Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La tormenta llegó sin aviso un jueves por la tarde, una de esas tormentas de finales de octubre que Denver produce con una violencia repentina que sorprende incluso a quienes llevan toda la vida en la ciudad.

Los pronósticos de la mañana habían anunciado apenas "posibilidad de lluvia ligera", y sin embargo, para las tres de la tarde, el cielo entero se había oscurecido con un verde amenazante que Andrés, con la sabiduría de treinta años observando el clima de Colorado desde andamios y tejados, había señalado como advertencia suficiente para mandar a todo el equipo a casa antes de que empeorara.

—Ustedes dos deberían irse también —les había dicho a Delaney y Silas, ya con su camioneta cargada de herramientas—. Esto se va a poner feo.

—Solo necesito terminar de fijar esta sección de guirnaldas —había respondido Delaney, sin levantar la vista de su trabajo—. Diez minutos más.

Silas se había quedado, sin que nadie se lo pidiera, revisando unos últimos detalles del andamiaje del techo, y para cuando ambos se dieron cuenta de que el "diez minutos más" se había convertido en cuarenta, la tormenta ya estaba sobre el edificio con toda su fuerza.

—Deberíamos haber escuchado a Andrés —comentó Silas, mirando por una de las ventanas altas cómo la lluvia caía en láminas horizontales, empujada por un viento que hacía crujir los andamios exteriores de manera preocupante.

—Probablemente. Pero mi terquedad ya es legendaria, según recuerdo que alguien me dijo hace poco.

—No me arrepiento de haberlo dicho. —Silas sonrió, con una ligereza que contrastaba con la tensión evidente en sus hombros mientras evaluaba la seguridad de la estructura—. Solo espero que esa terquedad no nos deje atrapados aquí hasta la madrugada.

Delaney estaba terminando de instalar una muestra de guirnaldas en el vestíbulo cuando las luces parpadearon una vez, dos veces, y finalmente se apagaron por completo, dejando el edificio entero sumido en una penumbra gris apenas iluminada por las ventanas altas del techo.

—¿Delaney? —La voz de Silas llegó desde el escenario, con un dejo de alarma contenida.

—Aquí arriba. Estoy bien, solo a oscuras.

Escuchó sus pasos acercándose con cuidado entre el andamiaje, y unos minutos después Silas apareció con el teléfono encendido como linterna improvisada, guiándose entre las herramientas dispersas por el suelo.

—El generador de emergencia debería activarse en un minuto —dijo, revisando el panel eléctrico junto a la puerta—. Andrés se fue hace una hora, y el resto del equipo canceló por la tormenta. Estamos solos hasta que esto pase.

—Genial —dijo Delaney, sin poder evitar el sarcasmo—. Exactamente la situación que necesitaba.

El generador no se activó. Después de veinte minutos revisando cables y fusibles con la única luz de sus teléfonos, cuya batería se agotaba peligrosamente rápido, ambos se rindieron a la evidencia de que iban a tener que esperar la tormenta a oscuras, sentados en los escalones del escenario mientras la lluvia golpeaba el techo con una fuerza que hacía vibrar ligeramente las vigas reforzadas.

El generador no se activó. Después de veinte minutos revisando cables y fusibles con la única luz de sus teléfonos, cuya batería se agotaba peligrosamente rápido, ambos se rindieron a la evidencia de que iban a tener que esperar la tormenta a oscuras, sentados en los escalones del escenario mientras la lluvia golpeaba el techo con una fuerza que hacía vibrar ligeramente las vigas reforzadas.

—¿Recuerdas la primera vez que nos quedamos atrapados bajo una tormenta? —preguntó Silas, después de un rato, con una voz que intentaba sonar casual y no lo lograba del todo.

—Bajo el toldo de esa tienda de discos que ya no existe. —Delaney sonrió, a su pesar, en la penumbra—. Me dijiste que me amabas esa noche. Sin ninguna preparación, sin ningún plan. Simplemente lo dijiste, como si no pudieras contenerlo más.

—Lo recuerdo perfectamente. Pensé que había arruinado todo, diciéndolo tan de repente, sin ningún romanticismo calculado.

—Fue lo más romántico que me habían dicho nunca, precisamente porque no estaba calculado.

Se quedaron en silencio un momento, el peso de ese recuerdo compartido llenando el espacio entre ellos de una manera que no se sentía incómoda, sino extrañamente reconfortante, como reencontrar una canción que uno creía haber olvidado por completo.

—Hace frío —dijo Delaney, después de un rato, abrazándose las rodillas.

Silas se quitó su chaqueta sin decir nada y se la ofreció. Ella dudó un segundo antes de aceptarla, sintiendo el calor residual de su cuerpo todavía atrapado en la tela, un detalle tan pequeño y tan íntimo que le provocó un nudo inesperado en la garganta.

—Gracias.

—De nada.

Se quedaron en silencio, escuchando la tormenta, hasta que Silas habló de nuevo, su voz apenas audible sobre el ruido de la lluvia.

—¿Puedo contarte algo que nunca le he dicho a nadie?

—Adelante.

—El día que me fui, en el aeropuerto, estuve a punto de no subir al avión.

Me quedé sentado en la puerta de embarque durante cuarenta minutos, viendo pasar a otros pasajeros, pensando que todavía podía volver, romper la nota antes de que la encontraras, fingir que nunca había pasado nada.

