Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

El mundo se redujo al estruendo ensordecedor del motor, al golpeteo furioso de la lluvia contra la chapa y a la luz cegadora del todoterreno que lamía la parte trasera del utilitario.

A apenas cincuenta metros, la silueta oscura del viejo puente de piedra se alzó sobre la negrura como la mandíbula abierta de una trampa mortal.

—¡Ahora! —gritó Izan.

En lugar de frenar ante la estrechamiento de la vía, el marinero pisó el acelerador a fondo y, un instante antes de enfocar la entrada del puente, giró el volante con violencia hacia la derecha, haciendo que el utilitario derrapara deliberadamente sobre el asfalto mojado.

El todoterreno perseguidor, que venía lanzado a toda velocidad intentando embestirlos por el flanco izquierdo, no pudo frenar a tiempo ni corregir la trayectoria en un espacio tan reducido.

El morro pesado del vehículo oficial impactó de lleno contra el murete de piedra del puente con un estruendo metálico espeluznante.

Las rocas centenarias saltaron en mil pedazos, diseminándose por el aire como metralla, mientras el coche de los asaltantes quedaba empotrado de frente contra la estructura, con el capó completamente destrozado y el humo blanco brotando a borbotones del motor reventado.

Izan logró enderezar el utilitario en el último segundo, cruzando el puente de un solo carril a trompicones y deteniendo el vehículo unos metros más adelante, en el arcén opuesto, entre una humareda de neumáticos quemados y agua estancada.

—¿Estás bien? —preguntó Lidia con la respiración acelerada, girándose de golpe para comprobar que su compañero no llevaba ningún impacto.

—Intacto —respondió Izan, pasándose rápidamente la manga por la frente para limpiarse el sudor mezclado con el agua que se filtraba por la ventanilla rota—. Pero no van a tardar en salir de ahí a pie si los airbags no los han dejado inconscientes. Tenemos que movernos ya.

Sin embargo, antes de que pudieran engranar de nuevo la marcha, el sonido característico de una sirena lejana comenzó a filtrarse por encima del rugido de la tormenta.

No era el tono estridente de los vehículos policiales locales, sino el ulular grave y perfectamente reconocible de una patrulla de fuerzas de seguridad de ámbito nacional que ascendía por el lado opuesto de la comarcal, alertada de urgencia por los protocolos de seguridad que el juez Vidal acababa de activar desde Madrid.

Lidia miró por el retrovisor y vio las inconfundibles luces de emergencia azules cortando la noche a lo lejos. La caballería pesada del Estado había llegado al tablero.