CAPÍTULO 60
Los primeros rayos de sol de la mañana colaron haces dorados a través de las persianas de aluminio del piso franco, iluminando la amplia sala de estar.
Lidia despertó sin el sobresalto habitual de las alarmas ni la urgencia de mirar el teléfono cada cinco minutos.
Tras una ducha caliente y enfundada en una de las cómodas sudaderas de algodón que les habían facilitado en las bolsas de lona, salió descalza hacia la cocina.
Izan ya estaba allí. Se había adelantado y se apoyaba contra la encimera mientras esperaba a que terminara el ciclo de la cafetera de cápsulas, con la mirada fija en los amplios ventanales que se abrían hacia los jardines arbolados del complejo.
Llevaba puestos unos pantalones deportivos grises y una camiseta ancha, y su rostro reflejaba esa calma profunda que solo otorga un sueño reparador sin amenazas acechando en la puerta.
—Buenos días... La verdad es que he dormido como hacía meses que no lo hacía —respondió el subinspector, colocándole el café recién hecho al lado antes de preparar el suyo—. Aunque, por mucho que este sitio sea un remanso de paz... echo de menos el mar.
Lidia dio un sorbo al café, sintiendo el calor reconfortante recorrerle el cuerpo, y le dirigió una mirada cómplice.
—¿Te refieres al puerto de nuestra ciudad, con su olor a salitre, el trajín de las grúas y los chismes de los pescadores?
—Exactamente a eso —admitió Izan soltando una ligera carcajada mientras se encogía de hombros—.
Aquí hay mucha tranquilidad, mucho césped y mucha seguridad federal, pero no hay horizonte abierto.
No escuchar romper las olas por la noche se hace raro.
Supongo que los de costa tenemos esa pequeña manía grabada a fuego.
—Bueno, no te preocupes —respondió ella con una chispa de picardía en la mirada, apoyando la taza en la encimera—.
En cuanto el juez Vidal termine de limpiar el puerto y los tribunales emitan las sentencias firmes, podremos volver a bajar a la costa todo lo que queramos.
Sin inspectores corruptos pisándonos los talones, sin sicarios y con el mar esperándonos de verdad.
Izan asintió con convicción, chocando su taza suavemente contra la de Lidia en un brindis silencioso por el futuro.
Durante un buen rato, el único sonido en el piso fue el zumbido suave del frigorífico y el compás tranquilo de sus respiraciones, disfrutando por fin de una rutina normal, hogareña y libre de miedo.