Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Delaney pasó buena parte de esa semana observándose a sí misma con una curiosidad casi clínica, notando los pequeños cambios que se habían filtrado en su rutina diaria sin que ella los planeara conscientemente: revisaba su teléfono con más frecuencia de la habitual, esperando mensajes de Silas sobre detalles insignificantes del proyecto que en realidad no requerían ninguna comunicación urgente.

Se encontró, más de una vez, eligiendo su ropa para las reuniones de coordinación con un cuidado que no se molestaba en aplicar a otras reuniones de trabajo.

Se rio de sus propios pensamientos, consciente de lo absurdo que resultaba, a los treinta y dos años, sentir los mismos nervios adolescentes que había sentido la primera vez que Silas la invitó a salir.

Priya, por supuesto, lo notó también, con la perspicacia silenciosa que la caracterizaba.

—Llevas toda la semana sonriendo sola mientras trabajas —comentó, un jueves por la tarde, mientras clasificaban un envío nuevo de dalias—. No es que me queje. Es agradable verte así. Solo digo que se nota.

—¿Tan obvio es?

—Lo suficiente como para que Andrés también lo haya comentado, y ese hombre normalmente ni siquiera nota si cambié de peinado. —Priya sonrió, con cariño—. ¿Vas a contarme qué está pasando exactamente, o vas a seguir dejándome adivinar por pistas sueltas?

—Todavía no lo sé del todo yo misma —admitió Delaney—. Pero algo está pasando, sin duda. Algo que hace un mes hubiera jurado que era imposible.

Andrés fue el primero en notar el cambio de manera abierta, un miércoles por la mañana, cuando encontró a Delaney tarareando una canción mientras acomodaba las últimas guirnaldas de prueba en el vestíbulo.

—Alguien está de buen humor —comentó, sin levantar la vista de las herramientas que estaba organizando.

—Es un buen día.

—Han sido varios buenos días seguidos, ahora que lo pienso. —Andrés le dedicó una sonrisa cómplice—. Me alegra verlo, Delaney. Este edificio se merece algo de felicidad rondando sus pasillos, después de tantos años vacío.

Delaney no supo qué responder, así que simplemente le devolvió la sonrisa y siguió con su trabajo, sintiendo, no por primera vez esa semana, que la gente a su alrededor notaba algo en ella que ella misma apenas empezaba a reconocer del todo.

Silas llamó a Holt esa misma semana, un martes por la noche, después de pasar casi una hora dando vueltas por su apartamento temporal sin poder concentrarse en los planos que se suponía debía revisar.

—Necesito que me digas si estoy loco —dijo, en cuanto Holt contestó.

—Depende de en qué sentido.

—Delaney y yo quedamos atrapados en el Aurelia durante la tormenta del jueves. Hablamos durante horas, de todo, de nada, de cosas que no habíamos vuelto a mencionar en diez años. Y por primera vez en toda una década, Holt, sentí que quizás no lo arruiné todo de manera irreparable.

—¿Y eso te asusta o te da esperanza?

—Las dos cosas al mismo tiempo, lo cual es exactamente el problema.

Holt se quedó callado un momento, y Silas pudo escuchar, de fondo, la voz distante de Marlow diciendo algo sobre la cena, antes de que su amigo volviera a hablar con más seriedad.

—Puedo decirte lo que pienso, si quieres escucharlo sin filtros.

—Adelante.

—Pienso que llevas diez años castigándote por una decisión que tomaste con veinticuatro años y toda la información equivocada.

Y pienso que si Delaney está dispuesta a considerar, aunque sea remotamente, la posibilidad de reconstruir algo contigo, no deberías sabotearlo de antemano convenciéndote de que no lo mereces.

La culpa es útil hasta cierto punto, Silas.

Después de eso, solo es otra forma de huir, disfrazada de humildad.

—¿Cuándo te volviste tan sabio?

—Desde que me casé con una mujer que no tolera las medias tintas emocionales. Se me pegó algo de su claridad, supongo.

