Lo que el mar devuelve CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

El eco del último disparo aún reverberaba contra las frías paredes de piedra, un zumbido metálico que se apagaba lentamente mientras el olor acre a pólvora quemada, aceite de armas y polvo de mampostería impregnaba cada rincón de la casa.

Arévalo se incorporó de su escondite con rigidez, apoyando las palmas de las manos sobre el lomo metálico de los archivadores con un esfuerzo visible en sus músculos castigados por los años.

La escopeta de caza de cañones paralelos descansaba ahora sobre su antebrazo, con un hilillo de humo blanco flotando todavía en la boca del cañón izquierdo.

—No pienso moverme de mi torre, muchacha —gruñó el anciano con una mezcla de orgullo indomable, viejo oficio y un cansancio profundo que le venía desde los huesos, negando con la cabeza mientras contemplaba el desastre en el que se había convertido la entrada—.

Este es mi sitio. Conozco cada viga, cada rendija de estos cimientos y cada ruta de escape que serpentea por este monte.

Si los esbirros de la cúpula vienen a buscarme, me encontrarán aquí, sentado en mi sillón, con los registros originales que ellos mismos intentaron enterrar hace una década.

Vosotros tenéis que largaros de aquí antes de que el camino forestal quede totalmente bloqueado por los refuerzos.

Lidia dio un paso al frente, con los ojos fijos en el viejo exinvestigador, dispuesta a replicar con una negativa rotunda.

No estaba en sus planes abandonar a un aliado a merced de un comando de limpieza.

Sin embargo, antes de que las palabras pudieran formularse en sus labios, Izan se interpuso con suavidad pero con firmeza, posando una mano pesada y cálida sobre el hombro de la mujer.

El marinero conocía de sobra el código implícito de los hombres que ya lo han dado todo por una causa; sabía que intentar arrastrar a la fuerza a alguien que ha tomado una decisión vital tan rotunda era una pérdida de tiempo precioso, y cada segundo que pasaba jugaba en su contra.

—Tiene razón, Lidia —dijo Izan con voz grave, grave y pausada, mientras se asomaba con cautela a través del ventanuco enrejado—. Mira hacia la curva inferior del sendero.

A lo lejos, recortándose contra la intensa negrura de la espesura del pinar, dos nuevos haces de luz blanca comenzaron a barrer las copas de los árboles.

Era la segunda unidad de asalto, un vehículo pesado de apoyo que avanzaba a toda velocidad por la pista forestal, levantando una estela de lodo y agua.

—Si los tres intentamos huir en el mismo utilitario, nos convertirán en blanco fácil en la primera curva cerrada del monte —continuó razonando el marinero con la fría lucidez de quien ha tenido que tomar decisiones a vida o muerte en alta mar durante una tempestad—.

Nos acorralarán en el desfiladero. Arévalo se queda atrincherado aquí con su escopeta y su posición elevada; conoce los puntos ciegos de la entrada mejor que nadie.

Les hará perder el tiempo exacto que necesitamos para romper el cerco y ganar ventaja en la carretera comarcal.

Lidia apretó los dientes con una impotencia que le quemaba en la garganta, sintiendo cómo la rabia y el afecto se mezclaban en un nudo doloroso en el pecho.

Sabía que Izan tenía razón táctica, por mucho que le doliera aceptarlo.

Tragó saliva, asintió con la mandíbula tensa y se inclinó brevemente hacia el anciano para estrecharle el brazo con fuerza.

—Cuídese mucho, Arévalo —le dijo con voz temblorosa pero firme—. Esto no va a quedar impune. El juez Vidal tiene las pruebas y esto va a salir a la luz.

—Largaos de una vez por todas —respondió el viejo con una media sonrisa socarrona en los labios, mientras volvía a amartillar los cañones con un chasquido metálico que sonó a sentencia—. Y haced que todo este puto infierno merezca la pena.

Sin perder ni un solo instante más, con la adrenalina disparada en cada fibra de sus cuerpos, Izan y Lidia giraron sobre sus talones y se deslizaron hacia el zaguán trasero.

Atravesaron la puerta secundaria que comunicaba directamente con el cobertizo oscuro, donde el utilitario aguardaba con el motor en penumbra.

La lluvia seguía castigando el techo de chapa con furia ciega, convirtiendo el suelo exterior en un lodazal espeso, pero cuando Izan giró la llave de contacto, el motor rugió al primer intento, tragándose la oscuridad de la noche mientras enfilaban a toda velocidad hacia la salida de la sierra.