Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

El aroma del café recién hecho impregnó toda la estancia mientras los dos se trasladaban al sofá de la sala de estar, un mueble amplio y mullido orientado hacia los ventanales.

Lidia se acurrucó en una esquina, recogiendo las piernas bajo la sudadera y sosteniendo la taza con ambas manos, mientras Izan se sentaba a su lado, apoyando los codos en las rodillas y mirando el vapor que se elevaba del recipiente.

Fuera, la mañana avanzaba con la cadencia pausada de una zona residencial de alta seguridad, donde el único movimiento era el patrullaje discreto de los agentes en la garita de la entrada principal.

—Si el juez Vidal cumple con lo prometido y desmantela toda la red de la cúpula, las oficinas de Puerto de la Roca van a quedar patas arriba —comentó Lidia rompiendo el silencio, con la mirada perdida en un punto fijo de la alfombra—.

Prácticamente medio organigrama directivo va a desfilar por los juzgados de Madrid.

—Y con razón —añadió Izan con firmeza, girándose para mirarla—.

Lo que habéis estado descubriendo mes tras mes no eran simples irregularidades burocráticas; era una trama perfectamente organizada para pisotear la legalidad marítima y saquear las partidas presupuestarias.

Cuando salgan los nombramientos para sustituir a los implicados...

¿qué piensas hacer tú? ¿Volverás a tu puesto de inspección?

Lidia soltó aire despacio por la nariz, sopesando una pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde la noche anterior.

—No lo sé con certeza, Izan —admitió, esbozando una sonrisa torcida—.

Por un lado, mi sitio está allí, y me revienta la idea de que los corruptos me hayan obligado a marcharme huyendo.

Pero por otro... después de todo esto, las instalaciones tienen demasiados fantasmas.

Quizás necesite un cambio de aires, o al menos exigir una reestructuración completa de los departamentos de control antes de volver a pisar las dársenas.

¿Y tú? A ti te destinaron allí por un motivo muy concreto.

Izan se encogió de hombros, dejando la taza sobre la mesita baja antes de recostarse en el respaldo del sofá.

—Mi labor en el cuerpo era investigar los desvíos y la fuga de información interna.

Si la cúpula cae y la estructura se sanea desde los cimientos, mi misión allí se dará por terminada —reflexionó el subinspector en voz baja—.

Supongo que tendré que pedir un nuevo destino o valorar una plaza operativa en otra unidad marítima.

Aunque... bueno, tampoco me desagrada del todo la idea de decidirlo sin tener la presión de un revólver apuntándome a la nuca.

Lidia soltó una risa suave, de esas que nacen del alivio profundo, y estiró un brazo para rozar su hombro con el suyo.

—Bueno, para planes de futuro todavía tenemos cuarenta y ocho horas de absoluto aislamiento dictadas por un juez federal —bromeó ella, inclinando la cabeza con complicidad—.

Y de momento, lo más urgente que tenemos que decidir es si pedimos comida a domicilio o si nos atrevemos a abrir los armarios de la cocina para ver qué tipo de raciones nos ha dejado la seguridad del Estado.

Izan sonrió de verdad, un gesto cálido que disipó los últimos vestigios de la tensión acumulada durante la huida.

—Viendo que la nevera está llena y que no tenemos ninguna prisa por salir ahí fuera... voto por investigar los armarios. A ver si el juez Vidal nos ha puesto un cocinero oculto o si nos toca improvisar algo con lo que haya.