Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

La voz al otro lado del aparato era la del secretario del juez Vidal, firme y desprovista de cualquier preámbulo innecesario.

—Inspectora Barral, subinspector Torres.

Disculpen la interrupción de su descanso, pero el magistrado ha considerado oportuno adelantarles una actualización del operativo.

La intervención en las sedes corporativas y en las dársenas del puerto ha concluido con éxito rotundo.

Las detenciones de los altos cargos se han completado sin incidentes y el material incautado confirma todas las sospechas del dosier de Arévalo.

Lidia intercambió una rápida mirada de alivio con Izan, que asintió con la cabeza, respirando hondo al escuchar la confirmación.

—Entendido —respondió Lidia, sujetando el dispositivo con más firmeza—. ¿Significa esto que el protocolo de aislamiento cambia o hay alguna directriz nueva respecto a nuestra situación?

—Por el momento, el piso franco sigue siendo su zona segura y las cuarenta y ocho horas de tregua se mantienen intactas para que terminen de recuperar fuerzas —aclaró el secretario desde la oficina del juez—.

La única novedad es que mañana por la mañana, a primera hora, el juez Vidal requerirá su presencia en el despacho principal únicamente para formalizar los anexos de cierre de la investigación y coordinar las comparecencias del juicio oral de la próxima semana.

No hay amenazas activas, el perímetro está completamente limpio. Pueden descansar tranquilos.

La línea se cortó con un zumbido breve, dejando el silencio de nuevo en el recibidor del apartamento.

Lidia bajó el aparato y lo dejó sobre la balda, sintiendo que el peso de la incertidumbre se desvanecía por completo. Se giró hacia Izan, que esbozaba una sonrisa franca y relajada.

—Pues parece que el temporal ha pasado de verdad —dijo la inspectora, apoyando la espalda contra la pared con un suspiro de liberación—. Mañana firmamos los papeles definitivos y esto se habrá acabado para siempre.

—Menos mal —murmuró el subinspector, cruzándose de brazos con un gesto de alivio sincero—. Porque empezaba a acostumbrarme demasiado a este ritmo de no hacer nada.

Izan le dio una palmadita afectuosa en el hombro, una señal de camaradería de quienes han salido juntos de la peor tormenta de sus vidas.

Con la certeza de que el peligro ya formaba parte del pasado, la noche cayó sobre la residencia de la capital con una paz absoluta, cerrando el círculo de una pesadilla que por fin había encontrado su final.