Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

Las ruedas del utilitario patinaron violentamente sobre el lecho de gravilla y lodo cuando Izan trazó la primera curva cerrada del descenso con el volante girado al límite.

El vehículo culeó con violencia, protestando con un chirrido metálico en los ejes, pero el marinero logró enderezar la dirección justo a tiempo para evitar que la parte trasera se empotrara contra el talud de roca que bordeaba el desfiladero.

A través del parabrisas delantero, barrido de forma frenética por unas escobillas viejas que apenas daban abasto, la noche cerrada se extendía como un abismo de sombras y lluvia. Lidia iba aferrada con ambas manos al asidero superior de la puerta, con la vista fija en el retrovisor central.

—Están saliendo de la torre —advirtió ella con voz tensa, señalando un punto en el retrovisor—. Los faros del todoterreno acaban de encenderse en el claro. Vienen pisándonos los talones.

A lo lejos, recortadas contra la fachada de la antigua construcción de Arévalo, las luces largas del vehículo de la autonómica cortaron la oscuridad, iniciando una persecución implacable por el sinuoso camino de montaña.

Pero el viejo exinvestigador no iba a ponérselo fácil.

Un par de segundos después, un fogonazo seco y ensordecedor iluminó el porche de la torre: el estampido de la escopeta de caza de Arévalo retumbó en el valle, seguido por el sonido de perdigones impactando contra la chapa y los cristales del vehículo perseguidor.

El todoterreno de los asaltantes frenó en seco, obligado a detener la marcha y reorganizarse bajo el fuego de cobertura del anciano.

—¡Bien jugado, viejo! —exclamó Izan con una sonrisa tensa en los labios, pisando a fondo el acelerador en el tramo recto que se abría entre los pinos.

El motor del utilitario rugió con fuerza, ganando metros preciosos en la bajada hacia la carretera comarcal.

Sin embargo, ambos sabían que aquello era solo una tregua temporal.

En cuanto el comando despejara el porche y neutralizara el improvisado puesto de resistencia de Arévalo, la verdadera cacería daría comienzo en el asfalto.