Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 1
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Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2)

Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2)

Por R.R. Sallow

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El Aurelia había sido, en su época dorada, el teatro de variedades más elegante de Denver, un templo art déco de mármol negro y dorados donde las estrellas del vodevil se presentaban ante audiencias vestidas de gala, y donde, según contaban las crónicas de la época, hasta un presidente había asistido a una función especial en mil novecientos veintiocho.

Había cerrado sus puertas en los años setenta, cuando el cine sonoro y después la televisión terminaron por vaciar sus butacas, y desde entonces había pasado por las manos de media docena de dueños que prometieron restaurarlo y nunca lo hicieron, hasta que un fondo de preservación histórica local finalmente reunió el dinero necesario para intentarlo en serio.

Delaney había presentado su propuesta para la gala de reapertura ocho meses atrás, compitiendo contra otros tres estudios de diseño floral de la ciudad, y había ganado con una visión que combinaba la opulencia original del edificio —guirnaldas colgantes que imitaban las lámparas de araña perdidas, arreglos en tonos borgoña y dorado viejo que hacían eco del terciopelo original de las cortinas— con un toque contemporáneo que, según el comité del teatro, era exactamente lo que necesitaban para atraer tanto a los mecenas de siempre como a una generación más joven de donantes.

El olor a peonías recién cortadas siempre le devolvía la calma, incluso en los días en que el resto del mundo parecía decidido a arruinarle el humor.

Delaney Voss llevaba tres horas de pie sobre el suelo de mármol ajedrezado del vestíbulo del Aurelia, con las manos manchadas de savia verde y un bocado de alambre florido entre los dientes, cuando el capataz de la restauración asomó la cabeza por la puerta principal y le dijo que el arquitecto ya había llegado.

—Dile que espere —respondió ella sin levantar la vista del arreglo—. O mejor, dile que se siente en alguna parte y admire el techo. Para eso le pagan, ¿no? Para admirar techos.

El hombre, que se llamaba Andrés y llevaba treinta años restaurando edificios en el centro de Denver, soltó una carcajada corta y volvió a desaparecer.

Delaney siguió trabajando. Faltaban cuarenta y dos días para la gala de reapertura del Aurelia, el viejo teatro de variedades de 1924 que la ciudad llevaba una década dejando morir de a poco, y ella había apostado la reputación de su estudio —Voss & Follaje, tres años de existencia, todavía con las cuentas más ajustadas de lo que le gustaría admitir— a que podía convertir ese cascarón polvoriento en el evento del año.

No había apostado, en cambio, a que el estudio de arquitectura contratado para supervisar la restauración fuera Kane & Asociados.

Ni a que el socio que se presentara en persona, con su chaqueta de lana cruzada y sus carpetas bajo el brazo, fuera Silas.

Lo supo antes de verlo. Lo supo por la manera en que el vestíbulo pareció encogerse, por el modo en que Marlow —que estaba sentada en un rincón con la tablet llena de contratos de catering— levantó la cabeza de golpe como si hubiera olido el peligro antes que ella.

—Delaney —dijo Marlow, bajando la voz—. Creo que deberías girarte despacio.

—¿Por qué? ¿Hay una araña?

—Peor.

Se giró. Y ahí estaba: diez años más alto de lo que lo recordaba, lo cual era absurdo, porque a los veinticuatro ya medía metro noventa, pero algo en la manera en que ocupaba el espacio lo hacía parecer más grande, más terminado.

El pelo oscuro más corto a los lados. La mandíbula más marcada.

Los mismos ojos color avellana que una vez la habían mirado como si ella fuera la única persona en cualquier habitación, y que ahora la miraban con la sorpresa helada de quien acaba de tropezar con un fantasma en horario de oficina.

—Delaney Voss —dijo él, y su voz sonó exactamente igual, ese registro grave que ella había pasado años fingiendo no recordar.

—Silas Kane —contestó ella, y se sorprendió de lo firme que le salió el nombre, considerando que por dentro sentía que alguien le había vaciado el estómago con una cuchara—. Qué casualidad tan poco casual.

Marlow, desde su rincón, se había levantado ya, dispuesta a intervenir si la situación lo requería, aunque no estaba del todo segura de qué forma tomaría esa intervención.

Conocía a Delaney desde la universidad, había sido testigo directo de los meses posteriores a la desaparición de Silas —las noches en que su amiga no podía dormir, los primeros intentos torpes de citas que terminaban en llanto en el estacionamiento de algún restaurante, la lenta y dolorosa reconstrucción de una mujer que había tenido que aprender de nuevo a confiar en su propio criterio—, y no tenía ninguna intención de quedarse callada si las cosas se ponían feas.

—Silas —dijo, acercándose con la tablet todavía en la mano, su voz cortante como solo podía serlo la de alguien que llevaba semanas coordinando presupuestos de catering con precisión militar—. Qué sorpresa verte aquí en persona.

—Marlow. —Silas la saludó con un gesto cortés, aunque su atención seguía anclada en Delaney—. No sabía que también estabas involucrada en el proyecto.

