Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El miércoles por la mañana, antes de que el resto del equipo llegara, Delaney se encontró a Andrés fumando su único cigarrillo del día apoyado contra la fachada de piedra caliza del Aurelia, contemplando la marquesina todavía cubierta de lonas.

—Llevo treinta años en esta ciudad restaurando edificios viejos —le dijo, sin que ella le preguntara nada—, y nunca había visto una tensión como la de este lunes.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes. —Andrés le sonrió con la paciencia de un hombre que había visto demasiadas parejas discutir sobre planos a lo largo de su carrera—. Kane y tú tienen una historia. Se nota en cómo evitan mirarse cuando el otro habla.

—Es complicado.

—Todo lo bueno lo es. —Dio una última calada al cigarrillo y lo apagó contra la suela de su bota—.

Solo te digo una cosa, Delaney, y después me meto a trabajar y no vuelvo a mencionarlo: este edificio lleva cerrado quince años.

Se merece que la gente que lo está devolviendo a la vida no cargue con más fantasmas de los que ya tiene entre sus paredes.

Delaney se quedó pensando en esas palabras durante buena parte de la mañana, mientras organizaba muestrarios de tela y cuentas de cristal para las guirnaldas, preguntándose cuántos fantasmas, exactamente, estaba dispuesta a cargar durante las próximas seis semanas.

La segunda vez que se vieron fue en la reunión de coordinación del jueves, alrededor de una mesa plegable cubierta de planos y muestrarios de tela, con Andrés presidiendo desde la cabecera como si fuera una especie de árbitro reticente.

Silas llegó con dos carpetas y un vaso de café que, Delaney notó con una punzada de algo que se negó a llamar ternura, seguía siendo negro y sin azúcar, exactamente como lo tomaba diez años atrás.

—Bien —dijo Andrés, dando una palmada—. Vamos a repasar el cronograma. Kane, tú tienes la palabra sobre estructura.

Silas desplegó los planos con manos seguras.

Delaney había olvidado, o había decidido olvidar, lo bueno que era en esto: la manera en que hablaba de vigas y cargas y restauración de yeso histórico con una precisión que no era fría sino apasionada, como si el edificio le importara de verdad y no fuera solo un contrato más.

—El techo del vestíbulo principal —dijo él, señalando una zona del plano— tiene daños de humedad más serios de lo que esperábamos. Vamos a necesitar andamiaje ahí durante al menos dos semanas más de lo previsto.

—¿Dos semanas? —repitió Delaney, calculando cronogramas florales en su cabeza a toda velocidad—. Yo tengo pensado instalar las guirnaldas colgantes en esa zona exacta la semana anterior a la gala.

—Lo sé. Por eso lo estoy diciendo ahora, para que podamos reorganizar.

—¿Hay alguna manera de acelerar el trabajo del techo?

—Podría acelerarlo mal, y en dos años el moho volvería a comerse la instalación eléctrica que acabamos de poner. O podría hacerlo bien, y tú tendrías que rediseñar dónde cuelgas tus guirnaldas.

—No son "mis guirnaldas", Silas, son parte de un diseño integral que ya aprobó el comité del teatro.

—No estoy cuestionando tu diseño. Estoy cuestionando la física de un techo de mil novecientos veinticuatro.

—Bien. Entonces enséñame los números. —Delaney se cruzó de brazos—. Si vas a decirme que mi instalación tiene que esperar, quiero ver exactamente por qué, no solo confiar en tu palabra.

Silas no dudó. Sacó una segunda carpeta de su maletín y la abrió sobre la mesa, revelando un informe de humedad con fotografías detalladas de las vigas del techo, manchas oscuras que se extendían mucho más allá de lo que cualquiera hubiera adivinado desde el suelo.

—El agua entró por una grieta en el techo exterior hace probablemente quince años, y nadie la reparó porque el edificio ya estaba abandonado —explicó, señalando cada fotografía con precisión profesional—.

La madera bajo el yeso decorativo está comprometida en un radio de casi seis metros.

Si instalamos cualquier peso adicional ahí antes de reforzar la estructura, corremos el riesgo real de que algo colapse durante la gala, con doscientos invitados debajo.