Silas colgó esa llamada con una sensación extraña, mitad esperanza y mitad terror, y se quedó despierto hasta tarde esa noche, repasando cada palabra que Delaney había dicho durante la tormenta, buscando en ellas alguna señal de hacia dónde se dirigía todo esto.

Salió al balcón con una taza de té, incapaz de conciliar el sueño, y se quedó mirando las luces distantes del centro de Denver, preguntándose si tenía derecho a esperar algo más que la amistad cautelosa que se había establecido entre ellos en las últimas semanas.

Pensó en su padre, en la residencia, en la manera en que el derrame le había arrebatado la capacidad de corregir sus propios errores con acciones, dejándolo solo con palabras tardías y arrepentimiento.

Pensó que él todavía tenía la oportunidad que su padre ya no tenía: la oportunidad de demostrar, con el tiempo y no solo con palabras, que había cambiado.

Decidió esa noche, mirando las luces de una ciudad que una vez había sido su hogar y que esperaba, con una esperanza cautelosa, volver a serlo, que no iba a presionar a Delaney hacia ninguna parte.

Que se ganaría, poco a poco, cualquier confianza que ella estuviera dispuesta a ofrecerle, sin exigir nada más de lo que ella misma decidiera dar.

—Necesito que me digas la verdad —le dijo Marlow esa misma semana, durante su cita habitual de los viernes por la tarde en el bar de vinos de Highlands—. ¿Qué está pasando exactamente entre Silas y tú?

—Nada está pasando.

—Delaney.

—Está bien, quizás algo está pasando. —Delaney se hundió en su silla, jugando con el pie de su copa—.

No sé cómo nombrarlo. La otra noche quedamos atrapados juntos durante una tormenta, y en vez de sentir el pánico que debería haber sentido, me sentí...

cómoda. Más cómoda de lo que me he sentido con nadie en diez años.

—¿Y eso te asusta?

—Me aterra. —Delaney le dio un trago largo al vino—. Porque si vuelvo a dejarlo entrar y esto termina mal otra vez, no sé si voy a tener la fuerza para reconstruirme una segunda vez de la misma manera que lo hice la primera.

Marlow guardó silencio un momento, considerando sus palabras con el cuidado de alguien que sabía que lo que dijera a continuación podía importar mucho.

—Puedo decirte algo que Holt me dijo hace poco, ¿o prefieres que no me meta más en esto?

—Dilo.

—Dijo que Silas nunca dejó de amarte, ni un solo día en diez años.

Que salió con otras personas por obligación social más que por deseo real, y que cada vez que alguien mencionaba Denver, algo en su cara cambiaba de una manera que Holt nunca vio en ningún otro contexto.

—Marlow la miró directamente—. Eso no borra lo que hizo.

Pero sí me hace pensar que lo que sea que esté pasando entre ustedes ahora no es solo nostalgia barata, Delaney.

Es algo que nunca terminó de apagarse del todo, en ninguno de los dos.

—¿Qué hago con eso?

—No lo sé. Pero creo que mereces averiguarlo, en vez de decidir de antemano que la historia solo puede terminar mal.

—¿Y si termina mal de todos modos? —preguntó Delaney, con una vulnerabilidad que rara vez le mostraba incluso a su mejor amiga—. ¿Y si le doy otra oportunidad y descubro que fue un error?

—Entonces lo sabrás con certeza, en vez de pasarte el resto de tu vida preguntándote "qué hubiera pasado si".

Y para lo que vale, Dee, te conozco desde hace más de una década.

Nunca te vi tan viva como en estas últimas semanas, ni siquiera en los momentos en que estabas más enojada con él. Eso tiene que significar algo.

Holt se unió a ellas hacia el final de la cena, cargando una botella adicional de vino que Marlow había pedido por mensaje de texto, y se sentó junto a su esposa con la expresión cautelosa de un hombre que sabe que está a punto de entrar en territorio delicado.

