Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 3
11%

CAPÍTULO 3

El estudio de Delaney olía siempre a una mezcla específica de tierra húmeda, cera de abeja y el té de jazmín que su asistente, Priya, insistía en preparar cada mañana como si fuera un ritual sagrado.

Era un lugar pequeño, con las paredes de ladrillo visto y cubos llenos de flores esperando su turno, y era, según la definición de Delaney, el único sitio del mundo donde nada malo podía pasarle.

Había pasado la mañana entera diseñando la muestra de color para el arco central de la gala, un ejercicio que normalmente la relajaba pero que ese día se sentía como una batalla constante contra su propia mente, que insistía en regresar una y otra vez a la conversación del jueves con Silas.

Probó tres combinaciones distintas de ranúnculos borgoña y eucalipto plateado antes de decidir que ninguna capturaba del todo la opulencia dorada que quería evocar, y finalmente optó por incorporar ramas de higo silvestre, con sus hojas de un verde profundo casi negro, que le daban al conjunto una textura que ninguna flor por sí sola podía lograr.

Trabajar con las manos siempre había sido su refugio, desde que era adolescente y pasaba las tardes en el invernadero de su abuela aprendiendo los nombres de cada variedad, cada estación de floración, cada combinación de color que funcionaba y cada una que, por más bonita que pareciera en teoría, terminaba pareciendo forzada en la práctica.

Había algo profundamente honesto en las flores, pensó esa mañana, cortando tallos con una precisión casi meditativa: no fingían ser otra cosa que lo que eran, no ocultaban secretos durante una década, no desaparecían sin explicación tres semanas antes de un momento importante.

Simplemente florecían, se marchitaban, y volvían a florecer la temporada siguiente, sin ningún drama adicional.

Hasta que Marlow apareció el sábado por la tarde con dos vasos de sidra caliente comprada en el mercado de granjeros y una expresión que anunciaba una conversación seria.

—Vengo en son de paz —dijo, dejando uno de los vasos frente a Delaney, que estaba trenzando un arco de eucalipto y ranúnculos para una boda del mes siguiente—. Y con canela.

—Eso siempre es sospechoso.

—Holt me contó algo anoche.

Delaney levantó la vista.

—¿Sobre?

—Sobre el padre de Silas. —Marlow se sentó en el taburete alto junto a la mesa de trabajo, envolviendo las manos alrededor del vaso—. ¿Te acuerdas de que Holt hizo negocios con Kane & Asociados hace años, cuando todavía estaba armando su primera empresa de construcción?

—Vagamente.

—Bueno, aparentemente hubo un problema. Grande. Justo antes de que Silas se fuera. Algo relacionado con un proyecto que se cayó y dejó al estudio de los Kane al borde de la quiebra.

Delaney sintió que sus manos se detenían sobre el eucalipto.

—¿Qué tipo de problema?

—Holt no entró en detalles, y la verdad es que él tampoco sabe todo. Solo dijo que fue "feo", y que tu padre estuvo involucrado de alguna manera.

—¿Mi padre?

La voz de Delaney salió más aguda de lo que pretendía.

Su padre, Walter Voss, había pasado treinta años construyendo casas en los suburbios de Denver con una honestidad casi obstinada, el tipo de contratista que devolvía dinero si un trabajo costaba menos de lo presupuestado.

La idea de que estuviera enredado en algo "feo" con la empresa de los Kane, justo en la época en que Silas desapareció, le pareció al principio absurda.

Y después, lentamente, empezó a parecerle una pieza que encajaba en un rompecabezas que llevaba diez años incompleto.

—No sé más que eso —dijo Marlow, con cuidado—. Pensé que debías saberlo, antes de que sigas trabajando con él seis semanas más sin ninguna pista de lo que pasó realmente.

Delaney dejó el eucalipto sobre la mesa y le dio un trago largo a la sidra, que le quemó la garganta de un modo que agradeció.

—Diez años pensando que simplemente se asustó —dijo, casi para sí misma—. Que el compromiso lo abrumó, que encontró la salida más cobarde posible y la tomó. Y ahora resulta que quizás había algo más. Algo con mi propia familia de por medio.

—No sabemos si es cierto.

—Voy a averiguarlo.

—Delaney.

—No voy a montarle una escena, Marlow, tranquila.

—Se limpió las manos en el delantal, con una determinación que le devolvió algo de la calma perdida—.

Pero la próxima vez que Silas Kane me diga que "ese día llegará, pero no es hoy", voy a preguntarle exactamente cuándo piensa que será, porque yo ya cumplí diez años de paciencia y se me está agotando la reserva.

El domingo, antes de hacer esa llamada, Delaney se quedó un buen rato mirando una fotografía vieja que guardaba en el fondo de un cajón: ella, Silas y su padre, en una barbacoa familiar de hacía casi doce años, los tres riendo por algo que ya no recordaba, con Walter sosteniendo unas pinzas de asar como si fueran un cetro y Silas todavía con el pelo más largo y una camisa de cuadros que Delaney recordaba haberle regalado esa misma Navidad.

