CAPÍTULO 9
Se habían conocido en la boda de un primo lejano de Delaney, es cierto, pero el verdadero comienzo, el que Delaney recordaba con más claridad diez años después, fue tres semanas después de esa boda, cuando Silas apareció sin avisar en la floristería donde ella trabajaba entonces como aprendiz, con un ramo de flores marchitas que había comprado en la gasolinera de la esquina.
—Necesito ayuda urgente —le había dicho, con una seriedad tan exagerada que ella no supo si reír o preocuparse—. Tengo una cita esta noche y las únicas flores que encontré están, evidentemente, muriendo frente a mis ojos.
—¿Para quién son las flores?
—Para nadie, en realidad. —Se había sonrojado, algo que a Delaney le había parecido encantador en un hombre que hablaba de estructuras de acero con total autoridad profesional—. Es una excusa terrible para verte otra vez. Perdí tu número la semana pasada, y esto fue lo mejor que se me ocurrió.
Su jefa de entonces, una mujer mayor llamada Rosalind que llevaba treinta años dirigiendo la floristería, había observado toda la escena desde el fondo de la tienda con una sonrisa que no intentó ocultar, y más tarde le había dicho a Delaney, mientras cerraban esa noche: "Ese muchacho va a darte problemas, pero del tipo de problemas que valen la pena.
" Delaney recordaba haber reído entonces, sin sospechar cuán proféticas resultarían esas palabras, en ambas direcciones posibles del significado.
Ella le había cambiado las flores marchitas por un ramo de peonías blancas, sin cobrarle nada, y él la había invitado a cenar esa misma noche a un restaurante que claramente no podía pagar con el sueldo de un estudiante de arquitectura, pidiendo el plato más barato del menú para él mismo y el que ella quisiera para ella misma, insistiendo en que la ocasión lo merecía.
Ella le había cambiado las flores marchitas por un ramo de peonías blancas, sin cobrarle nada, y él la había invitado a cenar esa misma noche a un restaurante que claramente no podía pagar con el sueldo de un estudiante de arquitectura, pidiendo el plato más barato del menú para él mismo y el que ella quisiera para ella misma, insistiendo en que la ocasión lo merecía.
Los meses siguientes habían transcurrido con la facilidad despreocupada de dos personas jóvenes descubriendo que encajaban de una manera que ninguno de los dos había experimentado antes.
Silas la llevaba a recorrer edificios históricos por toda la ciudad los domingos, señalando detalles arquitectónicos que ella jamás habría notado por su cuenta —la manera en que la luz entraba por una ventana específica en una hora precisa de la tarde, el trabajo de cantería oculto detrás de una fachada moderna—, y ella le enseñaba a distinguir entre variedades de flores que él confundía sistemáticamente, riéndose cada vez que él llamaba "margarita" a cualquier cosa blanca con pétalos.
Recordaba, con una claridad que todavía dolía, la primera vez que él le dijo que la amaba: una noche de lluvia, parecida en su violencia repentina a la tormenta que acababan de compartir en el Aurelia diez años después, cuando se quedaron atrapados bajo el toldo de una tienda cerrada esperando que amainara, y él, sin ninguna preparación previa, sin ningún gesto romántico calculado, simplemente había dicho: "Te amo, Delaney.
Espero que esto no te asuste, pero necesitaba decírtelo antes de que la lluvia parara y volviéramos a fingir que esto es menos importante de lo que en realidad es. "
Habían tardado apenas cuatro meses en mudarse juntos, a un apartamento diminuto sobre una panadería que llenaba las mañanas del olor a pan recién horneado, y otros ocho meses más en que Silas le propusiera matrimonio en el mismo escenario vacío del Aurelia, con una linterna prestada iluminando apenas lo suficiente para que ella viera el anillo, sencillo pero elegido con un cuidado evidente, que él sacó del bolsillo de su abrigo.
Habían llegado a ese escenario gracias a Andrés, que entonces trabajaba como vigilante nocturno del edificio abandonado y que, a cambio de una caja de donas y la promesa de discreción absoluta, les había prestado una llave de la puerta lateral en más de una ocasión.
Esa noche particular, Silas había insistido en llevar consigo una manta y una botella de sidra caliente en un termo, alegando que "si voy a proponerte matrimonio en un teatro abandonado, al menos que no pasemos frío mientras lo hacemos", y Delaney recordaba haberse reído tanto de esa frase que casi no notó el momento exacto en que él se arrodilló sobre el polvo del escenario.
—Este edificio va a volver a tener vida algún día —le había dicho entonces, arrodillado sobre el polvo del escenario—. Y quiero que la primera cosa hermosa que pase aquí, cuando eso ocurra, sea el recuerdo de este momento. Cásate conmigo, Delaney.
Ella había dicho que sí antes de que él terminara la frase completa, y habían bailado sin música en ese escenario vacío durante casi una hora, riendo de la absurda perfección del momento, sin sospechar ninguno de los dos que apenas catorce meses después esa misma promesa terminaría rota sobre la mesa de una cocina, en forma de nueve palabras y media.
Los meses posteriores al compromiso habían sido, en la memoria de Delaney, los más felices de toda su vida adulta.
Habían empezado a planear la boda con una emoción casi infantil, discutiendo durante horas sobre flores —ella insistía en peonías, él prefería algo más silvestre, y habían terminado combinando ambas ideas de una manera que a ella todavía le parecía, en retrospectiva, el diseño más honesto que había creado en su carrera—, sobre el lugar exacto donde colocarían las mesas, sobre la canción que bailarían por primera vez como marido y mujer.
