Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

El murmullo habitual de la segunda planta de la comisaría de Puerto de la Roca se extinguió de golpe a primera hora de la mañana, mucho antes de que el café de la máquina terminara de calentar.

No hizo falta ninguna orden de silencio ni ningún grito de advertencia en el pasillo; bastó el sonido seco y rítmico de unos tacones de aguja sobre el suelo de terrazo para que los agentes que pululaban por los pasillos se apartaran de inmediato, pegando la espalda a la pared como si un frente frío hubiera atravesado de pronto las puertas acristaladas.

La nueva comisaria no entró arrastrando los pies ni pidiendo permiso.

Cruzó el dintel con la seguridad aristocrática de quien pisa un territorio que ya ha sido tasado, inventariado y puesto a su nombre.

Llevaba un traje sastre gris plomo de corte impecable, una gabardina ligera perfectamente abotonada sobre los hombros y el pelo recogido en una coleta tan tirante que parecía desafiar la gravedad.

Era joven para el cargo, apenas rozaba los cuarenta, pero su mirada —de un azul glacial y absolutamente desprovista de curiosidad— intimidaba más que la de cualquier veterano curtido en mil redadas.

Avanzó por la zona de los despachos abiertos sin mirar a los lados, seguida de cerca por un maletín de piel rígida que llevaba en la mano derecha.

Se detuvo justo ante el despacho provisional de Lidia, donde la puerta de cristal permanecía entreabierta.

Ni siquiera llamó; empujó la madera con la punta de los dedos y cruzó el umbral.

Lidia, que estaba revisando unos albaranes junto a la mesa, levantó la vista de golpe, con el ceño fruncido por la intrusión.

La recién llegada se plantó en el centro de la estancia, plantando los talones con firmeza, y recorrió la habitación con una displicencia estudiada antes de clavar sus ojos en la inspectora Barral.

—Inspectora Barral, supongo —dijo con una voz de contralto, nítida, perfectamente modulada y fría como el hielo—. Soy la comisaria Bárbara de Guzmán. He venido a hacerme cargo de la reestructuración de esta unidad por orden directa de la Dirección General y la Fiscalía Anticorrupción.

Lidia se quedó un segundo en silencio, evaluando a la mujer que tenía en frente. No había rastro en ella del compadreo local ni de la fatiga del puerto; aquello olía a despacho ministerial y a auditoría de balance económico.

—No esperábamos el nombramiento hasta la semana que viene, comisaria —respondió Lidia, manteniendo el tipo y cruzando los brazos sobre el pecho con prudencia—. El despacho del fondo todavía está precintado tras la detención de Bermúdez.

Bárbara de Guzmán esbozó una media sonrisa que no llegó a tocarle los ojos, un gesto puramente mecánico y carente de calidez.

—El despacho del fondo me importa lo mismo que las vistas al mar, inspectora Barral.

Los despachos no limpian las cuentas ni devuelven la legalidad a los pliegos de contratación —sentenció, dejando caer su maletín sobre una silla libre con un golpe seco—.

Tráigame ahora mismo todos los expedientes de seguridad de las dársenas del último año y medio.

Y que se presente el subinspector Torres en esta mesa en menos de cinco minutos. Empezamos a descontar tiempo.