Delaney estudió las fotografías en silencio, sintiendo que su irritación inicial se transformaba, a su pesar, en respeto profesional.

—¿Por qué no me mostraste esto desde el principio, en vez de simplemente decirme que había un problema?

—Porque pensé que ibas a discutir conmigo sin importar lo que te mostrara —dijo Silas, con una honestidad que la tomó por sorpresa—. Y tenía razón, hasta hace treinta segundos.

—Eso es insultante.

—Es preciso. —Una sombra de la vieja sonrisa, la que ella recordaba de hacía diez años, le cruzó la boca antes de desaparecer—. Siempre fuiste la persona más terca que conocí, Delaney. No creo que eso haya cambiado en una década.

—No estoy segura de si eso es un cumplido.

—Tómalo como quieras. —Guardó las fotografías de vuelta en la carpeta—. Pero el techo necesita las dos semanas extra, terca o no.

Andrés, sentado entre ambos, miraba la conversación como quien mira un partido de tenis con creciente incomodidad.

—¿Podemos —dijo, levantando una mano— hablar de esto sin que suene a que están discutiendo sobre otra cosa?

Silencio. Delaney sintió que el calor le subía por el cuello.

—No estamos discutiendo sobre otra cosa —dijo, con una calma que le costó fabricar—. Estamos discutiendo sobre un techo.

—Correcto —confirmó Silas, sin mirarla—. Un techo.

Terminaron la reunión con un compromiso razonable: Silas movería el andamiaje a un cronograma escalonado que le permitiría a Delaney acceder a la zona once días antes de lo que él hubiera querido, y ella aceptó rediseñar la altura de las guirnaldas para no interferir con los últimos retoques de yeso.

Fue, en términos objetivos, una negociación exitosa.

Fue, en términos de la presión arterial de Delaney, un desastre absoluto.

Se quedó a acomodar sus muestrarios después de que los demás se fueran, necesitando un minuto a solas antes de conducir de vuelta al estudio. No esperaba que Silas se quedara también.

—Oye —dijo él, desde la puerta, con las manos en los bolsillos del abrigo—. Sobre lo de hoy. No quiero que esto sea incómodo durante seis semanas.

—Ya es incómodo, Silas. Ha sido incómodo desde el lunes.

—Lo sé. —Se pasó una mano por la nuca, un gesto que ella recordaba de las noches en que él no encontraba las palabras para algo—. Solo quiero decir que puedo ser profesional. Que voy a ser profesional. No vine a Denver para remover nada.

—¿Y para qué viniste?

La pregunta salió antes de que pudiera contenerla, más filosa de lo que había planeado.

—Vine porque mi padre no puede hablar bien desde el derrame, y el estudio que lleva su nombre desde hace treinta y cinco años estaba a dos meses de perder su cliente más grande si alguien de la familia no se hacía cargo. Vine porque no había nadie más.

—Siempre hay una razón, ¿verdad? —dijo Delaney, y esta vez no logró que la amargura no se le colara en la voz—. Siempre hay una explicación perfectamente razonable para todo lo que haces, Silas. Excepto para lo único que en verdad me hubiera gustado que explicaras.

Él no respondió de inmediato. La miró con una expresión que ella no supo leer, algo entre el arrepentimiento y el cálculo, como si estuviera decidiendo cuánto terreno podía ceder sin que el suelo entero se abriera bajo sus pies.

—Ese día llegará —dijo finalmente—. No es hoy.

—¿Por qué no?

—Porque hoy discutimos sobre un techo, Delaney. Y ya es suficiente disgusto para una tarde de jueves.

Se fue antes de que ella pudiera exigirle una respuesta mejor, y Delaney se quedó de pie en el vestíbulo vacío del Aurelia, rodeada de andamios y lonas cubiertas de polvo de yeso, preguntándose por qué, después de diez años, la espalda de Silas Kane alejándose seguía provocándole el mismo nudo exacto en la garganta.