Silas había empezado a trabajar más horas en el estudio de su padre, ansioso por demostrar que podía sostener una familia con su propio esfuerzo, sin saber todavía que esas mismas horas extra lo pondrían en el camino directo del descubrimiento que terminaría destruyendo todos esos planes.
Delaney recordaba también las pequeñas rutinas domésticas que habían construido juntos en el apartamento sobre la panadería: los sábados por la mañana en que él le llevaba café a la cama —siempre negro para él, siempre con demasiada azúcar para ella, una broma recurrente entre ambos sobre sus gustos incompatibles—, las noches en que ella lo obligaba a probar nuevas recetas con flores comestibles que él fingía detestar antes de terminar pidiendo una segunda porción, los domingos enteros dedicados a no hacer absolutamente nada salvo estar juntos, algo que en ese momento le había parecido el lujo más simple del mundo y que, diez años después, entendía que había sido, en realidad, uno de los más raros.
Delaney se preguntó, recordando todo esto una noche de martes diez años después, si Silas también recordaba cada detalle con la misma precisión dolorosa.
Se preguntó si, durante los años en Chicago, alguna vez había pasado frente a un edificio antiguo y pensado en ella, en la promesa rota, en la vida entera que habían empezado a construir y que él mismo había decidido, unilateralmente, desmantelar.
No tuvo que preguntárselo directamente. La respuesta llegó, sin que ella la buscara, al día siguiente, cuando encontró a Silas de pie frente al escenario del Aurelia mucho antes de la hora acordada para la reunión, con una expresión perdida que ella reconoció de inmediato, porque era la misma que ella misma había llevado durante años cada vez que pasaba cerca de ese edificio.
—¿Sigues recordando esa noche? —le preguntó, acercándose sin que él la escuchara llegar.
Silas se sobresaltó, y por un momento su expresión reveló algo crudo, sin editar, antes de que pudiera recomponerse.
—Cada día que trabajo en este edificio —admitió—. Cada vez que subo a ese escenario, Delaney. No he podido evitarlo desde el primer día que volví.
—Yo tampoco.
Fue lo único que dijo, pero fue suficiente para que ambos se quedaran en silencio un buen rato, mirando el escenario vacío, cargando juntos por primera vez en una década el peso de una promesa que ninguno de los dos había logrado olvidar del todo.
* * *
Ese fin de semana, durante el almuerzo dominical con su padre que se había convertido en una costumbre casi obligatoria desde la revelación de Highlands Ranch, Delaney le contó a Walter, con más detalle del que había planeado originalmente, sobre la fotografía, sobre la tormenta, sobre la sensación extraña y persistente de que algo en ella se estaba abriendo de nuevo hacia Silas sin que ella hubiera dado un permiso consciente para que sucediera.
—¿Qué opinas? —preguntó, esperando quizás una advertencia cautelosa, dado que su padre había sido testigo directo de los años de reconstrucción que le habían costado superar la ruptura original.
Walter se tomó su tiempo antes de responder, cortando cuidadosamente un tomate de su propia huerta como si la respuesta necesitara ese ritual de concentración para formularse correctamente.
—Opino que pasé once años viendo a mi hija convertirse en una versión más cauta y más protegida de sí misma, y no sé si esa versión era mejor o simplemente más segura.
—Levantó la vista finalmente—. No te voy a decir qué hacer, Delaney.
Ya cometí el error de decidir cosas por ti una vez, guardando el secreto de Silas, y no pienso repetirlo.
Pero te voy a decir esto: la mujer que eras antes de esa boda que nunca sucedió tenía una luz que no he vuelto a ver del todo en ti, hasta esta semana, hablándome de una fotografía vieja con las mejillas sonrojadas como una adolescente. Haz con esa información lo que quieras.
—¿Y si me rompe el corazón otra vez?
—Entonces lo reconstruiremos otra vez, juntos, como hicimos la primera vez. Pero no dejes que el miedo a ese riesgo te robe la posibilidad de sentir algo real, hija. Ya perdiste diez años por decisiones tomadas desde el miedo. No hace falta perder más.
Delaney condujo de regreso a Denver esa tarde con las palabras de su padre resonándole en el pecho, sintiendo que, poco a poco, sin que ella lo hubiera planeado del todo, la coraza que había construido durante una década empezaba a mostrar grietas que ya no sabía si quería reparar.
Esa semana, trabajando en los arreglos florales de una boda ajena —una pareja joven, tan enamorada que casi resultaba doloroso de presenciar para alguien en su situación—, Delaney se sorprendió observando al novio mirar a su futura esposa con una expresión de asombro absoluto, como si no pudiera creer del todo su propia suerte, y sintió una punzada extraña, no de envidia exactamente, sino de un reconocimiento incómodo: así la había mirado Silas una vez, con esa misma mezcla de asombro y gratitud, antes de que todo se rompiera.
—¿Estás bien? —le preguntó Priya, notando su expresión distraída mientras terminaban de fijar el arco floral de la ceremonia.
—Estoy pensando en cuántas bodas he diseñado en los últimos diez años sin permitirme nunca imaginar la mía propia —admitió Delaney—. Como si darle demasiada atención a esa posibilidad fuera a maldecirla de alguna manera.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé qué pensar. Pero por primera vez en mucho tiempo, no descarto la posibilidad de plano.
Esa misma tarde, mientras terminaba de fijar el arco floral, Delaney se sorprendió tarareando la misma canción que había sonado en su propia boda planeada hacía diez años, una canción que llevaba una década sin poder escuchar sin sentir una punzada de dolor, y que hoy, por primera vez, le provocó únicamente un cosquilleo cálido de nostalgia, casi como si el dolor original hubiera empezado a transformarse en algo más suave, más manejable.