CAPÍTULO 8
El lunes siguiente, el equipo completo de restauración se reunió en el Aurelia para revisar el avance del techo del vestíbulo, y Delaney descubrió, con una mezcla de alivio y desconcierto, que trabajar junto a Silas después de la conversación del Café Linden se sentía distinto: no más fácil exactamente, pero sí más honesto, como si el peso de la verdad compartida hubiera despejado, al menos, el ruido de fondo de las mentiras a medias.
Marlow llegó a mitad de la reunión, cargando muestras de manteles para aprobar con el comité, y se sentó junto a Delaney con una mirada que dejaba claro que había notado el cambio en la dinámica entre ella y Silas casi de inmediato.
—Algo cambió —le susurró, mientras el resto del equipo discutía sobre iluminación—. Se te nota en la cara.
—No sé de qué hablas.
—Delaney, llevas quince minutos sonriendo cada vez que él habla, y ni siquiera te has dado cuenta.
—Hablamos el sábado. En el Café Linden. —Delaney bajó la voz todavía más—. Me contó todo, Marlow. La versión completa, sin editar. Y no sé qué hacer con lo que sentí escuchándolo.
—¿Y qué sentiste?
—Sentí que quizás, después de todo, no fue solo un cobarde que dejó de quererme. Fue alguien que cometió un error terrible tratando de hacer lo correcto de la peor manera posible. Y no sé si esa diferencia debería importar tanto como me está importando ahora mismo.
Marlow le apretó la mano brevemente, sin decir nada más, dejando que Delaney procesara sus propios sentimientos sin la presión de una opinión ajena, algo que Delaney agradeció en silencio mientras la reunión continuaba a su alrededor.
—Por cierto —añadió Marlow, cambiando deliberadamente de tema para darle un respiro—, el comité aprobó finalmente el menú de la gala.
Vamos a servir canapés de queso de cabra con higos, y para el brindis principal, prosecco en vez del champán original que habían propuesto, porque el presupuesto no daba para tanto lujo importado.
—El prosecco combina mejor con los tonos dorados del diseño de todos modos —comentó Delaney, agradecida de tener algo concreto y profesional en qué enfocar su atención—. El champán hubiera competido visualmente con las flores.
—Eso mismo le dije yo al comité, palabra por palabra. Deberían pagarme más por mi ojo estético, además de la logística.
Delaney se rio, sintiendo que la conversación trivial sobre bebidas y menús le devolvía, aunque fuera brevemente, algo de la normalidad que llevaba semanas buscando en medio de tanto peso emocional acumulado.
—Necesito tu opinión sobre algo —le dijo Silas esa tarde, cuando el resto del equipo ya se había ido, señalando una muestra de pintura dorada contra la pared del vestíbulo—.
El comité quiere que el color del techo restaurado combine con las guirnaldas que tú vas a instalar.
¿Cuál de estos tonos funciona mejor con tu diseño?
Delaney se acercó a examinar las muestras, consciente de la cercanía de Silas de una manera que hacía una semana la habría hecho retroceder instintivamente, pero que ahora, extrañamente, no le provocaba tanta alarma.
—Este —dijo, señalando un dorado más apagado, casi bronce—. El más brillante competiría con el terciopelo borgoña de las cortinas restauradas. Este otro deja que las flores respiren.
—Es exactamente lo que pensé, pero quería confirmarlo contigo antes de decírselo al comité.
—¿Desde cuándo confías en mi criterio de color?
—Siempre confié en tu criterio, Delaney.
—Silas la miró con una honestidad que la tomó desprevenida—.
Incluso hace diez años, cuando discutíamos sobre qué color pintar el apartamento que íbamos a compartir, siempre terminaba aceptando tus sugerencias, aunque fingiera resistirme solo para hacerte defender tu punto con más pasión.
—Eso es tramposo.
—Era divertido. —Una sonrisa genuina, la primera que ella le había visto desde su regreso, le iluminó la cara—. Me encantaba verte defender una idea con esa intensidad tuya. Todavía la tienes, por cierto. La intensidad.
Delaney sintió que el calor le subía por el cuello, y se apartó de la muestra de pintura con más brusquedad de la necesaria.
—Deberíamos seguir con el cronograma.
—Deberíamos —coincidió Silas, aunque su tono sugería que él tampoco tenía demasiada prisa por cambiar de tema.
Pasaron la siguiente hora revisando plazos, hombro con hombro sobre los planos extendidos en una mesa plegable, y Delaney notó, con una punzada de algo que no quiso examinar demasiado de cerca, lo fácil que seguía siendo trabajar junto a él: la manera en que anticipaba sus objeciones antes de que ella las formulara completamente, la manera en que su letra en los márgenes de los planos todavía se parecía exactamente a como la recordaba, inclinada hacia la derecha con una "s" que siempre parecía a punto de convertirse en otra letra.
Andrés los observó desde el fondo del vestíbulo esa tarde, apoyado contra su carrito de herramientas, con una sonrisa que no intentó ocultar cuando Delaney pasó a su lado de camino a la salida.
—¿Qué? —preguntó ella, deteniéndose.
—Nada. —Andrés se encogió de hombros, sin borrar la sonrisa—. Solo que hace una semana ustedes dos no podían estar en la misma habitación sin que el aire se sintiera como antes de una tormenta. Hoy los vi riendo juntos sobre un muestrario de pintura durante veinte minutos.
—Estamos siendo profesionales, Andrés.
—Claro que sí. —Su tono dejaba claro que no le creía ni una palabra, pero también dejaba claro que no tenía ninguna intención de presionarla más allá de esa observación—.