—Silas me llamó el martes —dijo, sirviéndose una copa—. No sé si debería contarte esto, Delaney, pero creo que mereces saberlo. Me preguntó si estaba loco por sentir esperanza otra vez, después de todo lo que pasó.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije la verdad: que llevo diez años viéndolo comparar a todo el mundo con un fantasma que resultó no ser ningún fantasma, sino tú, viva, en algún lugar de esta misma ciudad. Le dije que la culpa es útil hasta cierto punto, y que después de eso solo es otra forma de huir disfrazada de humildad.

Delaney sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas inesperadas, escuchando de boca de Holt una versión de Silas que coincidía, casi palabra por palabra, con lo que ella misma había empezado a sospechar durante la tormenta compartida.

—Gracias por contarme esto —dijo, en voz baja.

—No te lo cuento para presionarte hacia ninguna dirección —aclaró Holt—. Te lo cuento porque mereces tener toda la información antes de decidir qué hacer con tu propio corazón. Eso es todo.

Delaney se quedó pensando en esas palabras durante el camino de regreso a su apartamento, el frío de la noche calándole los huesos de una manera que ya no le resultaba del todo desagradable, como si incluso la incomodidad física fuera preferible al entumecimiento con el que había vivido durante los últimos diez años.

Esa misma noche, Delaney recibió un mensaje de Silas, el primero que él enviaba sin que ella lo iniciara primero desde que habían retomado el contacto:

"Encontré una caja con fotos viejas del Aurelia en los archivos del estudio de mi padre. Hay una tuya, de la noche en que nos comprometimos. ¿Te gustaría verla?"

Delaney miró el mensaje durante un largo rato antes de responder, sintiendo que cada palabra que intercambiaba con él la acercaba un paso más a un precipicio del que todavía no sabía si quería alejarse.

"Sí. Me gustaría verla."

* * *

Después de enviar el mensaje, Delaney se quedó sentada en su sofá durante un buen rato, con el teléfono todavía en la mano, sorprendida por la rapidez con la que había aceptado, sin ninguna de las dudas que hasta hacía apenas dos semanas la habrían paralizado ante cualquier gesto de acercamiento de Silas.

Se preguntó si estaba yendo demasiado rápido, si el vértigo que sentía en el pecho era entusiasmo genuino o simplemente el miedo disfrazándose de otra cosa para que ella bajara la guardia.

Llamó a Priya, necesitando una perspectiva menos involucrada emocionalmente que la de Marlow, que ya tenía una opinión clara sobre hacia dónde debía dirigirse todo esto.

—¿Estoy loca? —le preguntó, sin preámbulos, en cuanto su asistente contestó.

—Depende de qué consideres locura exactamente.

—Acabo de aceptar ver una fotografía vieja con el hombre que me dejó plantada hace diez años, y siento mariposas en el estómago como si tuviera veintitrés años otra vez.

Priya se rio, con una calidez que a Delaney le resultó reconfortante.

—Eso no suena a locura, Delaney. Suena a que una parte de ti nunca terminó de cerrar ese capítulo, y ahora finalmente tiene la oportunidad de hacerlo, de una manera o de otra.

No hay nada de malo en sentir curiosidad por saber cómo termina esa historia, incluso si termina distinto de como esperabas hace diez años.

—¿Y si me vuelve a romper el corazón?

—Y si no lo hace. —La voz de Priya se suavizó—. No puedes protegerte de todo riesgo, jefa. En algún momento hay que decidir si el riesgo de sentir vale más que la seguridad de no sentir nada en absoluto.

Colgó la llamada con Priya sintiéndose un poco más ligera, aunque todavía lejos de tener certeza sobre nada, y se preparó una taza de té de manzanilla antes de sentarse frente a la ventana de su sala, observando las luces de la ciudad mientras esperaba que su propio corazón terminara de decidir lo que su cabeza todavía se negaba a admitir con claridad.