* * *

Aquella noche no pudo evitar que la memoria la arrastrara hacia atrás, hacia una tarde de hacía once años, cuando Silas todavía era un estudiante de arquitectura de veintitrés años con las manos siempre manchadas de grafito y una risa fácil que ella no había vuelto a escuchar desde entonces.

Se habían conocido en la boda de un primo lejano de Delaney, sentados por error en la misma mesa de solteros, y habían pasado toda la recepción inventando historias absurdas sobre los demás invitados —ese señor de la corbata verde era, según Silas, un espía retirado de la Guerra Fría; la tía abuela que bailaba sola en el centro del salón, según Delaney, una antigua bailarina del Bolshói exiliada por amor—.

Al final de la noche, él le había pedido su número escribiéndolo en la palma de su propia mano con un marcador que había tomado prestado del fotógrafo, porque no tenía papel, y ella se había reído tanto que casi no pudo dictarle los diez dígitos correctamente.

Seis meses después, él la había llevado a ver los planos del Aurelia por primera vez —el edificio llevaba entonces una década cerrado, mucho antes de que nadie pensara en restaurarlo— colándose una noche por una puerta lateral con una llave que Andrés, entonces un joven encargado de mantenimiento, les había prestado a cambio de una caja de donas.

Habían caminado por el escenario vacío con una linterna, y Silas le había dicho, con la seriedad absoluta de quien hace una promesa: "Algún día voy a devolverle la vida a este lugar.

Y cuando lo haga, quiero que tú estés aquí para verlo. "

Delaney se preguntó, tumbada en la oscuridad de su habitación diez años después, si Silas recordaba esa noche.

Si alguna vez, en los años que pasó en Chicago reconstruyendo la solvencia del estudio de su padre, se había acordado de esa promesa hecha con una linterna prestada y una caja de donas de por medio.

Y se preguntó, con una punzada que no supo si era esperanza o simple masoquismo, si el hecho de que ahora estuviera aquí, en este edificio exacto, significaba algo, o si era solo una coincidencia cruel más en una vida que ya tenía suficientes.

* * *

Silas condujo de regreso a su apartamento temporal esa noche con la radio apagada, incapaz de soportar ni siquiera el ruido de fondo de una emisora cualquiera.

Había ensayado esa conversación en su cabeza durante semanas, desde que su padre le confirmó que el proyecto del Aurelia incluía a Voss & Follaje entre los contratistas, y ninguno de los guiones que había imaginado se parecía en absoluto a lo que realmente había sucedido.

Había imaginado a una Delaney furiosa, gritándole, exigiéndole explicaciones a los gritos en el vestíbulo del teatro.

Había imaginado, con una vanidad que ahora le avergonzaba, a una Delaney todavía dolida de una manera que le permitiera a él, de alguna manera retorcida, sentirse todavía importante en su vida.

Lo que no había imaginado era esta versión de ella: contenida, filosa, profesional hasta el límite de lo soportable, tratándolo con la cortesía distante que uno reserva para un desconocido con quien se ve obligado a compartir un proyecto de trabajo.

Esa versión de Delaney le dolía más que cualquier grito que hubiera podido imaginar, porque le confirmaba lo que más temía: que ella había construido, en diez años, una vida completa donde él ya no ocupaba ningún espacio significativo.

Que el dolor que le había causado se había cicatrizado en algún punto del camino, dejando en su lugar no el rencor ardiente que él, en su culpa, sentía que merecía, sino algo peor: la indiferencia funcional de alguien que simplemente había seguido adelante.

Se preguntó, mientras aparcaba frente al edificio de ladrillo donde había alquilado un apartamento por seis semanas, si acaso no habría sido mejor así.

Si su plan original —cumplir el contrato, restaurar el edificio, y desaparecer de la vida de Delaney otra vez sin dejar más huella que un techo bien reparado— no habría sido, en el fondo, la opción más decente.

Pero incluso mientras se lo preguntaba, sabía que ya era demasiado tarde para esa clase de cobardía elegante.

La verdad sobre Highlands Ranch estaba a punto de salir a la luz, con él o sin su consentimiento, y Silas Kane, por primera vez en once años, no tenía ningún plan de escape preparado.