—Hizo una pausa—. Lo que me hizo finalmente subir al avión no fue la lógica de proteger a nuestras familias.

Fue el miedo puro y simple de mirarte a los ojos y decirte la verdad, y ver cómo esa verdad cambiaba la manera en que me veías.

Prefería que me odiaras por desaparecer a que me miraras con lástima por ser el hijo de un hombre deshonesto.

—Eso es lo más honesto que me has dicho hasta ahora.

—Es lo más honesto que me he permitido admitirme a mí mismo, en realidad.

—Silas se giró para mirarla en la penumbra, sus rasgos apenas visibles a la luz mortecina que se filtraba por las ventanas altas—.

Diez años pensando que hice lo correcto, y la verdad simple es que actué como un cobarde asustado de veinticuatro años, y disfracé ese miedo con palabras bonitas sobre sacrificio y protección.

Delaney sintió que algo en su pecho se aflojaba todavía más, una grieta nueva abriéndose en la coraza que había construido durante una década.

—Gracias por decírmelo así, sin adornos.

—Te debía eso, al menos.

La lluvia siguió cayendo con fuerza durante casi una hora más, y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo planeara conscientemente, terminaron sentados hombro con hombro, compartiendo el calor de la chaqueta compartida, hablando en voz baja de cosas pequeñas —el clima de Chicago comparado con el de Denver, la comida que Silas extrañaba de la ciudad, las variedades de flores que Delaney había aprendido a cultivar en su propio balcón—.

—¿Extrañaste algo de aquí, además de mí? —preguntó Delaney en un momento, casi sin pensarlo.

—Extrañé las montañas. El aire seco. La manera en que el cielo se pone naranja sobre las Rocosas en otoño, algo que Chicago simplemente no puede ofrecer, por más que lo intente con sus propios atardeceres sobre el lago.

—Silas hizo una pausa—. Pero sobre todo te extrañé a ti, Delaney.

Cada día, de maneras que no siempre esperaba.

El olor de ciertas flores en una tienda cualquiera.

Una risa parecida a la tuya en la calle.

Los aniversarios que dejé de contar en voz alta pero que nunca dejé de notar en mi cabeza.

—Yo también los conté —admitió ella, en voz baja—. Aunque me pasé años fingiendo que no lo hacía.

Ninguno de los dos dijo nada más durante un largo rato, dejando que la lluvia hablara por ellos, hasta que Silas rompió el silencio de nuevo, esta vez con una pregunta que Delaney no esperaba.

—¿Puedo preguntarte algo sin que suene como que estoy presionando hacia alguna parte?

—Adelante.

—¿Crees que algún día podrías volver a confiar en mí? No te pido una respuesta ahora, ni siquiera te pido que lo sepas con certeza. Solo necesito entender si es una posibilidad remota o si es algo que ya descartaste por completo.

Delaney se quedó pensando la respuesta con el mismo cuidado que él había puesto en la pregunta, consciente de que cualquier palabra que dijera en ese momento, en la penumbra íntima de un edificio a oscuras durante una tormenta, tendría un peso distinto al que hubiera tenido en la luz clara de una reunión de trabajo.

—No lo he descartado —dijo finalmente—. Y eso me sorprende a mí misma más que a ti, probablemente.

Hace un mes, si me hubieras preguntado esto, te habría dicho que no había ninguna posibilidad, que había cerrado esa puerta hace diez años y que pensaba mantenerla cerrada para siempre.

Pero estas últimas semanas me han hecho cuestionar esa certeza de maneras que todavía no sé cómo procesar del todo.

—Eso es más de lo que esperaba escuchar, si soy honesto.

—No te acostumbres todavía —dijo ella, con una media sonrisa que él apenas pudo distinguir en la oscuridad—. Sigo enojada. Sigo herida. Pero también sigo aquí, sentada contigo bajo esta tormenta en vez de haberme ido hace una hora cuando tuve la oportunidad. Eso también significa algo, supongo.

—Significa más de lo que te imaginas.

La lluvia siguió cayendo con fuerza durante casi otra hora, y cuando finalmente la electricidad volvió con un zumbido repentino que los sobresaltó a ambos, ninguno de los dos supo exactamente en qué momento la conversación se había vuelto tan fácil otra vez, ni en qué momento exacto la distancia cautelosa entre sus hombros se había reducido a apenas unos centímetros.

—Supongo que esto es nuestra señal para irnos —dijo Silas, mirando las luces del vestíbulo encenderse de nuevo, casi con desgana, como si ninguno de los dos tuviera demasiada prisa por romper el momento.

—Supongo que sí.

Se levantaron despacio, recogiendo sus cosas dispersas por el suelo del escenario, y cuando Delaney fue a devolverle la chaqueta, Silas negó con la cabeza.

—Quédatela hasta mañana. Hace frío afuera, y no quiero que te enfermes por mi culpa, aunque sea de manera indirecta.

—Es solo una chaqueta, Silas.

—Es una excusa para asegurarme de que nos volvamos a ver mañana, si soy honesto —admitió él, con una media sonrisa—. Pero también hace frío afuera, así que ambas cosas pueden ser ciertas.

Delaney se rio, aceptando finalmente la chaqueta con más gracia de la que había planeado, y salieron juntos del edificio hacia una noche que ya se había despejado por completo, dejando atrás un cielo estrellado que contrastaba de manera casi cómica con la violencia de la tormenta que acababan de compartir.