Su padre había querido a Silas, de eso no tenía ninguna duda.

Lo había tratado como al hijo que nunca tuvo, enseñándole a asar carne a la parrilla los domingos, prestándole herramientas cuando Silas todavía vivía en un apartamento diminuto de estudiante, riéndose con él de bromas que Delaney nunca terminaba de entender del todo.

La idea de que ese mismo hombre hubiera guardado un secreto de esa magnitud durante once años, por más nobles que fueran sus razones, le resultaba casi tan dolorosa como el secreto en sí.

Esa noche llamó a su padre, que vivía a cuarenta minutos de la ciudad con su segunda esposa y una huerta de tomates de la que estaba desproporcionadamente orgulloso.

—Papá —dijo, después del intercambio habitual sobre el clima y los tomates—, ¿alguna vez hiciste negocios con la empresa de Silas? Con Kane y Asociados, quiero decir, con el padre de Silas.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, breve pero denso, del tipo que solo existe cuando alguien está decidiendo cuánta verdad puede sostener una llamada telefónica de un sábado por la noche.

—¿Por qué preguntas eso ahora? —dijo su padre, finalmente, con una cautela que confirmó todo lo que Marlow le había insinuado.

—Porque Silas volvió a Denver. Está restaurando el Aurelia. Y alguien me dijo que tú estuviste involucrado en algo que pasó justo antes de que él se fuera.

—Delaney...

—Papá. Necesito que me digas la verdad. Llevo diez años pensando que fue solo miedo. Que simplemente no me quiso lo suficiente para quedarse. Si hay otra versión de esa historia, tengo derecho a conocerla.

Su padre suspiró, un sonido largo y cansado que ella conocía de las noches en que algo en la obra había salido mal y él tenía que decidir si repararlo con su propio dinero o dejar que el cliente perdiera la confianza en él.

—No por teléfono —dijo—. Ven a almorzar el domingo. Te lo cuento todo, lo que yo sé, que tampoco es todo. Pero no por teléfono, hija. Esto se merece una mesa y tiempo.

Delaney colgó con el corazón latiéndole en un ritmo desconocido, mezcla de miedo y algo parecido al alivio de saber, por primera vez en una década, que quizás la historia que se había contado a sí misma todos estos años nunca había sido la historia completa.

* * *

El sábado por la tarde, antes del almuerzo decisivo con su padre, Delaney tuvo que volver al Aurelia para supervisar la entrega de un cargamento de macetas de cerámica que Andrés le había pedido revisar antes de aceptarlas.

No esperaba encontrar a Silas ahí un fin de semana, y mucho menos solo, sentado en los escalones del escenario con los planos extendidos sobre las rodillas y una taza de chocolate caliente humeando a su lado, comprada sin duda en el puesto de la esquina que había abierto hacía poco.

—No sabía que trabajabas los sábados —dijo ella, sin poder evitar el tono de sorpresa.

—No trabajo. Vengo a pensar. —Levantó la vista de los planos—. Este lugar siempre tuvo ese efecto en mí.

—Lo recuerdo.

Las palabras se le escaparon antes de poder contenerlas, y por un segundo ambos se quedaron atrapados en el peso de esa frase compartida, en la memoria común de una noche con una linterna prestada que ninguno de los dos había mencionado en voz alta en diez años.

—¿Todavía tienes esa promesa en mente? —preguntó ella finalmente, señalando con la barbilla el escenario vacío—. La de devolverle la vida a este lugar.

Silas la miró con una sorpresa genuina, como si no esperara que ella recordara ese detalle específico entre tantos otros recuerdos que sí tenía derecho a haber olvidado.

—Es la razón por la que acepté este proyecto en particular, cuando mi padre me presentó la lista de contratos pendientes —dijo—. Pude haber delegado la supervisión a cualquiera de los otros arquitectos del estudio. Elegí venir yo mismo.

—¿Por qué?

—Porque hice una promesa aquí una vez, y aunque rompí muchas otras cosas, quería cumplir al menos esa.

Delaney sintió que el pecho se le apretaba de un modo incómodo, la irritación de los días anteriores mezclándose con algo más suave que no quería examinar de cerca todavía.

—No vine a reabrir nada, Silas. Vine a revisar macetas de cerámica.

—Lo sé. —Una sonrisa breve, casi tímida, le cruzó la boca—. Pero ya que estás aquí, ¿qué opinas de bajar la altura de la araña central dos metros? Creo que el efecto visual sería mejor para tus guirnaldas.

Y así, sin proponérselo, pasaron los siguientes veinte minutos hablando de alturas y ángulos de luz con una facilidad que ninguno de los dos esperaba, la vieja complicidad reapareciendo entre ellos como una lengua que ninguno había olvidado del todo, a pesar de los años sin practicarla.