CAPÍTULO 67
El vehículo oficial del juzgado los dejó en la misma puerta lateral del complejo policial de Puerto de la Roca a primera hora de la mañana del día siguiente.
El sol mediterráneo ya brillaba con fuerza sobre el asfalto de los muelles, reflejándose en las grúas y en las cubiertas de los pesqueros que faenaban a lo lejos, pero el aire que se respiraba en el exterior de la comisaría seguía cargado de una tensa expectación.
Lidia ajustó la correa de su bolso al hombro, respiró hondo sintiendo el familiar olor a salitre mezclado con el combustible de los barcos, y miró a Izan.
—Bueno, subinspector... ¿Preparados para pasar lista? —preguntó con una media sonrisa en los labios, mezcla de ironía y determinación.
—Más que preparado —respondió Izan, acomodándose la chaqueta y esbozando una mueca de seguridad—. Peor que cuando nos perseguían por la sierra no creo que nos traten. Vamos a entrar.
Al cruzar las puertas acristaladas del edificio, el bullicio habitual de la sala de guardia se desvaneció de golpe.
Los corrillos de agentes que charlaban junto a las máquinas de café se detuvieron en seco.
Las miradas se clavaron instantáneamente en ellos: algunos rostros reflejaban una profunda estupefacción al verlos aparecer con vida y de vuelta tras semanas dados por desaparecidos o huidos; otros, los más cercanos a la antigua cúpula directiva, palidecieron visiblemente.
Antes de que nadie pudiera articular palabra o acercarse con preguntas indiscretas, un agente judicial con una carpeta oficial bajo el brazo salió raudo del despacho principal y se plantó en el centro de la estancia principal.
—Inspección y control. Requerimos la presencia inmediata de los mandos en funciones y la entrega de los búnkeres de documentación —anunció el funcionario con voz alta y clara, antes de girarse hacia Lidia e Izan y asentir con respeto—.
Inspectora Barral, subinspector Torres. El juez Vidal les otorga el mando provisional de la reestructuración. Tienen vía libre.
El silencio que siguió a las palabras del emisario judicial fue absoluto.
Lidia avanzó por el pasillo central, sintiendo cómo los cuchicheos comenzaban a propagarse a su espalda, pero esta vez con la certeza absoluta de que Puerto de la Roca volvía a pertenecer a quienes de verdad cumplían con la ley.