CAPÍTULO 71
La puerta de la sala de juntas se cerró con un chasquido suave tras la salida del último inspector, dejando a Lidia y a Izan solos con el eco de sus propias palabras. Ninguno de los mandos había osado rechistar más, conscientes de que el margen de maniobra se había desvanecido.
Lidia dejó caer el bolígrafo sobre la mesa con un suspiro de alivio y se frotó la nuca, sintiendo que la tensión acumulada durante la mañana empezaba a pasarle factura en los músculos.
—Bueno, pues la primera toma de contacto ya está hecha —dijo la inspectora, recostándose en su silla y mirando a su compañero con una media sonrisa—. Al menos ya saben que no vamos a venir a disimular los expedientes.
—Han tragado saliva, pero esto no ha hecho más que empezar —advirtió Izan, levantándose por fin de la silla para estirar las piernas y acercarse al ventanal que daba al puerto—.
Limpiar la cúpula de la comisaría va a requerir horas y horas de cruzar datos entre los albaranes de las dársenas y los registros bancarios que nos dio el juez.
—Lo sé —respondió Lidia, poniéndose en pie y uniéndose a él junto al cristal—.
Pero lo urgente ahora, antes de meternos en el fango de los papeles, es saber quién va a ocupar el despacho del comisario de forma oficial.
El juez Vidal nos dio el mando temporal para la reestructuración, pero esta comisaría no puede funcionar a largo plazo con un parche provisional.
Tendrán que mover ficha desde Madrid para nombrar a alguien de confianza que sustituya a Bermúdez por la vía reglamentaria.
Izan asintió despacio, contemplando cómo los barcos de pesca comenzaban a salir de nuevo hacia mar abierto conforme caía la tarde.
—Y más vale que el perfil que envíen del ministerio sea limpio de verdad —añadió el subinspector con tono serio—, porque como nos manden a otro burócrata de despacho dispuesto a mirar hacia otro lado a cambio de contratos amañados, la purga que acabamos de empezar no habrá servido absolutamente para nada.