Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

El frío penetrante de la madrugada comenzó a ceder tímidamente cuando el convoy de vehículos federales abandonó la sinuosa carretera de la sierra para enfilar la autopista principal.

En el asiento trasero del todoterreno patrulla, Lidia Barral dejó caer la cabeza contra el reposacabezas con un suspiro profundo, sintiendo cómo el agotamiento físico y la acumulación de adrenalina le pesaban por fin en cada músculo del cuerpo.

A su lado, Izan permanecía en silencio, con la mirada perdida en los reflejos apagados de las farolas de la vía rápida que se deslizaban por la ventanilla tintada.

La tensión de las últimas horas, el tiroteo en la torre de Arévalo y la huida al límite a través del puente de piedra se descomprimían ahora en el interior del habitáculo, reemplazadas por el zumbido monótono del motor diésel y el golpeteo intermitente de unas gotas residuales de lluvia.

El oficial al mando, que ocupaba el asiento del copiloto, giró ligeramente el torso hacia atrás para mirarlos con una expresión neutra pero respetuosa, desprovista ya de la rigidez táctica del operativo.

—Hemos recibido confirmación del puesto de mando —anunció el agente con voz pausada—. Las unidades de refuerzo han asegurado la zona de la sierra. El perímetro en torno a la propiedad del exinvestigador está bajo control y se ha procedido al desalojo de cualquier elemento hostil.

Lidia se enderezó de golpe, sintiendo un vuelco de alivio en el pecho, aunque la sombra de la preocupación seguía oscureciéndole la mirada.

—¿Y Arévalo? —preguntó de inmediato, con la voz todavía áspera por el humo y el esfuerzo—. El anciano se quedó atrincherado allí con una escopeta. No han podido...

—El equipo táctico ha entrado en la torre hace veinte minutos —la interrumpió el oficial con un atisbo de media sonrisa en los labios—.

El viejo es una roca. Lo encontraron sentado en su sillón, con el arma sobre las rodillas y una taza de café humeante que él mismo se había preparado tras el tiroteo.

Los asaltantes ya se habían retirado al ver que la vía principal estaba bloqueada por nosotros.

Está ileso y se ha negado rotundamente a abandonar su casa, pero cuenta con custodia permanente en la puerta. Nadie va a volver a tocarle un pelo.

Izan soltó una exclamación contenida y se frotó la cara con ambas manos, dejando escapar una risa corta y aliviada.

—Ese maldito viejo es indestructible —murmuró el marinero, negando con la cabeza mientras una genuina sonrisa de admiración le iluminaba el rostro.

—El juez Vidal os espera en las dependencias especiales del complejo judicial en la capital —continuó el oficial, volviéndose hacia el frente mientras el vehículo seguía en marcha hacia Madrid—.

Tiene sobre su mesa la copia íntegra del dosier que Arévalo logró volcar antes del asalto.

Las órdenes de detención para los altos cargos de la cúpula corporativa ya están firmadas. Lo habéis conseguido, inspectora.

Lidia miró a través del cristal oscuro hacia el horizonte, donde las primeras luces pálidas de un nuevo día comenzaban a desgarrar la negrura de la noche.

El Puerto de la Roca, su inspección, su rutina y su vida anterior quedaban ya muy lejos, sepultados bajo un torbellino de revelaciones.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, el camino que se abría por delante dejaba de ser un abismo sin salida.