CAPÍTULO 77
Esa misma tarde, con la brisa salada del puerto meciendo ligeramente las gaviotas sobre los tinglados, Lidia e Izan caminaban despacio por el muelle comercial.
Las grúas de carga se alzaban contra el cielo despejado de finales de verano, moviendo contenedores con una precisión mecánica que ya no despertaba ninguna sombra de sospecha.
—¿Te das cuenta? —dijo Izan de repente, deteniéndose junto a una de las barandillas de hierro pintadas de fresco y mirando hacia el horizonte donde el mar se fundía con el azul del atardecer—.
Hace unos meses este muelle parecía una trampa mortal.
Cada esquina olía a chanchullo, y ahora... no sé, hasta el aire parece otro.
Lidia se recostó contra la barandilla, cruzándose de brazos y dejando escapar un suspiro hondo y liberador.
El pulso del puerto latía a su ritmo normal, un compás de trabajo honrado, barcos mercantes entrando a tiempo y estibadores cumpliendo sus turnos sin la sombra alargada de los chanchullos de Bermúdez.
—Es lo que tiene limpiar la casa a fondo, Izan —respondió Lidia, esbozando una sonrisa sincera que le iluminaba el rostro—.
Aunque Bárbara de Guzmán sea un sargento de hierro y nos haya hecho sudar sangre con los balances, hay que reconocer que ha dejado los cimientos tan firmes que ya nadie podrá volver a corromperlos fácilmente.
Izan asintió en silencio, compartiendo esa extraña mezcla de alivio y satisfacción profesional. Habían sobrevivido a las amenazas, a los topos en su propia casa, a las persecuciones en la sierra y a los despachos oscuros que intentaban comprar su silencio.
En ese momento, el teléfono móvil en el bolsillo de Lidia vibró con fuerza.
Lo sacó de un rápido movimiento y echó un vistazo a la pantalla.
Era un mensaje directo de la comisaria: «Inspectora Barral, subinspector Torres.
Mañana a primera hora se presenta el informe final ante la Fiscalía General.
Traigan el café cargado; toca redactar el cierre definitivo de la unidad anticorrupción portuaria. No se retrasen» .
Lidia enseñó la pantalla a Izan, y ambos rompieron a reír a carcajadas frente al mar abierto. La pesadilla había terminado; la justicia, por fin, había ganado la partida.