Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Podrías, pero conozco a Silas Kane desde hace dos meses de reuniones de restauración, y créeme cuando te digo que es profesional hasta la médula. No va a hacer nada raro. Probablemente ni siquiera lo mencione otra vez.

—No es él quien me preocupa —dijo Delaney, hundiéndose en el sofá—.

Soy yo. Diez años, Marlow. Diez años pensando que ya lo había superado, y en cuanto lo vi entrar sentí exactamente lo mismo que sentí la última vez que lo vi, que fue —hizo una pausa, calculando— hace exactamente diez años, dos meses y once días, cuando dejó una nota en la mesa de la cocina y desapareció tres semanas antes de la boda.

—¿Todavía cuentas los días?

—No los cuento. Los recuerdo. Hay una diferencia.

—No la hay —dijo Marlow, con la ternura implacable de las mejores amigas—. Pero te quiero de todos modos.

Delaney se rio, a su pesar, y le dio un trago al vino que había jurado no terminar.

—¿Cómo estuvo, en persona? Además de insoportablemente igual de guapo, quiero decir.

—Callado. Cansado, quizás. Habló de su padre.

—¿Del derrame?

—Sí.

Marlow guardó silencio un segundo.

—Eso no lo sabía. Es raro pensar que también él está cargando con algo, ¿no? Uno tiende a imaginar que la gente que nos rompió el corazón sigue existiendo exactamente en el momento en que nos hizo daño, congelada ahí, sin vida propia después.

—Qué filosófica te has vuelto desde que te casaste.

—El matrimonio te da tiempo libre para pensar en las cosas, cuando no estás discutiendo con Holt sobre si el lavavajillas se carga de arriba hacia abajo.

Después de colgar, Delaney se quedó mirando el techo, donde el eucalipto seco proyectaba sombras alargadas contra el yeso.

Pensó en la nota. La conocía de memoria, aunque hacía años que no la sacaba de la caja de metal donde guardaba las pocas cosas que no había podido tirar: "No puedo hacer esto.

Lo siento más de lo que las palabras pueden decir.

No me busques, Delaney. Por favor." Nueve palabras y media.

Eso era todo lo que Silas Kane le había dejado después de tres años de noviazgo y catorce meses de compromiso.

Nueve palabras y media, y ahora él iba a pasar seis semanas restaurando un teatro a quince metros de donde ella trabajaba.

Se sirvió otra copa. Esta sí la terminó.

* * *

Al día siguiente, domingo, Priya la encontró en el estudio antes de las nueve de la mañana, algo que jamás sucedía, porque Delaney tenía una regla sagrada sobre no trabajar los domingos salvo que hubiera una boda esa misma tarde.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Priya, todavía con el abrigo puesto, dejando su bicicleta apoyada contra el escaparate—. No hay entregas hasta el martes.

—No podía dormir.

Priya, que tenía veintiséis años y una capacidad casi sobrenatural para detectar cuándo su jefa estaba mintiendo sobre su propio estado emocional, se quitó el abrigo despacio y se acercó a la mesa de trabajo, donde Delaney llevaba desde el amanecer deshojando rosas sin ningún propósito aparente, solo por tener las manos ocupadas.

—¿Es por el arquitecto nuevo? Marlow me contó algo ayer por mensaje. Algo sobre un ex prometido.

—Marlow tiene una boca enorme.

—Marlow te quiere, que es distinto. —Priya se sirvió té de una tetera que llevaba horas fría y se sentó frente a ella—. ¿Quieres hablar de eso o quieres que finjamos que estamos discutiendo variedades de peonía hasta que se te pase?

—La segunda opción, por favor.

Trabajaron en silencio durante una hora, clasificando muestras de tela para la boda de la semana siguiente, mientras el sol de octubre entraba oblicuo por el escaparate y dibujaba rectángulos de luz sobre el suelo de madera.

Fue Delaney quien rompió el silencio, finalmente, sin levantar la vista de las rosas.

—Estuvimos prometidos catorce meses. Íbamos a casarnos en una finca cerca de Boulder, con luces colgantes y un arco de glicinas que yo misma diseñé cuando todavía estaba estudiando diseño floral.

Tres semanas antes de la boda, desapareció.

Dejó una nota. Nueve palabras. Después de eso, nada.

Ni una llamada, ni una carta, ni una explicación cuando finalmente until logré ubicarlo por teléfono un mes después, porque colgó en cuanto escuchó mi voz.

—Dios, Delaney.

—Y ahora está restaurando el Aurelia. El mismo edificio donde voy a hacer la gala más importante de mi carrera. —Se rio, sin ninguna alegría en el sonido—. A veces pienso que el universo tiene un sentido del humor particularmente cruel.

—¿Cómo estuvo verlo?

Delaney pensó la respuesta con cuidado, sopesando cada palabra antes de decirla en voz alta, como si nombrarlas les diera un peso que prefería no otorgarles todavía.

—Como si no hubieran pasado diez años. Como si mi cuerpo entero decidiera ignorar una década completa de terapia y trabajo personal en cuanto lo vi entrar por esa puerta.

—¿Todavía sientes algo?

—Siento furia. Siento la vieja herida abriéndose otra vez como si nunca hubiera cerrado del todo. No sé si eso cuenta como "sentir algo" en el sentido que tú quieres decir, o si es simplemente el cuerpo reconociendo un trauma antiguo.

—A veces son la misma cosa —dijo Priya, con una sabiduría que le sobraba para sus veintiséis años—. El amor y el trauma comparten más vecindario del que a cualquiera nos gustaría admitir.