Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

El juez Vidal apartó los documentos sobre la mesa y se cruzó de manos, observando el agotamiento evidente que marcaba el rostro de ambos.

Sabía perfectamente que, tras veinticuatro horas de persecuciones, disparos y tensión extrema en la sierra, someterlos a un interrogatorio formal inmediato sería cruzar la línea de lo razonable.

—Creo que ya habéis tenido suficiente adrenalina por este mes —dijo el magistrado con un tono sensiblemente más distendido, esbozando una leve sonrisa—.

El protocolo para testigos protegidos de vuestro perfil no implica una celda ni un calabozo, afortunadamente.

Tampoco os vamos a mandar a un hotel convencional donde cualquier filtración pueda comprometer la seguridad.

Vidal pulsó el interfono integrado en su escritorio y dio una orden rápida y concisa a su asistente. En menos de dos minutos, un hombre de aspecto pulcro y traje oscuro entró en el despacho portando un sobre cerrado y un juego de llaves.

—El subinspector y la inspectora van a quedar alojados en una residencia de seguridad del cuerpo en la zona residencial del norte de la capital —explicó el magistrado, señalando al asistente y luego a las llaves sobre la mesa—.

Es un piso amplio, completamente equipado, rodeado de jardines privados y con control de acceso perimetral veinticuatro horas.

Está blindado contra cualquier imprevisto, pero os ofrecerá la paz y el silencio absoluto que necesitáis para descansar de verdad.

Lidia sintió que una parte de la tensión acumulada en sus hombros se desvanecía de golpe ante la perspectiva de una cama limpia y un lugar donde no tuviera que mirar por encima del hombro cada cinco segundos.

Izan, a su lado, cogió las llaves con un gesto de agradecimiento mudo, respirando hondo por fin.

—Tenéis comida, comunicaciones seguras y total libertad de movimientos dentro del recinto —añadió el juez Vidal, levantándose de su asiento para despedirlos con un apretón de manos definitivo—.

Durante las próximas cuarenta y ocho horas nadie os molestará.

Dormid, recuperad fuerzas y dejad que los engranajes de la justicia terminen de limpiar el desastre que habéis sacado a la luz.

Mañana el mundo será un lugar un poco más limpio gracias a vosotros.

Un par de horas más tarde, tras un trayecto silencioso a través de una ciudad que ajena a todo seguía su ritmo cotidiano, el vehículo oficial los dejó en la entrada del discreto complejo residencial.

El apartamento asignado era amplio, luminoso y cálido, muy alejado de la humedad y el frío de la torre de Arévalo.

Lidia dejó la bolsa de lona con la ropa limpia sobre la mesa del recibidor y se asomó al ventanal que daba a los jardines arbolados.

Por primera vez en meses, el peso de Puerto de la Roca y de las amenazas de la cúpula ya no reposaba sobre sus espaldas.

Izan recorrió la cocina con la mirada y, al ver la cafetera preparada en la encimera, abrió uno de los armarios hasta dar con los filtros y el café.

—Voy a poner en marcha esto —dijo el subinspector con una sonrisa cansada, sacando un par de tazas—. Nos hace falta algo caliente antes de caer redondos.

Lidia asintió agradecida, apoyando la espalda contra el marco de la ventana. Las sirenas, los disparos y la tormenta de la noche anterior quedaban atrás, sepultados en el silencio de un merecido respiro.