Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

Diez minutos más tarde, el silencio en la sala de juntas de la comisaría de Puerto de la Roca era tan espeso que se podía oír el zumbido del proyector apagado al fondo de la estancia.

Alrededor de la larga mesa de roble se congregaban media docena de mandos intermedios e inspectores de sección.

Las expresiones oscilaban entre la cautela defensiva y la inquietud manifiesta; muchos de ellos habían colaborado durante años con Bermúdez, ya fuera por complicidad directa o por el simple y cómodo hábito de mirar hacia otro lado.

Lidia ocupó la cabecera de la mesa con el pliego judicial abierto frente a ella. Izan se mantenía sentado a su lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en los rostros que tenían enfrente.

—Buenos días a todos —comenzó Lidia, sin preámbulos ni tonos conciliadores innecesarios—.

Supongo que ya sabéis por qué estáis aquí.

El comisario Bermúdez ha sido apartado de sus funciones de manera cautelar, y la cúpula directiva corporativa del puerto se encuentra en este preciso instante en prisión preventiva sin fianza.

Un murmullo sordo recorrió la sala. El inspector jefe de operaciones, un veterano con más de veinte años en la casa llamado Garrigós, carraspeó antes de atreverse a intervenir, cruzando las manos sobre la mesa.

—Inspectora Barral, con todo el respeto...

Lo que ha ocurrido arriba nos ha pillado por sorpresa a todos —intentó justificar Garrigós, adoptando una postura defensiva—.

Nosotros éramos operativos, cumplíamos órdenes directas de la dirección y firmábamos los partes según los protocolos establecidos.

Si ha habido irregularidades arriba, escapan de nuestra competencia.

Izan intervino con una calma quirúrgica, inclinándose ligeramente sobre la mesa sin apartar la vista del veterano inspector.

—Ese argumento de que solo se seguían órdenes dejó de valer el día en que los dosieres sobre el desvío de partidas y las inspecciones amañadas empezaron a acumularse en los cajones, Garrigós—le cortó el subinspector sin levantar la voz, pero con absoluta contundencia—.

Nadie os pide que paguéis por lo que no habéis hecho, pero se acabó el mirar hacia otro lado.

Lidia levantó la vista del documento judicial y recorrió con la mirada a cada uno de los presentes, deteniéndose en los rostros más pálidos.

—El juez Vidal nos ha otorgado el mando temporal de la reestructuración de esta comisaría.

Eso significa dos cosas muy claras —prosiguió la inspectora con tono gélido—.

Primera: vamos a auditar cada expediente, cada contrato de seguridad y cada registro de las dársenas desde el primer hasta el último día del año pasado.

Segunda: cualquiera que tenga algo que ocultar, cualquier firma falsa que esté tapando un soborno, tiene exactamente veinticuatro horas para venir a este despacho, poner las cartas sobre la mesa y acogerse a la colaboración voluntaria con la fiscalía.

Un silencio sepulcral volvió a tragarse las objeciones en la sala. Nadie se atrevió a replicar. Los rostros de los inspectores reflejaban el peso exacto de saber que la tormenta ya había entrado por la puerta principal y que, esta vez, no habría despachos donde esconderse.