—Coordino la logística general de la gala. Y Delaney es mi mejor amiga, así que si esto va a ser un problema, prefiero saberlo ahora, antes de que firmemos los contratos de catering.

—No va a ser un problema —dijo Delaney, con más firmeza de la que sentía—. Somos profesionales adultos, Marlow. Podemos coordinar un evento sin que el pasado se interponga.

—No sabía que tú eras la diseñadora floral del proyecto.

Aquella misma noche, en la casa que Marlow y Holt compartían en el barrio de Cherry Creek, la conversación de la cena giró inevitablemente en torno a la misma sorpresa.

—No puedo creer que no me lo mencionaras —dijo Marlow, sirviéndose una copa de vino mientras Holt terminaba de preparar la pasta—. Sabías que Silas Kane iba a supervisar el proyecto del Aurelia y no dijiste una palabra.

—No sabía que Delaney estaba involucrada hasta esta mañana, cuando Silas me llamó para preguntarme, con una calma que a mí me pareció sospechosamente forzada, si sabía algo sobre quién había ganado el contrato de diseño floral.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije la verdad. Que sí, que era Delaney, y que si tenía algún problema con eso, más le valía resolverlo antes del lunes, porque ella no se iba a bajar del proyecto por él.

Marlow sonrió, a su pesar, orgullosa de su marido por haber defendido a su mejor amiga incluso en su ausencia.

—¿Cómo lo tomó?

—Con el mismo silencio incómodo con el que Silas Kane toma la mayoría de las cosas difíciles de su vida.

—Holt sirvió la pasta en dos platos y se sentó frente a ella—.

Conozco a ese hombre desde la universidad, Marlow, y te puedo asegurar que nunca superó lo de Delaney.

Ni siquiera cuando estaba en Chicago, saliendo con quien saliera, se le iba esa sombra de la cara cuando alguien mencionaba Denver.

—Eso no le da derecho a reaparecer y complicarle la vida otra vez.

—No, no se lo da. Pero tampoco significa que sea un villano de telenovela, Marlow. Es un hombre que cometió un error enorme siendo muy joven, y que lleva una década pagándolo. No sé si eso lo redime. Pero tampoco creo que sea tan simple como para clasificarlo de una sola manera.

—Y yo no sabía que tu padre te había dejado el estudio.

Algo cruzó la cara de Silas, algo rápido que ella no supo nombrar, y desapareció antes de que pudiera examinarlo.

—Mi padre tuvo un derrame hace ocho meses —dijo—. Ya no puede llevar el estudio. Volví hace tres semanas.

Delaney sintió que el suelo de mármol se movía un centímetro bajo sus pies, aunque no por compasión —o no solo por compasión—, sino por la palabra "volví", que implicaba que se había ido a alguna parte, que había existido durante diez años en un lugar que no era Denver, viviendo una vida entera de la que ella no sabía absolutamente nada, salvo por los rumores esporádicos que le llegaban de terceros: que estaba en Chicago, que le iba bien, que no se había casado.

Ese último dato se lo había guardado durante años como quien guarda una piedra afilada en el bolsillo, sin saber muy bien para qué.

—Lamento lo de tu padre —dijo, y era cierto, a pesar de todo.

—Gracias.

Se quedaron así, a tres metros de distancia, con Marlow fingiendo una concentración absoluta en su tablet y Andrés el capataz observándolos desde la escalera con la expresión de quien acaba de descubrir que el drama del día no iba a ser el problema de humedad en el sótano.

—Bueno —dijo Delaney, recuperando el alambre florido entre los dedos como si fuera un escudo—. Supongo que vamos a tener que trabajar juntos.

—Supongo que sí.

—No va a ser raro.

—Para nada —dijo Silas, y por primera vez algo parecido a una sonrisa, cansada y torcida, le cruzó la boca—. Va a ser absolutamente normal que la mujer con la que estuve a punto de casarme decore el edificio que estoy restaurando.

—Prometido —lo corrigió ella—. Estuvimos prometidos. Casarnos nunca llegó a pasar, si mal no recuerdo.

—Lo recuerdo perfectamente, Delaney.

Y en la manera en que dijo su nombre, bajo, casi arrepentido, ella entendió que las próximas seis semanas iban a ser mucho más largas de lo que marcaba el calendario.

* * *

Esa noche, en el apartamento que compartía con dos gatos y una cantidad preocupante de eucalipto seco colgado del techo, Delaney se sirvió una copa de vino tinto que no pensaba terminar y llamó a Marlow.

—Necesito que me digas que esto es una señal del universo para renunciar al proyecto —dijo en cuanto su amiga contestó.

—El universo no manda señales, Dee, manda contratos con cláusulas de penalización por incumplimiento —respondió Marlow—. Ya firmaste. Yo firmé. Holt firmó como inversor. No podemos retirarnos ahora sin perder el depósito y la mitad de nuestra credibilidad en esta ciudad.

—Podría fingir una enfermedad tropical.