CAPÍTULO 54
El firme de la carretera comarcal apareció de repente bajo los neumáticos como una franja de asfalto oscuro y brillante, completamente empapada por el aguacero que seguía cayendo sin tregua sobre la comarca.
Izan no redujo la velocidad ni un solo kilómetro por hora; al contrario, aprovechó el cambio de rasante para soltar el embrague con decisión y obligar al utilitario a morder la calzada en una curva cerrada hacia la izquierda.
El vehículo dio un latigazo lateral que hizo gemir los amortiguadores, pero el marinero corrigió la trayectoria con un golpe seco de volante, utilizando toda su experiencia al timón para mantener el control en un terreno donde cualquier error se pagaba con una salida de pista hacia el barranco.
Lidia se mantenía con los sentidos absolutamente agudizados. Tenía la bolsa estanca firmemente sujeta entre los pies y la mano derecha apoyada en la culata de la Sig Sauer, vigilando el retrovisor izquierdo a través de un cristal empañado por la condensación y la lluvia.
—Han tardado menos de lo previsto en quitarse a Arévalo de encima —advirtió ella con la voz seca y cortante, señalando dos puntos luminosos que volvían a recortarse a lo lejos, devorando la distancia a toda velocidad—.
Vienen con las luces de largo alcance encendidas.
Nos llevan ganados los metros de la bajada.
Aquel todoterreno negro de la autonómica estaba diseñado precisamente para este tipo de persecuciones extremas en terrenos abruptos.
Su tracción integral y su potencia bruta compensaban con creces la ventaja inicial que el utilitario había conseguido gracias a la maniobra de distracción del anciano.
Poco a poco, metro a metro, el haz de luz de los perseguidores comenzó a ganar terreno en las rectas cortas que enlazaban los desniveles de la sierra.
—Buscan empotrarnos contra el guardarraíl o forzarnos a salir de la vía —dijo Izan con el ceño fruncido, apretando los dientes mientras sus nudillos se marcaban en blanco sobre el aro del volante—.
No quieren detenernos ni leernos ningún derecho; pretenden que parezca un trágico accidente de tráfico en plena noche de tormenta.
Así es como limpian el terreno esta gente.
La carretera comenzó a estrecharse de manera alarmante a medida que se acercaban al viejo puente de piedra que cruzaba el río caudaloso, un punto crítico donde el asfalto se reducía a un solo carril de paso condicionado por muros centenarios.
A ambos lados, la estructura de piedra vieja carecía de protecciones modernas; un impacto allí a más de ochenta kilómetros por hora significaba caer directos al cauce crecido y embravecido por la tormenta.
—Prepárate —le advirtió Izan sin apartar la vista del frente, mientras el motor del utilitario aullaba al límite de sus revoluciones—. Van a intentar cazarnos justo en la entrada del puente. Si nos dan un golpe seco en la aleta trasera, nos mandarán al agua antes de que podamos reaccionar.
Lidia respiró hondo, cerrando los ojos durante una fracción de segundo para centrarse por completo, y cargó el mecanismo de la pistola con un chasquido metálico que se oyó por encima del estruendo del motor.
Estaban a menos de doscientos metros de la estructura de piedra, y el todoterreno de los asaltantes ya rugía justo detrás de su parachoques, lamiendo la trasera del utilitario con una agresividad insoportable.