CAPÍTULO 75
La sala de juntas se había convertido en el epicentro de un terremoto judicial sin precedentes en la historia reciente de Puerto de la Roca.
Sobre la mesa de roble, antes ocupada por la vacilante defensa de los mandos intermedios, reposaban ahora los extractos bancarios certificados, los listados de transferencias y los informes patrimoniales que el ministerio había desbloqueado a medianoche.
La nueva comisaria Bárbara de Guzmán presidía la mesa con la solidez de una jueza implacable, sosteniendo una tablet en la mano izquierda mientras señalaba con el índice las dos líneas clave del documento proyectado en la pantalla grande.
Lidia e Izan se mantenían de pie a su lado, observando cómo los rostros de los inspectores Garrigós y Morales —los dos mandos veteranos que llevaban días intentando mantener una fachada de fingida tranquilidad— pasaban del color cetrino al blanco absoluto.
—Creo que ya no hace falta seguir perdiendo el tiempo con coartadas sobre protocolos operativos y obediencia ciega, caballeros —comenzó Bárbara, con una voz cortante que no admitía réplica—.
Las firmas electrónicas de estas cuentas offshore vinculadas a la trama del puerto no pertenecen a fantasmas.
Son suyas. Del inspector Garrigós y del subinspector Morales.
El silencio que siguió a la acusación fue tan profundo que pareció ahogar el zumbido de los fluorescentes del techo. Garrigós abrió la boca para protestar, intentando aferrarse a los restos de su autoridad, pero el temblor en sus labios lo traicionó antes de emitir sonido alguno.
—Comisaria, esto es un error... Nosotros solo... —balbuceó Morales, encogiéndose en la silla como si el respaldo se hubiera vuelto de plomo.
—No hay ningún error, subinspector. Lo único que hay es un delito continuado de cohecho, blanqueo de capitales y prevaricación administrativa que os va a costar el uniforme y unos cuantos años a la sombra —sentenció la comisaria, sin levantar la voz ni perder ni un ápice de su compostura glacial—. Izan, proceda a la detención.
Izan dio un paso al frente, con el rostro serio y los grilletes ya listos en la mano.
Miró fugazmente a Lidia, sabiendo que con aquel último golpe la comisaría quedaba por fin limpia de raíz.
La tormenta había pasado por completo, dejando tras de sí un horizonte despejado donde la ley volvía a tener el peso que nunca debió perder.