CAPÍTULO 56
El doble destello azul y ámbar de las luces de emergencia recortó las siluetas de los pinos mojados a lo largo de la recta principal, avanzando con una precisión implacable.
Dos vehículos todoterreno de intervención rápida, pertenecientes al cuerpo especial de operaciones de ámbito federal, frenaron en diagonal formando un bloqueo táctico perfecto a pocos metros de donde el utilitario de Lidia e Izan había quedado detenido tras cruzar el puente.
Las puertas de los patrulleros se abrieron al unísono con un chasquido metálico.
De inmediato, media docena de agentes equipados con chalecos tácticos, cascos balísticos y fusiles de asalto desplegados en posición de seguridad descendieron sobre el asfalto mojado.
Los haces de luz de las linternas acopladas a sus armas barrieron el interior del utilitario con una ceguera blanca y absoluta.
—¡Manos arriba! ¡Que se vean las manos! —bramó el oficial al mando a través de un megáfono, con una voz amplificada que retumbó por encima del persistente repiqueteo de la lluvia.
Lidia alzó inmediatamente las manos, colocándolas de manera bien visible sobre el salpicadero, mientras sostenía la mirada en el frente sin realizar ningún movimiento brusco.
Izan hizo exactamente lo mismo, manteniendo los dedos separados y apartados del volante.
Sabían perfectamente que en una situación así, con el nivel de tensión disparado al máximo, cualquier atisbo de duda o gesto equivocado podía desencadenar una tragedia.
—Soy Lidia Barral, inspectora de Puerto de la Roca —gritó ella con voz firme, sin bajar las manos, proyectando el tono lo suficiente para que la escucharan por encima del viento—.
El juez Vidal tiene constancia de nuestra posición y estamos bajo su protección directa.
El dosier completo con las pruebas del servidor está en su poder y la fiscalía está avisada.
El oficial al mando, un hombre de rostro curtido y mirada fría bajo el ala del casco, hizo un gesto seco con la mano para frenar el avance del primer binomio de asalto que se aproximaba por el flanco izquierdo.
Mantuvo el rifle elevado, evaluando la situación con frialdad calculadora durante unos segundos interminables.
Luego, se llevó los dedos al auricular táctico integrado en su casco para recibir confirmación directa del puesto de mando central.
—Comprobando credenciales y orden de protección...
—murmuró el agente para sí mismo, sin apartar el cañón del arma del parabrisas del utilitario—.
Adelante centro de control, aquí el equipo alfa.
Tenemos contacto visual con Lidia Barral y su acompañante en el puente de San Cristóbal.
¿Procedemos con el protocolo del juez Vidal?
El silencio que siguió en la frecuencia de radio duró apenas cinco latidos, pero pareció prolongarse una eternidad. Tras el breve intercambio de datos cifrados, el rostro del oficial se relajó ligeramente. Bajó la altura del cañón unos centímetros y asintió hacia sus hombres.
—Orden directa del juez Vidal. Quedáis bajo custodia oficial de protección federal. Bajad del vehículo con las manos a la vista y sin resistencia.