CAPÍTULO 66
La última noche en el piso franco transcurrió sin las sombras de la incertidumbre, pero con la mente puesta en el inminente regreso.
Al día siguiente, a primera hora de la mañana, un mensaje en el teléfono encriptado confirmó que el coche oficial los recogería para una última visita breve al despacho del juez Vidal antes de emprender el viaje de vuelta a la costa.
El trayecto fue corto. Cuando cruzaron de nuevo el umbral del despacho principal, el magistrado los recibió con la cercanía de quien da por concluida una misión compartida con éxito.
—Imagino que ya tenéis la maleta lista y la cabeza dando vueltas sobre qué os espera al cruzar la puerta de vuestra comisaría en el puerto —dijo el juez Vidal, cruzando los brazos sobre mesa con una media sonrisa—.
Decidme, ¿qué tenéis pensado hacer? ¿Queréis solicitar un traslado o estáis dispuestos a volver a limpiar vuestra casa desde dentro?
Lidia dio un paso al frente, apoyando las manos en el borde del escritorio con decisión.
—Señoría, esa es precisamente la cuestión que nos trae aquí —comenzó la inspectora, intercambiando una mirada rápida con Izan—.
Antes de firmar nuestro reingreso efectivo en Puerto de la Roca, necesitamos saber qué va a pasar con los mandos intermedios y, sobre todo, con el comisario Bermúdez.
No podemos volver a ciegas a una unidad donde la estructura de mando está totalmente bajo sospecha.
¿Consta en los sumarios si Bermúdez era parte activa de la trama o solo un peón negligente?
Vidal soltó un suspiro pausado, abrió uno de los cajones laterales y extrajo un folio con anotaciones recientes.
—La investigación patrimonial y las escuchas que habéis aportado arrojan luz sobre eso, inspectora —respondió el magistrado con tono institucional—.
El comisario Bermúdez no figura en los listados de reparto directo de sobornos, pero las pruebas demuestran una negligencia deliberada y una connivencia absoluta con la cúpula para silenciar vuestros informes internos.
En cuanto pongáis un pie en el puerto, os encontraréis con una orden de sustitución provisional para la dirección.
Izan, que había permanecido en silencio observando al juez, asintió con gesto firme.
—Eso responde a muchas dudas, pero nos deja en una situación delicada con el resto de los compañeros. Si volvemos sin un respaldo claro de la judicatura, la tensión con los agentes que defendían a ciegas la antigua gestión va a ser insostenible.
El juez Vidal esbozó una sonrisa comprensible, cogió su estilográfica y firmó un documento adicional antes de entregárselo a Lidia.
—Por eso mismo os cité hoy aquí. Este pliego otorga a ambos la supervisión temporal de la reestructuración operativa de la comisaría durante los próximos tres meses —concluyó el magistrado con rotundidad—.
Vais a volver a vuestra ciudad, pero no como simples agentes huidos, sino con la autoridad absoluta de la fiscalía anticorrupción para depurar responsabilidades y reconstruir el equipo desde los cimientos.
El mar os espera, pero primero toca limpiar la cubierta.