney y la luz de la mañana entrando oblicua por las ventanas altas del Aurelia, ambos se quedaron suspendidos en un instante que ninguno de los dos se atrevió a romper, demasiado conscientes de todo lo que todavía faltaba resolver, pero incapaces, por primera vez en diez años, de dar un paso atrás.
—Todavía falta mucho por reparar —dijo Delaney finalmente, rompiendo la cercanía con un esfuerzo visible—. No estoy lista para más que esto. Para esta honestidad.
—Con esto me basta, por ahora —dijo Silas—. Todo lo demás, si llega a pasar, tiene que pasar a tu ritmo, no al mío. Ya tomé demasiadas decisiones por los dos una vez. No pienso repetir ese error.
Antes de que Delaney se fuera del despacho, Silas la detuvo un momento más con una última observación, casi tímida, que ella no esperaba.
—¿Puedo decirte algo más antes de que te vayas? No tiene que ver con el pasado esta vez.
—Adelante.
—Me gusta mucho quién eres ahora, Delaney.
No solo quién eras hace diez años, a quien también amaba, sino quién te has convertido en estos años que no estuve aquí para presenciar.
Más segura de ti misma. Más franca con lo que sientes, incluso cuando lo que sientes es furia dirigida hacia mí.
Eso también es algo que quería que supieras.
Delaney sintió que las mejillas se le encendían, sorprendida por lo mucho que esas palabras significaban para ella, viniendo de alguien que la había conocido en dos versiones tan distintas de sí misma.
—Gracias por decir eso.
—Es solo la verdad.
Delaney le devolvió la fotografía con cuidado, como si fuera algo frágil que pudiera romperse entre sus manos, y salió del despacho con el corazón latiéndole a un ritmo que no sentía desde hacía exactamente diez años, dos meses y —contó rápidamente en su cabeza, casi sin querer— nueve días.
* * *
Caminó hasta su auto por el mismo callejón donde semanas atrás lo había confrontado con toda la furia acumulada de una década, y se detuvo un momento, apoyándose contra el muro de ladrillo húmedo, permitiéndose sentir, sin editar ni justificar, todo lo que la conversación acababa de remover en ella.
No era la misma mujer que había llorado en ese mismo callejón hacía apenas unas semanas.
Tampoco era, todavía, la mujer que había sido antes de que Silas volviera a Denver.
Era algo nuevo, incierto, una versión de sí misma que todavía no terminaba de reconocer del todo, pero que, por primera vez en mucho tiempo, no le resultaba aterradora.
Sacó su teléfono y le escribió a Marlow un mensaje breve: "Creo que estoy en problemas.
De los buenos, creo. Pero en problemas de todos modos.
" La respuesta de Marlow llegó acompañada de tres signos de exclamación y la promesa de una botella de vino esa misma noche, y Delaney, por primera vez en semanas, condujo de regreso a casa con algo parecido a la ligereza instalándose, poco a poco, en un pecho que llevaba diez años cargando un peso que finalmente, aunque todavía incompleto, empezaba a sentirse más liviano.
Pasó el resto de la tarde en su balcón, rodeada de sus plantas, revisando mentalmente cada palabra de la conversación con Silas, cada gesto, cada silencio cargado de significado.
Se preparó una taza de chocolate caliente, la bebida que solía tomar en los días fríos de su infancia con su padre, y se permitió, por primera vez en mucho tiempo, simplemente sentir sin la necesidad urgente de catalogar cada emoción en una categoría clara.
Faltaban veintiocho días para la gala de reapertura del Aurelia.
Faltaban, también, aunque ninguno de los dos pudiera saberlo con certeza esa mañana de sábado, muchas conversaciones más, algunas fáciles y otras profundamente dolorosas, antes de que Delaney Voss y Silas Kane descubrieran si lo que estaba naciendo entre ellos era simplemente el eco nostálgico de un amor pasado, o el comienzo genuino de algo nuevo, construido esta vez sobre cimientos de verdad en vez de secretos.
Pero por primera vez en una década, ninguno de los dos sintió la necesidad urgente de huir de la pregunta.
Esa noche, Delaney se sentó en su balcón con una copa de vino y su teléfono en la mano, releyendo el mensaje que le había enviado a Marlow horas antes.
Pensó en las palabras de Ines sobre la luz que su padre extrañaba ver en ella.
Pensó en Priya, sirviendo té sin que nadie se lo pidiera, dándole espacio para sentir sin exigirle claridad inmediata.
Pensó, sobre todo, en la manera en que Silas había dado un paso más cerca esa mañana, y en la manera en que ella, por primera vez en diez años, no había sentido el impulso de retroceder.
No sabía todavía hacia dónde los llevaría todo esto. Pero por primera vez en mucho tiempo, la incertidumbre no se sentía como una amenaza, sino como el principio incierto y aterrador de algo que quizás, después de todo, mereciera la pena intentar.
Se quedó despierta hasta tarde esa noche, pensando en la fotografía que Silas le había mostrado esa mañana, en la felicidad absoluta y despreocupada de esas dos personas jóvenes que no tenían idea de lo que les esperaba.
Se preguntó si algún día podrían recuperar, no esa misma inocencia exacta, imposible de recuperar después de todo lo vivido, sino alguna versión más madura y más consciente de esa felicidad, construida esta vez sobre una base de verdad compartida en vez de promesas hechas sin conocer todos los riesgos.
Faltaban veintiocho días para la gala. Faltaban, también, semanas enteras de decisiones difíciles, de conversaciones que todavía no habían tenido, de heridas que apenas empezaban a nombrar en voz alta.
Pero por primera vez en una década, Delaney Voss se durmió esa noche sin la certeza fría de que su historia con Silas Kane había terminado para siempre, sino con la posibilidad abierta, incierta y luminosa, de que quizás apenas estaba empezando a escribirse de nuevo.
Del otro lado de la ciudad, Silas se quedó despierto mucho más tiempo del que hubiera querido admitir, repasando cada palabra de la mañana, cada gesto, cada silencio compartido en el pequeño despacho del Aurelia.
Se preparó un té que no terminó de beber, salió al balcón a pesar del frío, y se permitió, por primera vez en once años, la posibilidad de creer que quizás no todo estaba perdido, que quizás las decisiones que había tomado con veinticuatro años y el corazón lleno de miedo todavía podían encontrar, con paciencia y honestidad, algún tipo de reparación posible.
Se quedó ahí, en el balcón, hasta que el frío se volvió insoportable, pensando en la manera en que Delaney lo había mirado esa mañana, sin retroceder, sin apartarse, y sintiendo, por primera vez desde su regreso a Denver, que quizás merecía después de todo la oportunidad de intentarlo, paso a paso, sin prisa, sin volver jamás a decidir nada por ella sin preguntarle primero.