Solo digo que este edificio lleva quince años esperando que alguien le devuelva algo de vida.
Sería bonito que no fuera solo el yeso y la pintura lo que se restaura aquí.
Delaney no supo qué responder a eso, así que simplemente le sonrió y siguió su camino, con las palabras de Andrés resonándole en la cabeza durante el resto de la tarde.
En un momento, ya de vuelta junto a los planos, buscando una cinta métrica que se le había caído bajo la mesa, tanto ella como Silas se agacharon al mismo tiempo, y sus manos se rozaron brevemente sobre el suelo de mármol.
Ninguno de los dos apartó la mano de inmediato.
Se quedaron así, agachados, mirándose desde una distancia incómodamente corta, hasta que Delaney fue quien finalmente recogió la cinta métrica y se incorporó, con el corazón latiéndole de una manera que no podía atribuir únicamente al esfuerzo físico.
—Perdón —murmuró, sin estar del todo segura de por qué se disculpaba.
—No hay nada que perdonar —dijo Silas, con una voz más ronca de lo habitual.
Terminaron de revisar el cronograma en un silencio cargado de una tensión distinta a la de las semanas anteriores, una tensión que ya no se sentía como hostilidad contenida, sino como algo mucho más difícil de nombrar, y mucho más difícil de ignorar.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, cuando terminaron—. ¿Por qué nunca te casaste, en todos estos años en Chicago?
Silas se quedó callado un momento, sopesando la pregunta.
—Salí con algunas personas. Nada que durara más de unos meses.
—Se pasó una mano por el pelo, un gesto que Delaney reconoció con una punzada de familiaridad dolorosa—.
Siempre sentía que estaba comparando a todo el mundo con un fantasma, y no me parecía justo para nadie, incluyéndome a mí mismo.
Después de un tiempo, dejé de intentarlo del todo.
—Eso es triste, Silas.
—Lo es. Pero también es lo que elegí, con los ojos abiertos, cada vez que decidí no intentarlo de nuevo. —La miró directamente—. ¿Y tú? ¿Hubo alguien, en estos diez años?
—Hubo un par de intentos. Ninguno funcionó del todo. —Delaney se rio, sin mucha alegría en el sonido—. Marlow dice que tengo un problema para dejar entrar a la gente. Yo prefiero pensar que simplemente tengo estándares altos.
—O las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
—O las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo —repitió ella, y por un momento, algo parecido a la complicidad de hacía diez años flotó entre ambos, frágil pero innegablemente presente.
—¿Puedo confesarte algo ridículo? —dijo Silas, después de un momento—. Cada vez que veo una peonía en alguna tienda, todavía pienso en ti. Diez años, Delaney, y ni una sola vez he podido ver esa flor sin que mi cerebro haga automáticamente la conexión.
—Eso no es ridículo. Es simplemente cómo funciona la memoria a veces.
—Es ridículo porque compré peonías falsas una vez, en un aeropuerto, solo para tener algo que oliera remotamente parecido en mi apartamento de Chicago. Las tiré a la semana siguiente, avergonzado de mí mismo, pero durante esos siete días las miré todas las noches como un idiota sentimental.
Delaney se rio, una risa genuina que le sorprendió a ella misma por lo fácil que salió.
—Eso es lo más triste y lo más dulce que me has contado hasta ahora, en ese orden exacto.
—Me alegra poder ofrecerte ambas cosas al mismo tiempo.
Antes de despedirse esa tarde, Silas la acompañó hasta la puerta principal del Aurelia, un gesto pequeño que él nunca había hecho en las semanas anteriores, y que a Delaney no le pasó desapercibido.
—Gracias por lo de hoy —dijo él, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo—. Por dejarme demostrarte que todavía puedo ser bueno en mi trabajo, aunque sea una manera indirecta de intentar demostrarte otras cosas también.
—Eres bueno en tu trabajo, Silas. Eso nunca lo puse en duda.
—Lo sé. Pero es agradable que me lo confirmes de todos modos.
Se despidieron con una sonrisa breve, casi tímida por ambas partes.
* * *
Esa noche, ya en su apartamento, Delaney se sorprendió a sí misma sonriendo sin motivo aparente mientras preparaba la cena, algo que no le sucedía desde hacía tanto tiempo que tardó un momento en reconocer la sensación.
Se sirvió una copa de vino blanco, encendió las luces del pequeño jardín de su balcón, donde cultivaba desde lavanda hasta unas rosas obstinadas que se negaban a florecer del todo en el clima seco de Denver, y se permitió, por primera vez en semanas, pensar en Silas sin la armadura de precaución que llevaba puesta desde su regreso.
Recordó la manera en que él había defendido su elección de color frente al comité esa misma tarde, citando su criterio como si fuera un hecho indiscutible en vez de una opinión que pudiera cuestionarse.
Recordó la broma sobre la intensidad con la que ella defendía sus ideas, dicha con una ternura que no había esperado encontrar todavía en su voz.
Recordó, sobre todo, la facilidad con la que habían vuelto a caer en el ritmo de una conversación fluida, como dos instrumentos afinados a la misma frecuencia después de años de silencio.
Se preguntó si eso era peligroso. Se preguntó si estaba confundiendo la nostalgia de una vieja costumbre con algo real, o si lo real y la vieja costumbre eran, en su caso particular, exactamente la misma cosa.
No encontró una respuesta clara esa noche, pero tampoco sintió la necesidad urgente de encontrarla de inmediato.
Por primera vez en diez años, se permitió simplemente sentir la incertidumbre sin exigirse resolverla.