CAPÍTULO 62
La incursión a la cocina dio resultados más que aceptables.
Tras abrir los armarios y comprobar que la despensa del piso franco estaba surtida con productos de calidad —incluyendo una generosa selección de latas de conservas gourmet, pasta italiana y productos frescos en el frigorífico—, se decidieron por algo rápido y reconfortante.
Mientras el agua para la pasta comenzaba a burbujear en el fuego, Lidia se encargó de preparar una salsa sencilla con unos tomates secos y albahaca que encontró en la balda superior.
Izan, por su parte, se movía por la cocina con soltura, sacando dos copas y una botella de vino tinto que formaba parte del kit de bienvenida del juzgado.
—Para estar bajo el protocolo de protección de testigos del juez Vidal, no nos podemos quejar del menú —bromeó el subinspector, descorchando la botella con un movimiento certero y sirviendo un par de dedos en cada copa.
—No te acostumbres, que en cuarenta y ocho horas se acaba el resort —respondió Lidia con una sonrisa, probando el punto de cocción de la pasta antes de apartar la olla del fuego.
Se sentaron a comer en la pequeña mesa de madera situada junto al ventanal, con la luz de mediodía bañando la estancia.
Entre bocado y bocado, la conversación fluyó de forma natural, alejándose por fin de las sombras del pasado reciente.
Hablaron de trivialidades, de anécdotas de sus respectivos trabajos antes de que todo estallara, y de cómo pequeños detalles cotidianos, como cocinar juntos sin mirar hacia la puerta principal, adquirían de repente un valor incalculable.
Tras terminar de comer y dejar el menaje en el lavavajillas, la tarde transcurrió con una calma casi insólita.
Izan se entretuvo ojeando un libro de historia naval que encontró en la estantería del salón, mientras Lidia aprovechaba para tumbarse en el otro extremo del sofá, con los ojos cerrados pero sin llegar a dormir, disfrutando de la simple sensación de quietud mental.
Hacia media tarde, cuando el sol comenzó a inclinarse sobre los tejados de la zona residencial, el teléfono encriptado que les habían dejado sobre la balda del recibidor emitidos un par de tonos cortos y secos.
Ambos se quedaron en silencio al instante. La ligera tensión de la rutina recién estrenada regresó de golpe, recordándoles que, aunque estuvieran a salvo, el mundo exterior seguía girando y las piezas del tablero judicial seguían moviéndose.
Lidia se levantó despacio del sofá y caminó hacia el recibidor, con Izan pisándole los talones. Con un movimiento firme, cogió el aparato y pulsó la tecla de recepción para escuchar el mensaje del otro lado de la línea.