CAPÍTULO 64
La mañana siguiente amaneció despejada, con una brisa fresca que mecía los árboles del complejo residencial de seguridad.
Tras un desayuno tranquilo y sin prisas, el mismo vehículo oficial del día anterior los recogió puntualmente a las nueve para trasladarlos de vuelta al despacho principal del juez Vidal, en el corazón judicial de Madrid.
El trayecto fue rápido y silencioso. A diferencia de su llegada anterior, marcada por el agotamiento extremo tras el rescate en la sierra, esta vez el ambiente en el coche respiraba la serenidad de saber que el trabajo duro ya estaba hecho.
Cuando cruzaron la pesada puerta de caoba, el juez Vidal los recibió con un apretón de manos firme y una expresión de genuina satisfacción.
Sobre el escritorio ya no había montañas de dosieres encriptados ni alarmas activas, sino una carpeta azul impecable con los sellos oficiales de la fiscalía anticorrupción.
—Buenos días, inspectora Barral, subinspector Torres —saludó el magistrado, invitándoles a tomar asiento—. Veo que el descanso en el piso franco ha surtido efecto; tienen mejor cara que la última vez que los vi.
—Gracias, señoría. La verdad es que las instalaciones cumplieron su función de sobra —respondió Lidia con una ligera sonrisa, sentándose frente a la mesa.
Vidal abrió la carpeta azul y extrajo varios juegos de documentos que deslizó hacia ellos.
—Lo que tenéis delante son los anexos de cierre de la instrucción y las actas de formalización de la colaboración excepcional con la justicia —explicó el juez con tono profesional—.
Las detenciones en las sedes corporativas y en las dársenas se han ejecutado sin fisuras.
Los principales responsables están en prisión preventiva sin fianza y las pruebas que aportasteis son tan sólidas que el juicio oral será un mero trámite procesal para ratificar las sentencias.
Solo necesito vuestra firma aquí y aquí para clausurar el expediente principal.
Lidia cogió el bolígrafo que le tendían y revisó las líneas del documento antes de estampar su firma con pulso firme. Izan hizo lo propio justo a su lado, rubricando el fin de meses de tensiones, seguimientos en la sombra y noches en vela.
—Formalmente, vuestro paso por este procedimiento queda zanjado con honores —añadió Vidal retirando los papeles y cerrando la carpeta con un golpe seco—.
En cuanto a Puerto de la Roca, la administración especial ya ha tomado el control operativo.
Se acabaron los chanchullos, los contratos amañados y las amenazas.
A partir de la semana que viene, las puertas están abiertas para que cada uno decida su siguiente paso profesional.
Tras una breve ronda de últimas directrices sobre las fechas estimadas para las vistas orales a las que tendrían que acudir como testigos principales, el juez se levantó para despedirlos con un último apretón de manos.
Una hora después, ya con la documentación bajo el brazo y liberados por fin de cualquier medida de protección especial, Lidia e Izan salieron a las escalinatas principales del complejo judicial. El sol de la capital brillaba con fuerza en un cielo completamente limpio.