Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 78
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CAPÍTULO 78

La mañana se levantó despejada en los despachos de la segunda planta, pero en el aire ya no flotaba la tensión de los interrogatorios ni el agobio de los plazos imposibles.

Sobre la gran mesa de juntas de la comisaría, los tomos definitivos de la macroauditoría del puerto reposaban cerrados, encuadernados con lomo negro y listos para ser entregados en la Fiscalía Anticorrupción.

Bárbara de Guzmán estaba de pie junto al ventanal, observando el trasiego de los patrulleros en el patio interior con las manos cruzadas a la espalda. Su característico traje gris plomo seguía impecable, pero en su rostro severo se adivinaba el rastro de una tregua firmada.

Lidia e Izan entraron juntos en la sala, con las carpetas personales bajo el brazo y una calma desacostumbrada en el cuerpo.

—Los expedientes de la dársena norte y los registros de las grúas ya están volcados en el servidor central del ministerio, comisaria —informó Lidia con voz firme, deteniéndose a un par de pasos de la mesa—. No queda ni un cabo suelto ni una sola factura sin auditar.

Bárbara se giró lentamente, desvió la mirada de los cristales y clavó sus ojos azules en los dos inspectores. Durante un segundo, la mujer que había llegado como una apisonadora implacable pareció suavizar la línea de los labios.

—Hicisteis un trabajo excelente, inspectora Barral.

Y usted también, subinspector Torres —reconoció la comisaria con sequedad, pero sin rastro de desdén en el tono—.

No era fácil sanear un nido de víboras como este sin que la comisaría entera terminara hundiéndose en el fango.

La fiscalía ha dado el caso por cerrado con el auto de procesamiento firme para todos los implicados.

Izan esbozó una media sonrisa, apoyando el peso en un pie.

—¿Significa eso que nos va a dejar respirar un poco y dejar de contar los minutos con cronómetro, comisaria? —preguntó con su habitual punto de ironía contenida.

Bárbara arqueó una ceja, recuperando al instante el rictus de autoridad.

—Eso dependerá de si aprenden a mantener los estándares de eficiencia sin necesidad de que yo les pise los talones, Torres —replicó ella con una pizca de agudeza—.

Pero por ahora... digamos que pueden volver a sus mesas habituales y cerrar los asuntos pendientes del año.

Quedan relevados de la comisión especial.

Lidia asintió, sintiendo cómo el último peso que arrastraba desde el inicio de la investigación se desvanecía por completo. El puerto volvía a ser simplemente el puerto, un lugar de marineros, barcos y marea baja donde la ley, al fin, caminaba sobre terreno firme.