CAPÍTULO 51
El destello de la linterna táctica barrió la estancia en una fracción de segundo, buscando ciegamente siluetas antes de que el comando pudiera evaluar el interior.
Pero Lidia ya había anticipado el movimiento; un segundo antes de que el haz de luz blanca rozara su posición, se dejó caer sobre el suelo de baldosas de barro cocido, deslizándose con precisión felina mientras elevaba el cañón de la Sig Sauer.
El primer asaltante cruzó el umbral con el fusil de asalto al hombro, enfundado en un uniforme negro sin insignias oficiales, idéntico al que habían visto en los operativos de la compañía privada vinculada a la cúpula.
No esperaba encontrar resistencia armada en una torre aislada en mitad de la comarca.
—¡Abajo! —rugió Lidia.
Su dedo apretó el gatillo con suavidad. El estampido del disparo sacudió las paredes de piedra de la torre con la fuerza de un trueno enlatado, rompiendo el eco del temporal que aún murmuraba afuera.
La bala impactó de lleno en la protección balística del chaleco del intruso, derribándolo hacia atrás con la fuerza de un mazo y haciéndole perder el equilibrio contra el marco de la puerta rota.
Antes de que el segundo y el tercer miembro del comando pudieran reaccionar o coordinar una respuesta al fuego cruzado, Izan dio un paso al frente desde su cobertura lateral.
Con una fuerza brutal nacida de la adrenalina y de los años de faena dura en alta mar, descargó el pesado hacha de leñador en diagonal, interceptando el cañón del subfusil que el segundo asaltante intentaba enfocar hacia ellos.
El golpe metálico contra el acero del arma resonó con violencia, desviando el tiro hacia el techo de madera y haciendo saltar chispas que iluminaron brevemente las vigas centenarias.
Aprovechando el desconcierto, Izan empujó con todo su peso al atacante, proyectándolo contra la jamba de piedra y dejándolo fuera de combate con un seco golpe de codo en la mandíbula.
—¡Están llamando a los refuerzos por la radio encriptada! —gritó Arévalo desde el fondo de la sala, agazapado tras los archivadores metálicos con la escopeta firmemente apoyada en el hombro—. ¡Vienen más en camino por el sendero forestal!
Lidia se puso en pie de un salto, con el corazón martilleándole en las sienes, pero con la mente fría como el hielo.
Comprobó el cargador de su pistola con un movimiento mecánico y miró a Izan, que ya respiraba con dificultad mientras apartaba el cuerpo del segundo asaltante para despejar la salida.
—El juez Vidal ya tiene todo el dosier en su poder y la fiscalía está avisada —les recordó Lidia con voz firme, mirando tanto a Izan como al anciano, mientras evaluaba la situación con rapidez—.
El volcado se completó justo a tiempo. Si nos quedamos aquí, nos convertirán en blanco fácil para la segunda unidad que viene de camino.
Tenemos que salir los tres hacia el utilitario y cruzar la sierra antes de que cierren el perímetro.
Arévalo, vienes con nosotros; no te vamos a dejar aquí a merced de estos perros.