CAPÍTULO 65
Tras salir de las escalinatas principales del complejo judicial, el secretario del juez Vidal los aguardaba junto a un coche oficial. Al verlos dudar con la documentación bajo el brazo, se acercó con una ligera sonrisa.
—El magistrado me ha pedido que los lleve de vuelta al piso franco hasta mañana —les indicó el asistente, abriendo la puerta trasera del vehículo—.
Ya sé que el operativo de aislamiento ha concluido oficialmente tras la firma, pero considera que merecen pasar una última noche tranquila y organizar el equipaje antes de emprender el viaje de regreso a la costa.
Lidia e Izan intercambiaron una mirada de agradecimiento y subieron al coche sin dudarlo. El trayecto de vuelta a la zona residencial transcurrió en un silencio reflexivo, con la sensación de que, aunque la pesadilla legal había terminado, todavía quedaba mucho terreno por recorrer.
Una vez instalados de nuevo en la tranquilidad del apartamento, con la luz dorada de la tarde colándose por los ventanales, ambos se dejaron caer en el sofá de la sala de estar. El peso de los últimos meses se disipaba por fin, dando paso a las dudas sobre el futuro inmediato.
—Bueno, supongo que el juez tiene razón: tenemos unas horas para decidir qué vamos a hacer exactamente en cuanto pongamos un pie de nuevo en Puerto de la Roca —rompió el silencio Lidia, dejando la carpeta sobre la mesita baja y frotándose los ojos con cansancio.
Izan se recostó en el respaldo, cruzando los brazos mientras miraba fijamente hacia el jardín exterior.
—Esa es la gran pregunta... Y no solo a nivel profesional, sino también respecto a los compañeros que se quedaron allí aguantando el tipo —comentó el subinspector con tono más serio—. Por ejemplo, ¿qué pasará con el comisario Bermúdez?
Lidia asintió despacio, con el ceño fruncido mientras sopesaba el nombre. Bermúdez había estado al frente de la comisaría durante todo el tiempo en que la trama de corrupción y los desvíos operaban bajo sus narices.
—Esa es la gran incógnita que nos espera al volver —admitió la inspectora—.
No sabemos si Bermúdez era simplemente un peón con los ojos vendados por la cúpula directiva, si miraba hacia otro lado por pura comodidad para proteger su puesto, o si estaba directamente implicado en el entramado que nos obligó a huir a la sierra.
—Y lo mismo ocurre con el resto del equipo de la comisaría —añadió Izan con preocupación—.
Había agentes que se jugaban el tipo en las dársenas cada día sin saber que arriba se estaban repartiendo comisiones ilegales.
Cuando crucemos la puerta principal y nos presentemos allí tras el terremoto judicial, el ambiente va a ser irrespirable.
Lidia suspiró profundamente, apoyando la cabeza contra el cojín del sofá, sabiendo que el regreso a la normalidad no iba a ser un camino de rosas, sino el inicio de una nueva y compleja etapa para sanear por completo su comisaría.