CAPÍTULO 73
Izan cruzó el umbral del despacho antes de que se cumpliera el plazo de los cinco minutos, con el rictus serio y una taza de café humeante en la mano que dejó de interesarle en cuanto vio el panorama.
Bárbara de Guzmán seguía de pie junto a la mesa de Lidia, hojeando con una velocidad pasmosa los primeros folios de los albaranes que la inspectora le había tendido por pura supervivencia laboral. Ni siquiera levantó la vista cuando el subinspector cerró la puerta a sus espaldas.
—Subinspector Izan Torres, me figuro —soltó la comisaria sin apartar los ojos de los números, pasando la página con un crujir de papel que sonó a sentencia—.
Me han dicho que usted lleva el peso operativo de la calle junto a la inspectora Barral.
Espero que su eficacia sobre el terreno sea algo más rápida que su puntualidad, porque aquí venimos a contrarreloj.
Izan dio dos pasos hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo de la silla libre frente a Lidia, y miró a la nueva superior con una mezcla de sorpresa contenida y desafío sordo.
No estaba acostumbrado a que le leyeran la cartilla de esa manera en su propia casa y menos por alguien que parecía salida de una notaría del Paseo de la Castellana.
—La puntualidad no era el problema, comisaria; estábamos cruzando los últimos registros de las dársenas antes de que los mandos intermedios intenten borrarlos del servidor —respondió Izan con voz firme, sin bajar la barbilla—.
Y por lo que veo en su tono, usted tampoco ha venido a perder el tiempo tomando café.
Bárbara detuvo al fin la lectura. Levantó lentamente la cabeza, clavando sus ojos de hielo en los de Izan.
Durante unos segundos, el aire en el despacho pareció volverse irrespirable, una batalla silenciosa de voluntades entre el pulso curtido en el asfalto del puerto y la apisonadora burocrática del ministerio.
—El café, subinspector, déjelo para los domingos si es que le sobra tiempo libre —replicó la comisaria con una precisión quirúrgica, esbozando una sonrisa gélida—.
No estoy aquí para hacer amigos ni para premiar la veteranía mal entendida.
He venido a destripar cada contrato corrupto que haya pasado por esta comisaría en los últimos cinco años.
Así que, si tienen estómago para mirar los números reales, cojan asiento.
Si no, la puerta sigue abierta para pedir el traslado.
Lidia cruzó una rápida mirada de reojo con Izan.
Ninguno de los dos abrió la boca, pero el mensaje común quedó flotando en el ambiente: aquella mujer no iba a ser una aliada cómoda, pero con una fiscalizadora así de implacable en el puente de mando, a los corruptos que aún quedaban sueltos en el puerto no les iba a quedar ni un rincón donde esconderse.