Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 76
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CAPÍTULO 76

Dos semanas después de las detenciones de Garrigós y Morales, el ambiente en la segunda planta de la comisaría de Puerto de la Roca era irreconocible.

El aire viciado del miedo y el silencio cómplice se había disipado, reemplazado por el teclear constante de los ordenadores y un ritmo de trabajo que, aunque seguía siendo intenso, ya no ahogaba.

Lidia recogía con calma los últimos expedientes sueltos sobre su mesa provisional, metiéndolos ordenadamente en una carpeta de cartón.

A través del cristal, vio pasar a Bárbara de Guzmán con su impecable traje gris, cruzando el pasillo hacia su despacho con paso firme y la vista fija en la siguiente auditoría.

Aunque la comisaria seguía sin regalar una sola sonrisa ni bajar la guardia, su presencia se había convertido en el cimiento más sólido que la unidad había tenido en años.

Izan apareció por la puerta del despacho con una taza de café en la mano, apoyándose perezosamente en el marco mientras observaba a su compañera.

—¿Preparando el traslado definitivo de vuelta a tu mesa de siempre? —preguntó el subinspector, con una media sonrisa relajada en los labios.

Lidia suspiró, cerrando la carpeta con un golpe suave y levantando la vista hacia él.

—Ya era hora. Sinceramente, pensé que el despacho auxiliar iba a quedarse grabado en mi espalda para siempre —respondió la inspectora, estirando los brazos por encima de la cabeza para quitarse la tensión acumulada—.

Aunque, bien pensado, trabajar bajo las órdenes de la general de hierro nos ha curtido más que cinco años en la academia.

—Eso seguro —asintió Izan soltando una ligera carcajada—. Lo bueno es que ahora, cada vez que bajemos al muelle o revisemos un pliego de contratación, nadie se atreverá a tosernos.

Lidia cogió su carpeta y se puso en pie, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el peso del puerto ya no caía exclusivamente sobre sus hombros.

—Vamos a dar una vuelta por las dársenas antes de que acabe la mañana —propuso Lidia, cogiendo su gabardina del respaldo—. Esta vez, para comprobar que todo marcha bien de verdad.

Los dos salieron juntos al pasillo, dejando atrás los despachos limpios de corrupción y listos para empezar una etapa donde la ley, por fin, volvía a pertenecer a quienes cumplían con su deber.