Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

La tensión en la sala de guardia era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo.

Mientras el agente judicial se retiraba tras dejar claras las nuevas directrices, Lidia caminó con paso firme hacia el despacho principal, el mismo que hasta hacía pocos días había ocupado el comisario Bermúdez.

Izan la seguía de cerca, flanqueando la entrada con la autoridad que confería el pliego firmado por el juez Vidal.

A través de las mamparas de cristal translúcido, se vislumbraba la silueta de Bermúdez moviéndose con nerviosismo tras su mesa, sujetando el teléfono con una mano mientras ojeaba unos expedientes con la otra.

Al ver aparecer a Lidia e Izan al otro lado del umbral, el comisario colgó bruscamente y se puso de pie, con el rostro desencajado por la mezcla de sorpresa e indignación.

Bermúdez abrió la puerta de un empujón, dispuesto a hacer valer su jerarquía antes de que la realidad le golpeara de frente.

—¿Se puede saber qué significa este circo, Barral?

—bramó el comisario, intentando mantener una autoridad que ya se le escurría entre los dedos—.

Desaparecéis de vuestros puestos, ponéis la comisaría patas arriba con filtraciones y ahora volvéis escoltados por un agente judicial como si fuerais los dueños del puerto.

¡Estáis suspendidos de empleo y sueldo desde el primer día que os fuisteis a la fuga!

Lidia se detuvo a un paso de él, cruzando los brazos con una tranquilidad pasmosa que desarmó por completo el arranque de furia de su superior.

—La única suspensión que existe aquí, comisario, es la de la antigua directiva —respondió la inspectora con voz clara, sin levantar la voz, pero con la firmeza de quien tiene la ley de su parte—.

Los dosieres que intentó enterrar ya están sobre la mesa del juez Vidal.

Los registros en las dársenas han terminado y la cúpula corporativa está en prisión preventiva sin fianza.

Izan dio un paso al frente, mostrando el documento oficial firmado por la fiscalía anticorrupción y extendiéndolo ante los ojos de Bermúdez.

—Y por orden expresa de la judicatura, este puesto queda bajo nuestra supervisión temporal para auditar la gestión y sanear la unidad —añadió el subinspector, clavando sus oscuros ojos en el comisario—.

Así que le sugiero que recoja sus efectos personales de la mesa con calma.

Tiene una notificación de la fiscalía esperándole en la planta baja.

Bermúdez miró el sello oficial del documento, palideciendo a medida que asimilaba que el blindaje bajo el que había operado durante años se acababa de desmoronar por completo.

Sus labios temblaron un instante, intentando articular una última amenaza que ya no tenía ningún peso.

Al final, con los hombros caídos y derrotado por el peso de las pruebas, dio media vuelta hacia su despacho para recoger sus cosas en completo silencio.